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No solo oro

Por 30 de noviembre de 2021 Sin comentarios

Félix de Azúa

 

Es duro para la acelerada sociedad actual leer como si fuera una novela de aventuras las casi 800 páginas de imponentes octavas reales de ‘La Araucana’, de Alonso de Ercilla, pero ahí están

Cada vez que un grupo de beocios derriba una estatua de Colón o exige nuestro perdón, siento un abatimiento que supongo compartido no por ser español, sino como ciudadano de un país civilizado. Es el fascismo populista quien escupe odio y envenena a la gente. Los demás tenemos gran respeto por lo que hicieron los hombres de antaño. Hoy toca hablar de un conquistador.

Al cumplir los 15 años de edad entró a formar parte del grupo de pajes de Felipe II y como tal viajaría por Europa antes de embarcar para las Indias en 1555. Contaba Alonso de Ercilla 23 años cuando se sumó a la expedición que acudió al Chile austral, tras la muerte de Pedro de Valdivia a manos de los indios araucanos. Era como el joven Ismael embarcado a la caza de la Ballena Blanca. Participó en la guerra de Arauco entre indígenas y colonos y de esa experiencia nacería La Araucana, inmenso poema épico que desde el título evoca a Homero y Virgilio. En su obra, tan admirables son los indígenas como los españoles y tienen la nobleza colosal de la estatuaria clásica. El más famoso de los jefes araucanos, Caupolicán, perdura en un célebre soneto de Rubén Darío.

Lo asombroso es que Ercilla canta también el paisaje, la flora, la fauna y la dignidad humana de los nativos australes, como en la espléndida escena que describe a las mujeres araucanas recogiendo las armas de sus maridos muertos en combate y lanzándose fieramente al ataque. Hay momentos que anticipan la invención romántica del buen salvaje que tendría lugar siglos más tarde.

Comprendo que es duro para la acelerada sociedad actual leer como si fuera una novela de aventuras las casi 800 páginas de imponentes octavas reales, pero ahí están, recién editadas por la Biblioteca Castro, para quienes América no sea sólo codicia, crueldad y oro, sino también grandeza, alabanza y creación.

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Félix de Azúa

Félix de Azúa nació en Barcelona en 1944. Doctor en Filosofía y catedrático de Estética, es colaborador habitual del diario El País. Ha publicado los libros de poemas Cepo para nutria, El velo en el rostro de Agamenón, Edgar en Stephane, Lengua de cal y Farra. Su poesía está reunida, hasta 2007, en Última sangre. Ha publicado las novelas Las lecciones de Jena, Las lecciones suspendidas, Ultima lección, Mansura, Historia de un idiota contada por él mismo, Diario de un hombre humillado (Premio Herralde), Cambio de bandera, Demasiadas preguntas y Momentos decisivos. Su obra ensayística es amplia: La paradoja del primitivo, El aprendizaje de la decepción, Venecia, Baudelaire y el artista de la vida moderna, Diccionario de las artes, Salidas de tono, Lecturas compulsivas, La invención de Caín, Cortocircuitos: imágenes mudas, Esplendor y nada y La pasión domesticada. Los libros recientes son Ovejas negras, Abierto a todas horasAutobiografía sin vida (Mondadori, 2010) y Autobiografía de papel (Mondadori, 2013)Una edición ampliada y corregida de La invención de Caín ha sido publicada por la editorial Debate en 2015; Génesis (Literatura Random House, 2015). Nuevas lecturas compulsivas (Círculo de Tiza, 2017) y Volver la mirada, Ensayos sobre arte (Debate, 2019) son sus últimos libros.  Escritor experto en todos los géneros, su obra se caracteriza por un notable sentido del humor y una profunda capacidad de análisis. En junio de 2015, fue elegido miembro de la Real Academia Española para ocupar el sillón "H".

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