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II. Sarcófagos que se abren

Regreso a Nicolás Ceausescu, que tanta inspiración sacaba del príncipe Vlad, alias el conde Drácula, porque acaba de ser removido de su sarcófago, junto con su esposa Elena, poco más de veinte años después de que ambos fueron fusilados tras un juicio sumario el 25 de diciembre de 1989, bajo cargos de genocidio, enriquecimiento ilícito, daños a la economía nacional y toda clase de abusos de poder.

No les cobraron en esa lista la megalomanía, el desorbitado culto a la personalidad, ni los delirios de grandeza, pues las efigies y las estatuas de ambos estaban por todo Bucarest y por todas las demás ciudades del país, y el Palacio del Pueblo, que se habían mandado construir  en la capital, competía por ser el edificio más grande del mundo, sólo comparable al Pentágono, y sino el más suntuoso, el de peor mal gusto.

En 1989 el matrimonio Ceausescu se hallaban en la cúspide de su poder, después de haber empezado desde muy abajo, él electricista y ella obrera textil, lo que no impidió que la universidad le obsequiara el título de doctora en Ciencias Químicas. Eran dueños del mando supremo sobre el ejército, sobre el aparato del Partido Comunista, sobre la burocracia gubernamental, sobre los servicios secretos, los tribunales de justicia, los sindicatos, las fuerzas de choque, las organizaciones juveniles, y en fin, sobre las masas que acudían a sus manifestaciones, y dueños del poder, claro está, de mandar a empalar a cualquiera que no estuviera de acuerdo con el credo de que Ceausescu era el Gran Conductor, armado de un cetro real que él mismo se había mandado hacer en oro puro. Ella, mientras tanto, se hacía llamar la Madre de la Nación. Pero es lo que pasa con todos los dictadores, que cuando creen hallarse en la cúspide, es cuando la polilla se les ha comido el piso sin que se den cuenta.

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25 de agosto de 2010
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Eskups del antiprogre: Prochino

En un caso como mínimo tiene toda la razón histórica de su parte. Fue prochino cuando era progre y es prochino cuando se ha vuelto antiprogre.

Le gusta, como a los comunistas chinos, lo peor de los dos sistemas. Le caen bien los chinos porque gracias a su Confucio recuperado son los más antiprogres del planeta.

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25 de agosto de 2010
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Dolor

Y a la hora de conferirle una traducción humana, al no saber de que se trata, tan difícil puede parecernos el ruido que procede de una madre a la que se anuncia que su hijo acaba de morir, como el que procede de un animal o de un arpa. (IV, 130-131)

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24 de agosto de 2010
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Eskups del antiprogre: Claridad moral

Concretemos: lo que le gusta es esa derecha extrema y dura, moldeada en derechos históricos y religiosos previos a cualquier Constitución, hostil a toda transacción, acostumbrada al auxilio de la fuerza y a tratar a quienes no se pliegan a sus deseos como enemigos o criados.

Es el ideal admirado, la derecha soñada: junto a las ideas reaccionarias y a la defensa cerrada de sus intereses exhibe la arrogancia y el sentido de superioridad moral de la izquierda. La claridad moral es a la derecha lo que la superioridad moral es a la izquierda. Una impostura en ambos casos.

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24 de agosto de 2010
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Dame una perdida

Suena el móvil, pero no lo descuelgo. Espero que el ring ring se apague y me voy a un teléfono cercano para marcar el número que ha quedado registrado. He advertido a mis amigos que me hagan una llamada perdida y después les respondo, pero algunos insisten y olvidan el alto costo de un minuto de conversación en la red celular. Tengo con ellos un código de dos timbres si es urgente y tres si se trata de algo que puede esperar. Cuando estoy en la calle y vibra el artilugio que llevo en mi bolso, busco un terminal público que acepte monedas o al que no le hayan arrancado el manófono. Aunque la empresa de telecomunicaciones ETECSA informó que el número de usuarios de móviles superará pronto el millón, seguimos siendo minusválidos en esta tecnología. Recibir una llamada nacional es una locura, configurar el MMS puede llevarnos horas de pelea con las operadoras y encontrar un lugar donde vendan tarjetas de recarga se parece al filme ?Misión imposible?. Como un adolescente al que le han crecido los pies y ya no le entran los zapatos, a nuestra telefonía celular le ha aumentado el número de abonados pero sin la correspondiente mejoría en la infraestructura. Pues tal crecimiento no obedece a un desarrollo integral sino que está dado por el deseo de recaudar ?a toda costa? esos billetes convertibles y de colores que simulan al dólar. A pesar de las recientes rebajas para darse alta, un médico aún no puede costearse una línea de móvil, pero la policía política goza de tarifas subvencionadas en moneda nacional. No es posible tampoco abrir un contrato para pagar a fin de mes, pues estamos condenados a tener un fondo previo para lograr comunicarnos. Muchos nos sentimos estafados por ETECSA, pero el monopolio estatal no permite que otros competidores nos ofrezcan un servicio mejor y más barato. Mientras aparece una solución, miles de usuarios ensayamos un extraño código morse con los celulares: un timbre, dos, tres? ¡No respondas al otro lado! sólo corre hacia el teléfono más próximo.

