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Si una noche de verano un viajero

Por 13 de febrero de 2012 Sin comentarios

Edmundo Paz Soldán

Antes de una viaje o de las vacaciones me emociono revisando en mi biblioteca Los Libros Que Quiero Leer, y hago una lista exhaustiva, tratando de combinar Los Libros Clásicos con Los Libros Que Me Acaban de Llegar, Los Libros Que Me Pueden Servir Para La Novela Que Estoy Escribiendo con Los Posibles Libros a Reseñar, Los Libros Que Me Provocaron Tanto Placer Que Los Quisiera Releer con Los Libros Recomendados Por Un Amigo Que Respeto y Los Libros Que Podría Enseñar En Un Curso El Próximo Semestre. Antes la ansiedad se acababa ahí, pero ahora a esa lista se agregan los libros que tengo en PDF o Word. Alguien me dijo que esos libros no suelen provocar culpa porque uno no los ve acumulando polvo en la mesa de noche -están bien escondidos en las entrañas del Kindle o el iPad–; puede que sea cierto, pero el problema es otro: con ellos ya no hay la disculpa de que uno no los pudo conseguir en la librería de su ciudad, de modo que también tienen a proliferar. Y ahí está la lista de Manuscritos De Los Amigos Que Esperan Una Opinión Urgente y Libros Enviados Por Una Editorial Amiga Para Escribir Algo En La Contratapa y Libros Llegados Al Correo Porque es Muy Fácil Enviar Mails a Desconocidos. Es un milagro comenzar a leer un libro: ¿cómo fue que precisamente ese, entre tantos otros, llegó a ser el escogido? Enero y febrero son grandes meses porque tengo la ilusión de que desbrozaré en algo la maleza (pero no: por cada libro que leo, compro o me llegan siete). Y ahí voy, con los Cuentos reunidos de Felisberto Hernandez (me gustaría subrayar todas sus líneas); Los ministros del diablo, de Pascale Absi, una antropóloga francesa que escribe sobre la presencia del diablo en las tradiciones de las minas en Bolivia (me siento muy inteligente leyendo libros serios); Los malditos, de Leila Guerriero, sobre algunos geniales autores malditos latinoamericanos (un libro convoca a otros: después de leer el perfil de Barón Biza, me digo que debo buscar El desierto y su semilla); The Tiger’s Wife, de Téa Obreht (el New York Times lo ha elegido entre los libros del año, así que decido que debe ser bueno, y sí, lo es, aunque de una manera algo convencional); Canción de Tumba, de Jorge Herbert (una de esas novelas que hacen decir: tengo que leer todo de este autor); El asesino de chanchos, de Luciano Lamberti (cuentos engañosamente simples; se me ocurre que podría robarme algunas ideas, algunas estructuras, nadie conoce a Lamberti todavía y nadie se dará cuenta); Manuscrito encontrado en Zaragoza, de Jan Potocki, que leo deslumbrado en un viaje en bus al Lago Titicaca. También están Los Libros Que Aparecen En El Camino: en una librería de Cartagena descubro La luz difícil, de Tomás González, y recuerdo que un amigo alguna vez me había recomendado a ese autor (su corta extensión lo ubica rápidamente en el primer lugar de la lista); también me llevo la nueva novela de Evelio Rosero porque tengo un gran recuerdo de Los ejércitos (leo cien páginas de La carroza de Bolívar, no termina de engancharme y la dejo); mi pareja, Liliana, está leyendo Una nota estridente, de Enrique Lihn, y yo me deslumbro con algunos poemas; en una librería de La Paz me topo con Interior mina, un testimonio de las minas de Bolivia, decido que me puede servir para la novela que estoy escribiendo. Hace unos días me llegó en PDF No aceptes caramelos de extraños, de Andrea Jeftanovic (hoy por la mañana leí dos cuentos) y anoche un escritor, Maximiliano Barrientos, me prestó los Cuentos Reunidos de Hebe Uhart, que andaba buscando hace tiempo, y también El desierto y su semilla, y otro, Gary Daher, me trajo una edición bilingüe español-italiano de un libro de Jaime Saenz. Ya perdí la lista que ordenaba el caos. En realidad ordenarlo es una ficción. Aun así sueño con el próximo viaje, con la próxima vacación, con la nueva lista que me hará creer que algún día terminaré de leer Todos Los Libros Que Quise Leer Antes De Mi Muerte.

(La Tercera, 11 de febrero 2012) 

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Edmundo Paz Soldán

Edmundo Paz Soldán (Cochacamba, Bolivia, 1967) es escritor, profesor de literatura latinoamericana en la Universidad de Cornell y columnista en medios como El País, The New York Times o Time. Se convirtió en uno de los autores más representativos de la generación latinoamericana de los 90 conocida como McOndo gracias al éxito de Días de papel, su primera novela, con la que ganó el premio Erich Guttentag. Es autor de las novelas Río Fugitivo (1998), La materia del deseo (2001), Palacio quemado (2006), Los vivos y los muertos (2009), Norte (2011), Iris (2014) y Los días de la peste (2017); así como de varios libros de cuentos: Las máscaras de la nada (1990), Desapariciones (1994) y Amores imperfectos (1988).Sus obras han sido traducidas a ocho idiomas y ha recibido galardones tan prestigiosos como el Juan Rulfo de cuento (1997) o el Naciones de Novela de Bolivia (2002).

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