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De lo malo, lo mejor es lo peor

Por 17 de septiembre de 2007 diciembre 23rd, 2020 Sin comentarios

Félix de Azúa

Una suicida atracción hacia el abismo ha marcado con sello de fuego la piel de este país, y me refiero a España, en los últimos siglos. Si una situación era insufrible, siempre aparecía un salvapatrias que la convertía en inaguantable. En su combate por el reconocimiento, la clase dirigente española se va dando empujones hasta ponerse en el borde del precipicio. Y el que da un paso atrás es una nena.
Escribo con la olla de grillos de la pasada Fiesta Nacional catalana en la cabeza. Fiesta que debería celebrar la victoria de los borbones sobre los señores de horca y cuchillo de la región, y el inicio de la modernización de una Catalunya sometida a la brutalidad feudal y la teocracia clerical. Ese día, sin embargo, lo dedican los secesionistas a exaltarse a sí mismos en ausencia de cualquier ciudadano moderno. Un cómico de la tele catalana dio la campanada al presentarse como el heredero del cura Xirinacs. Y a fe mía que lo es. Pero gente con familia, una abultada cartilla en La Caixa, otra en Suiza, y responsabilidades adultas también se apuntó a la rebelión.

Es muy posible que la República de Catalunya tuviera un lugar en el mundo, como lo tiene Eslovaquia porque a nadie le importa. Sin embargo, estoy persuadido de que los separatistas saben que es muy duro ascender a la nada y que en una Catalunya independiente deberían conformarse con la cuenta de La Caixa. Y muy mermada. ¿Por qué, entonces, hacen el indio? Por amor al abismo. En España ha sido y es un honor ser fascista, carlista, comunista, anarquista y, en algunos medios burgueses, terrorista. Lo que no se puede ser es liberal. La tradición anglosajona, la re- pública de los ciudadanos, es lo más odiado.

Quizá por eso ha dimitido Josu Jon Imaz. Era un tipo sensato, respetuoso, pragmático. En las provincias vascongadas estaba condenado al fracaso. El abismo de convertirse en la república de San Marino 2, paraíso fiscal y Disneylandia aberzale, es demasiado atractivo para aquella gente. Ya se sabe, los humanos necesitan chutes de adrenalina cuando se sienten flojuchos.

Artículo publicado en: El Periódico, 15 de septiembre de 2007.

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Félix de Azúa

Félix de Azúa nació en Barcelona en 1944. Doctor en Filosofía y catedrático de Estética, es colaborador habitual del diario El País. Ha publicado los libros de poemas Cepo para nutria, El velo en el rostro de Agamenón, Edgar en Stephane, Lengua de cal y Farra. Su poesía está reunida, hasta 2007, en Última sangre. Ha publicado las novelas Las lecciones de Jena, Las lecciones suspendidas, Ultima lección, Mansura, Historia de un idiota contada por él mismo, Diario de un hombre humillado (Premio Herralde), Cambio de bandera, Demasiadas preguntas y Momentos decisivos. Su obra ensayística es amplia: La paradoja del primitivo, El aprendizaje de la decepción, Venecia, Baudelaire y el artista de la vida moderna, Diccionario de las artes, Salidas de tono, Lecturas compulsivas, La invención de Caín, Cortocircuitos: imágenes mudas, Esplendor y nada y La pasión domesticada. Los libros recientes son Ovejas negras, Abierto a todas horasAutobiografía sin vida (Mondadori, 2010) y Autobiografía de papel (Mondadori, 2013)Una edición ampliada y corregida de La invención de Caín ha sido publicada por la editorial Debate en 2015; Génesis (Literatura Random House, 2015). Nuevas lecturas compulsivas (Círculo de Tiza, 2017), Volver la mirada, Ensayos sobre arte (Debate, 2019) y El arte del futuro. Ensayos sobre música (Debate, 2022) son sus últimos libros.  Escritor experto en todos los géneros, su obra se caracteriza por un notable sentido del humor y una profunda capacidad de análisis. En junio de 2015, fue elegido miembro de la Real Academia Española para ocupar el sillón "H".

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