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24 de agosto de 2010
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El extranjero feliz

Siempre me ha llamado la atención la poderosa nostalgia con que muchos escritores recuerdan aquella ciudad en la que -al menos en la memoria- fueron "extranjeros felices".

"París era una fiesta" en los años veinte del siglo pasado, y Nueva York en los cincuenta, y Londres en los sesenta. Hay testimonios más remotos de esta sensación de felicidad provocada por la extranjería. Attilio Brilli, en su ensayo El viaje a Italia, habla de 40.000 forasteros en la Roma del siglo XVII que parecían instalados en una vaporosa dicha que Goethe, con su acostumbrada precisión, llama jovialidad. Las causas de este estado de ánimo son, sin embargo, difíciles de precisar: el hechizo de la provisionalidad, la suspensión de responsabilidades vinculadas al país de origen, la levedad que proporciona el desconocimiento de los "asuntos de familia". Yo mismo siempre recuerdo con agrado las estancias en ciudades donde he ejercido de extranjero.

Por eso tengo una cierta envidia de los que ahora ejercen esta vocación en mi país. Hoy en Barcelona coexisten, al menos, cuatro ciudades que se mezclan con gran dificultad: la Barcelona de los barceloneses, bastante ensimismada y últimamente con el espíritu notablemente decaído; la de los inmigrantes, en nada distinta a cualquier otra ciudad que acoge a los visitantes empujados por la pobreza; la de los turistas, tan volátil como cualquier otra urbe sometida al peculiar igualitarismo del low cost, y finalmente la de los extranjeros que viven -y, si pueden, trabajan- aquí por un tiempo. El otro día leí que este último grupo está formado por más de 100.000 personas.

Pero no me importa tanto la cantidad como la calidad: tienen una mejor relación con la ciudad que los otros grupos, o así me lo parece a mí, con aquella envidia a la que he aludido antes. Gozan del entorno con ese desapego dichoso que proporciona la condición de extranjero. Y ni conocen nuestros asuntos de familia ni tienen el menor interés en ellos. Para entendernos: no saben quién es Millet o Luigi, no tienen ni idea de lo que ha costado la "gran fiesta democrática" del referéndum sobre la Diagonal. Privilegios del extranjero feliz.

El País, 03/07/2010

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23 de agosto de 2010
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Treinta higos

Algunos conocedores han echado de menos una valoración de la famosa operación de fístula de 1686. En verdad fue una gesta sin precedentes, porque luego de charcutear durante hora y media en la retaguardia regia, aquellos científicos inagotables le hicieron otra sangría más en el brazo, un final absolutamente innovador. El rey sobrevivió y la fístula también, dando motivo de regocijo durante años a los infatigables equipos médicos. Tampoco es razón ningunear el forúnculo que trabajosamente convirtieron en un ántrax excelente para ser inciso y cauterizado, siempre sin el menor indicio de curación. Daquin, primer médico del rey durante las mencionadas incursiones, cobró 100.000 libras por la operación de fístula, donde apenas pudo salpicarse, dada la masiva afluencia. Por entonces ganaba 45.000 al año, y el puesto le costó 30.000

El abuelo de Daquin fue el gran rabino Mardoqueo de Carpentras, que se pasó al cristianismo con gran éxito de público y crítica. Hizo una peregrinación al reino de Nápoles, y se asentó en Aquino, donde se hizo especialista en los escritos del héroe local, Tomás de Aquino, y se bautizó.  Al regreso, se llamaba Daquin, y se estableció en París como profesor de hebreo del Colegio de Francia. Su hijo Luis-Henri Daquin ingresó como médico ordinario en la casa de Maria de Médicis y de ahí ascendió a médico sin cuartel en el séquito de Luis XIV. El nieto, Antoine Daquin, estudió medicina en la facultad de Montpellier, conocida por su irrenunciable fe en el antimonio, y se casó con la sobrina de la mujer de Vallot, primer médico del rey y antimonista convencido. En 1672 Antoine Daquin accedió al puesto de líder de la muchedumbre médica del rey.

