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Ellos crearon a Nietzsche

Por 14 de mayo de 2008 diciembre 23rd, 2020 Sin comentarios

Félix de Azúa

Cualquiera que cruce el Rin en una de esas barquitas similares a los trajetti venecianos, divisará desde la corriente una doble muralla de mansiones palaciegas y agujas góticas que da idea de la pasmosa riqueza que ha acumulado la ciudad de Basilea en apenas dos siglos. Hoy es una de las más bellas de Europa, pero todavía en 1830 luchaba por sobrevivir. La revolución puso en el gobierno a los liberales y desató la furia del campesinado del cantón. La guerra civil acabó con la partición y desde entonces hay dos cantones, el de la ciudad y el del campo (Basel-land). Ni siquiera en 1968, fecha del último referéndum, lograron unirse. Caso extremo del paradójico movimiento centrífugo que mantiene unida a la confederación suiza.

Lo primero que hicieron los campesinos fue vender el tesoro de la catedral que les tocó en el reparto. El soberbio altar de oro del siglo XI (sólo quedan cuatro de su estilo) es hoy la joya del museo de Cluny. La plebe protestante había ya destruido la mayor parte de la riqueza artística basiliense durante las orgías iconoclastas. La catedral es un cuerpo desnudo inundado de luz, pero sin ojos. Más Edipo que Cristo.

Es cierto que la ciudad era liberal. Cuando Nietzsche presentó su tesis sobre el origen de la tragedia griega no se la aceptaron (nadie lo habría hecho) y tuvo que abandonar la cátedra. No obstante, le pagaron el sueldo rigurosamente durante decenios y así pudo dedicarse a ser Nietzsche. De haber seguido dando clases habría sido tan sólo otro profesor. Una vez libre, esculpió la filosofía del futuro a martillazos.

En la ciudad no hay ni rastro de los idiomas nacionales, el francés y el italiano, pero tampoco del ingles ni siquiera en los museos. Casi todos los restaurantes tienen la carta sólo en alemán. Si algún día Suiza entrara en la UE, uno cree que la ciudad se disolvería en Alemania (de la que es fronteriza) como un azucarillo en alcohol. Ellos dicen que ni soñarlo, que ni locos, jamás con los teutones. Es el más rotundo desmentido que conozco al mito de que la lengua es el fundamento de la patria.

Artículo publicado en: El Periódico, 10 de mayo de 2008.

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Félix de Azúa

Félix de Azúa nació en Barcelona en 1944. Doctor en Filosofía y catedrático de Estética, es colaborador habitual del diario El País. Ha publicado los libros de poemas Cepo para nutria, El velo en el rostro de Agamenón, Edgar en Stephane, Lengua de cal y Farra. Su poesía está reunida, hasta 2007, en Última sangre. Ha publicado las novelas Las lecciones de Jena, Las lecciones suspendidas, Ultima lección, Mansura, Historia de un idiota contada por él mismo, Diario de un hombre humillado (Premio Herralde), Cambio de bandera, Demasiadas preguntas y Momentos decisivos. Su obra ensayística es amplia: La paradoja del primitivo, El aprendizaje de la decepción, Venecia, Baudelaire y el artista de la vida moderna, Diccionario de las artes, Salidas de tono, Lecturas compulsivas, La invención de Caín, Cortocircuitos: imágenes mudas, Esplendor y nada y La pasión domesticada. Los libros recientes son Ovejas negras, Abierto a todas horasAutobiografía sin vida (Mondadori, 2010) y Autobiografía de papel (Mondadori, 2013)Una edición ampliada y corregida de La invención de Caín ha sido publicada por la editorial Debate en 2015; Génesis (Literatura Random House, 2015). Nuevas lecturas compulsivas (Círculo de Tiza, 2017), Volver la mirada, Ensayos sobre arte (Debate, 2019) y El arte del futuro. Ensayos sobre música (Debate, 2022) son sus últimos libros.  Escritor experto en todos los géneros, su obra se caracteriza por un notable sentido del humor y una profunda capacidad de análisis. En junio de 2015, fue elegido miembro de la Real Academia Española para ocupar el sillón "H".

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