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Nuestros mejores años

Por 17 de agosto de 2012 diciembre 23rd, 2020 Sin comentarios

Félix de Azúa

Parece que poco a poco, pero de un modo inexorable, nos vamos deslizando pendiente abajo hacia nuestro sólido fundamento, la pobreza. Es como volver al hogar. España siempre fue pobre. Incluso aquellos que creían no serlo, como los catalanes y los vascos, eran igualmente pobres comparados con cualquier individuo europeo, sólo tenían un pasar cuando se comparaban con sus vecinos. Una cosa era ponerse al lado de un recio aragonés o del agaitado gallego, que del enorme teutón o el carnívoro británico.

Los países pobres parecen desdichados, pero se exagera mucho. Hay que distinguir entre pobreza y miseria. Un bracero andaluz seguramente es pobre, pero tiene su casa limpia, la encala todos los años y pone flores lustrosas (pelargonios rojos principalmente) en el portal para que se advierta que allí vive gente civilizada y con honra. Por el contrario, ¿cuántas granjas no hemos visto cuyos propietarios son mucho más ricos, pero viven entre basura de porquerizo, neumáticos viejos, un tractor oxidado, uralita cancerígena y vacas cubiertas de boñiga seca? Estos no son pobres, son miserables.

Un pobre es cualquiera de esos aficionados al Real Madrid, al Barça, al Betis o al Deportivo de La Coruña, da lo mismo, que se viste de vikinga, se encasqueta una peluca con trenzas y sigue a su equipo hasta Hamburgo, en donde arma un ruido infernal y se abraza furiosamente a sus amigos, todos ellos talludos, heterosexuales e hirsutos, todos vestidos de vikinga o de gallega. Un miserable es el que masca un puro en la tribuna de invitados tratando de arrancarle un momio al presidente del club mientras se aburre mortalmente.

Establecida la diferencia, repetiré que nos deslizamos inexorablemente hacia la pobreza, pero no hemos de temerla porque es, por así decirlo, nuestra verdadera condición. Siempre hemos sido pobres y sabemos cómo apañárnoslas. Seguiremos armando ruido, vistiéndonos de gallega y haciendo el pata. Es nuestro sino. De vez en cuando, de en medio de esa masa informe y escandalosa, surge un tipo ensimismado, audaz, imaginativo y divino. Entonces escribe "El Ruedo Ibérico", pinta "Las señoritas de Aviñó" y compone "El sombrero de tres picos". Es un privilegio de los pobres contar con ciertos pobres de lujo que normalmente sólo se dan en tierras ricas. A esos pobres de lujo nadie les hace ni caso, pero son los verdaderos representantes del país y uno se siente muy a gusto con ellos. Por el contrario, en los países ricos a la gente la representan los políticos y ya sabemos qué ganado es ese.

Regresaremos, por lo tanto, a nuestra vida incompetente, retrasada, chapucera, al vuelva usted mañana, a la beocia, la faca, el berrido tabernario y el vino barato, pero con cierta dignidad difícil de definir. En los últimos tiempos, cuando aún soñábamos con ser ricos europeos con ríos caudalosos cruzando nuestras opulentas ciudades, empezábamos a dar síntomas de miseria. De pronto los hinchas del fútbol hablaban como economistas y disputaban sobre cuestiones ideológicas, como que si Muntañola quería ser andorrano o si Romualdo apoyaba la huelga de educadores. Las fiestas de pueblo se convertían en museos medievales, las algaradas adolescentes en manifestaciones con sindicalista de pago, los periodistas en analistas, las corridas de toros en ataques a la identidad. Estábamos pasando de la pobreza a la miseria.

Dos han sido los síntomas finales que me han hecho desear que llegue de una vez la pobreza nuestra de siempre. Una señora de Castellón de la Plana que se dirigió al distinguido público de Las Cortes diciendo algo así como "Que os metan un paraguas por el ano y que lo abran". Bien es verdad que es hija de un patricio que ha logrado lo imposible: estrenar la escultura más grotesca del país, y mira que las hay, pero la emulación con su progenitor no debería haberla llevado a la miseria siendo tan joven. Merecía haber pasado más años de pobreza.

El segundo caso es aún peor. Un subalterno del gobierno de Pujol, al escuchar de algún ministro español la célebre frase: "En lugar de cerrar hospitales cierre embajadas, hombre de Dios", contestó: "No me toques los cojones". Ahora que ha logrado alzarse a la miseria, este empleado catalán debería entender de una vez por todas que a partir de cobrar un millón de pesetas a costa del elector, ya no se tienen partes pudendas. Eso queda para los pobres.

Insisto. Aquí la riqueza nos convierte en tipos pretenciosos, ordinarios y patanes, un poco como el esperpento televisivo que nos ha traído el gran capital. La pobreza verán ustedes cómo nos devuelve a la vida verdadera, honesta, cavilosa y resolutiva.

(Artículo publicado en Jot Down Magazine)   

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Félix de Azúa

Félix de Azúa nació en Barcelona en 1944. Doctor en Filosofía y catedrático de Estética, es colaborador habitual del diario El País. Ha publicado los libros de poemas Cepo para nutria, El velo en el rostro de Agamenón, Edgar en Stephane, Lengua de cal y Farra. Su poesía está reunida, hasta 2007, en Última sangre. Ha publicado las novelas Las lecciones de Jena, Las lecciones suspendidas, Ultima lección, Mansura, Historia de un idiota contada por él mismo, Diario de un hombre humillado (Premio Herralde), Cambio de bandera, Demasiadas preguntas y Momentos decisivos. Su obra ensayística es amplia: La paradoja del primitivo, El aprendizaje de la decepción, Venecia, Baudelaire y el artista de la vida moderna, Diccionario de las artes, Salidas de tono, Lecturas compulsivas, La invención de Caín, Cortocircuitos: imágenes mudas, Esplendor y nada y La pasión domesticada. Los libros recientes son Ovejas negras, Abierto a todas horasAutobiografía sin vida (Mondadori, 2010) y Autobiografía de papel (Mondadori, 2013)Una edición ampliada y corregida de La invención de Caín ha sido publicada por la editorial Debate en 2015; Génesis (Literatura Random House, 2015). Nuevas lecturas compulsivas (Círculo de Tiza, 2017), Volver la mirada, Ensayos sobre arte (Debate, 2019) y El arte del futuro. Ensayos sobre música (Debate, 2022) son sus últimos libros.  Escritor experto en todos los géneros, su obra se caracteriza por un notable sentido del humor y una profunda capacidad de análisis. En junio de 2015, fue elegido miembro de la Real Academia Española para ocupar el sillón "H".

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