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La Valdorba

Por 20 de octubre de 2017 Sin comentarios
Revista Claves (marzo-abril 2020)

Eduardo Gil Bera

 

 

En el siglo XVI había gente que hablaba vasco en la Valdorba,  un valle al este de Tafalla. Según la preceptiva vigente, es una prueba de la inveterada, pero como mínimo neolítica, antigüedad de la lengua vasca. Esos hablantes serían venerables seres puros cuyas entrepiernas habrían estado engendrando especímenes maravillosos que ejercitaban el ergativo durante las glaciaciones, cierto es que iban quedando menos a causa de la perfidia forastera en general y castellana en particular, pero ahí han quedado los pruebas de la vieja extensión de la lengua más antigua e inmaculada del mundo que, como ahora nos predica la superioridad, todo navarro debe aprender para cargar con su complejo fomentado, y para recuperar su vieja esencia milenaria y parcelaria.

 

En cambio, según la ciencia filológica, la Valdorba lleva un nombre que resume ejemplarmente su historia lingüística. Orba es un topónimo ibérico lobero cuya presencia es notable en toda la cuenca mediterránea desde el Peloponeso hasta la Península Ibérica. Unos ejemplos: en Navarra, Orbara, y en el Tirol, Corvara; en Asturias, los montes de (Eu)ropa, y en los Alpes, Oropa; aquí, al lado de Pamplona, Ororbia, en Soria, Borobia, y en la isla griega Eubea, Orobiai; en Toledo y Castellón, Oropesa, y en Beocia, Oropos (la ciudad saqueada por los atenienses que fueron condenados por el Senado a un multa de 500 talentos, y enviaron a Roma tres filósofos, el académico Carneades, el estoico Diógenes, y el peripatético Critolao, para negociar el levantamiento de la sanción). En Navarra, el topónimo emblemático Urbasa revela su ascendencia ibérica lobera si se compara con «urbarra», nombre del lobo en hitita, y con «urbar», el original nombre del lobo en sumerio del que descienden todos los demás. Los ejemplos son incontables, pero baste fijarse en algunos señeros como Gorbea, Ordesa, Cervera o Urbión, para hacerse una idea.

 

El sustrato ibérico data del tercer milenio a. C. La primera parte del topónimo Valdorba indica la romanización que se inició al final del primer milenio, o sea, que en la Valdorba se habló ibérico un par de milenios, y luego se romanizó. Lo mismo pasó en toda la Península Ibérica. 

 

Entretanto, los vascones eran un pueblo ibérico que no hablaba vasco por el mismo motivo que Séneca no hablaba italiano. El vasco no existía en el tiempo de los vascones, porque se formó aquí más tarde, a la vez, y en el mismo sitio que los diversos romances.

 

En 58 a. C. los aquitanos se aliaron con los iberos vascones, que ya estaban experimentados en la lucha contra los romanos desde los tiempos sertorianos, para resistirse a las legiones que se disponían a ocupar la Galia. Fueron derrotados y Julio César nos da noticia de que casi todos los aquitanos se rindieron y entregaron rehenes. Los que no lo hicieron se refugiaron en la Península Ibérica, en el territorio de sus aliados iberos, más en concreto en las cuencas bajas del Bidasoa y el Urumea, como muestra la frontera isoglósica oriental aún vigente digu / dauku, o zigun / zaukun, donde el primer ejemplo es de raigambre aquitana y el segundo de origen ibérico. En ese enclave se formó la lengua vasca a partir del aquitano, bajo la influencia del ibérico, que era la lengua del lugar, y del latín, que era la lengua imperial. Hoy el vasco tiene un 80 % largo de romance, y un porcentaje notable y apenas estudiado de préstamos ibéricos, el resto es de origen aquitano, que a su vez remite al sumerio, lo mismo que el ibérico.

 

 

En el tiempo que va desde los romanos a la Edad Media, el vasco se fue formando, como los demás romances, de modo que hablantes de vasco mezclados con hablantes de romance era algo corriente. Y su presencia en la Valdorba indica su maxíma extensión meridional, puesto que el vasco tiene un foco original en los refugiados aquitanos de la vertiente cantábrica y una expansión hacia el sur, este y oeste a lo largo del medioevo. Originalidad y expansión siempre mezcladas, siempre con otros que no hablaban vasco, que es lo que ignoran nuestros incontables filólogos de guardia. Que nunca hubo raza vasca, ni pureza de lengua, ni antigüedad fuera de serie, es algo que, aunque dé pereza, hay que repetir, y más a estas horas populacheras, y más donde tenemos a unos gobernantes que dan tanto la vara con la didáctica del racismo vergonzante.

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Eduardo Gil Bera

Eduardo Gil Bera (Tudela, 1957), es escritor. Ha publicado las novelas Cuando el mundo era mío (Alianza, 2012), Sobre la marcha, Os quiero a todos, Todo pasa, y Torralba. De sus ensayos, destacan El carro de heno, Paisaje con fisuras, Baroja o el miedo, Historia de las malas ideas y La sentencia de las armas. Su ensayo más reciente es Ninguno es mi nombre. Sumario del caso Homero (Pretextos, 2012).

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