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La muerte de Venecia

Por 27 de enero de 2008 diciembre 23rd, 2020 Sin comentarios

Félix de Azúa

La actual Venecia es un fósil salvado milagrosamente, un insecto prehistórico conservado en una gota de ámbar. Es imposible comprender su importancia histórica, cuando durante la edad media y el renacimiento recaudaba un 30% más que la corona de Francia, doblaba el presupuesto de Inglaterra y su renta era 16 veces superior a la media continental. ¿Tanto poder en una ciudad de apenas 100.000 habitantes?

Venecia ha sido dos cosas: una ciudad (la Dominante) y una República (la Serenísima). Su territorio no era terrestre sino marítimo. Durante siglos, el dominio del mar ha sido mucho más importante que el terrestre. El imperio de Alejandro se sustentaba sobre una corona de puertos fortificados; también el imperio romano, el de Felipe II, el de Luis XV y el de la corona británica. El imperio marítimo de Venecia incluía aún en 1790, en la más absoluta decadencia, hasta tres millones de súbditos directos.

Sin embargo, a medida que se desarrollaba la artillería crecían en importancia las posesiones terrestres. Lo cual lleva aparejada la creación de poderosos ejércitos de infantería. Venecia nunca dio importancia a su expansión militar terrestre, aunque sus colonias comerciales en la península llegaban hasta Milán. Sus ciudades, Crema, Treviso, Vicenza, Verona, Brescia, Padua, nunca fueron integradas en un sistema estatal, no supo crear un ejército de tierra y fue decayendo a medida que los ejércitos terrestres se perfeccionaban y los mercenarios eran más caros, hasta morir a manos del mayor ejército del mundo, la Grand Armée de Napoleón. Las aguas que la habían convertido en un imperio acabaron por ahogarla.

El declive, por lo tanto, comenzó con la construcción, hacia el siglo XVI, de las modernas naciones europeas inseparables de un poderoso ejército de tierra. Y el desastre era ya inevitable en el siglo XVIII cuando las naciones se convirtieron en estados nacionales. La última expedición a Inglaterra, compuesta por nueve embarcaciones atiborradas de riquezas, partió en 1702. Sólo llegaron dos de las naves. Fue la última gran expedición veneciana. A partir de ese momento sus naves quedaron varadas y comenzaron a pudrirse.

Conferencia con motivo de la exposición "El arte de los siglos XVII y XVIII en Venecia". Barcelona, 14 de enero de 2008.

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Félix de Azúa

Félix de Azúa nació en Barcelona en 1944. Doctor en Filosofía y catedrático de Estética, es colaborador habitual del diario El País. Ha publicado los libros de poemas Cepo para nutria, El velo en el rostro de Agamenón, Edgar en Stephane, Lengua de cal y Farra. Su poesía está reunida, hasta 2007, en Última sangre. Ha publicado las novelas Las lecciones de Jena, Las lecciones suspendidas, Ultima lección, Mansura, Historia de un idiota contada por él mismo, Diario de un hombre humillado (Premio Herralde), Cambio de bandera, Demasiadas preguntas y Momentos decisivos. Su obra ensayística es amplia: La paradoja del primitivo, El aprendizaje de la decepción, Venecia, Baudelaire y el artista de la vida moderna, Diccionario de las artes, Salidas de tono, Lecturas compulsivas, La invención de Caín, Cortocircuitos: imágenes mudas, Esplendor y nada y La pasión domesticada. Los libros recientes son Ovejas negras, Abierto a todas horasAutobiografía sin vida (Mondadori, 2010) y Autobiografía de papel (Mondadori, 2013)Una edición ampliada y corregida de La invención de Caín ha sido publicada por la editorial Debate en 2015; Génesis (Literatura Random House, 2015). Nuevas lecturas compulsivas (Círculo de Tiza, 2017), Volver la mirada, Ensayos sobre arte (Debate, 2019) y El arte del futuro. Ensayos sobre música (Debate, 2022) son sus últimos libros.  Escritor experto en todos los géneros, su obra se caracteriza por un notable sentido del humor y una profunda capacidad de análisis. En junio de 2015, fue elegido miembro de la Real Academia Española para ocupar el sillón "H".

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