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Lo que sabe un poeta

Por 22 de octubre de 2012 Sin comentarios

Eder. Óleo de Irene Gracia

Eduardo Gil Bera

El plátano de la Ilíada, aquel hermoso ejemplar de Aulis donde los griegos reunieron las naves para llevar el mal a los troyanos y a Príamo, aquel a cuyo pie brotaba  agua cristalina, y donde sucedió el augurio del dragón sangriento que devoró las aves y se convirtió en piedra, no es un árbol como los demás,  no se llama “platanos”, sino presenta forma de superlativo, el poeta lo llama “platanistos”. Hay gente a la que esto le da igual, pero yo es que no lo puedo evitar, en cuanto veo a un superlativo subido a un árbol, no puedo menos que preguntarle: ¿qué hace un superlativo como tú en un árbol como este? En griego iliádico, el nombre del plátano significaría “el de muy amplias (hojas)”. Y, en efecto, el plátano tiene las hojas más anchas de todas las frondosas que conocían los griegos. Y esas hojas tienen, además, una  notable semejanza, que no puede ser casual, con las de la vid; fenómeno ya observado por aquellos sabios antiguos que estaban a todo, como Plinio el Viejo e Isidoro de Sevilla. Otra particularidad del plátano es su facilidad para esquejar, de modo que los héroes y semidioses podían dejar por ahí una estaquilla, como al descuido, y a los pocos hexámetros había un hermoso plátano adecuado para el banquete, los augurios, las fuentes cristalinas y la creación de platónicos paraísos.
 
Platón, por cierto, está emparentado con toda la intención con el plátano, uno y otro, sabio y árbol, remiten al adjetivo “platys” y al verbo “platyno”, que significa ensanchar, ampliar, y en sentido figurado quiere decir consolar, hacer feliz.
 
En la Biblia, va a ser casualidad, Jacob descorteza unas varas de plátano para excitar la imaginación platónica de sus ovejas en celo y hacer que tengan crías abigarradas. También Ezequiel pondera el ramaje del plátano en el jardín del Edén.
 
Platanistos el superlativo es un topónimo repetido, porque era un lugar sagrado, propiedad de Zeus Guerrero. Bajo unos plátanos cretenses fue donde el hijo taurino de Cronos le hizo los hijos a Europa. Hasta Jerjes, el persa soberbio, estaba al tanto de la cuestión platánica, y colmó de joyas un bello ejemplar cuando se dirigía a dar candela a los griegos.
 
Es difícil determinar qué sabe un poeta, cuando sus palabra fundan más que dicen, pero seguro que Marcial sabía todo esto y más, al hablar del plátano cesarino plantado allá donde “la rica Córdoba ama al plácido Betis”, dice que lo puso la “diestra feliz” del héroe invicto, que debajo se banqueteó de lo lindo, y que regaron el árbol con vino puro. Y Hölderlin también lo sabía, cuando deseó haberte encontrado en días mejores a la sombra de los plátanos, “donde mi Platón creó paraísos”.

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Eduardo Gil Bera

Eduardo Gil Bera (Tudela, 1957), es escritor. Ha publicado las novelas Cuando el mundo era mío (Alianza, 2012), Sobre la marcha, Os quiero a todos, Todo pasa, y Torralba. De sus ensayos, destacan El carro de heno, Paisaje con fisuras, Baroja o el miedo, Historia de las malas ideas y La sentencia de las armas. Su ensayo más reciente es Ninguno es mi nombre. Sumario del caso Homero (Pretextos, 2012).

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