Pronto se hizo patente que su lugarteniente, el sombrío doctor Fagon, lucharía por arrebatarle el liderato. El primer enfrentamiento tuvo lugar durante la liquidación de la reina María Teresa en 1683, hazaña que ambos pretendían apuntarse y sobre la que aún no se ha pronunciado la ciencia. La esposa del rey se indispuso el 26 de julio de 1683. Fagon, primer médico de la reina tras la elevación de Daquin, notó que había aparecido un tumor bajo la axila izquierda. Ordenó una sangría en un brazo que no trajo ningún alivio. Daquin ordenó otra, pero ahora en un pie. Inquietos por la falta de avance, ordenaron administrar antimonio en cantidad prudencial. Poco después, la reina murió asfixiada.

Cuando los héroes hicieron la autopsia, vieron que el tumor de la axila era un abceso enorme que había reventado hacia adentro y atravesado la pleura, asfixiando a la reina. En efecto, habría hecho falta una incisión, pero en el sitio adecuado.

Pero Daquin no perdió su puesto ante Fagon por haber excavado bien o mal alguna trinchera de fístula o forúnculo, ni por derribar un paladar más o menos, ni siquiera por matar a la reina. Fue por descarado. Una mañana anunciaron al rey la muerte de un viejo oficial. El rey dijo que lo sentía porque le había servido bien, y tenía una cualidad muy rara: jamás le pidió nada. Y miró a Daquin, que pedía y obtenía sin cesar abadías, episcopados y altos cargos para sus hijos. Pero éste no se desconcertó un pelo, y preguntó al rey qué había dado él a ese oficial. El rey no replicó nada porque jamás dio nada al difunto cortesano. Al día siguiente, Daquin recibió una carta sellada con la invitación a retirarse de inmediato a París y la prohibición de intentar ver al rey o escribirle. Se le  señalaba una pensión vitalicia de 6.000 libras. Daquin se fue a Vichy, por ver si las aguas le milagreaban algo, pero se puso verde, y murió.

El tétrico Fagon se hizo cargo entonces de la jefatura médica de la casa del rey, pero aún tardó más de veinte años en rematar. Aunque no tenía dientes, Luis XIV tenía que trasegar como un bulímico para remediar las sangrías, vomiteras, purgas y remociones intestinales que formaban parte de su deber real. La víspera de morir, hizo un supremo esfuerzo y engulló en una sentada treinta higos frescos, y luego absorbió con suma convicción un gran vaso de agua helada. Era verano, último día de agosto. Tenía que fabricar sangre como fuera. Ya había visto cómo nueve doctores al mando de Fagon liquidaron fácilmente a su biznieto heredero con unas pocas sangrías y un par de eméticos de antimonio. Él pensaba resistir, pero murió con la fresca del primer día de septiembre. Hecha la solemne apertura de su cuerpo por Marechal, primer cirujano, bajo la presidencia de Fagon y el resto de la corporación, se decretó que había muerto por gangrena en la sangre.

La primavera siguiente, Luis XV, de seis años de edad, y aún de luto, fue conducido al Jardín de Plantas para que conociera una de las singularidades del reino: el verdoso Fagon, que vivía retirado en aquel mismo lugar donde había nacido ochenta años antes.

 

 

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23 de agosto de 2010
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Eskups del antiprogre: Relativismo

Los valores, eso sí que le gusta. Desde el día en que le contaron antes de dormir el cuento de los valores ya sólo quiere que se lo cuenten un día y otro.

Nadie los encarna mejor que ese anciano adorable, el buen Papa que los progres atacan y denigran. El antiprogre es ante todo un papista y cuando se hace viejo se confiesa y comulga como en su tierna infancia. Y si son absolutos, mejor que mejor. A juego con la camisa y los gemelos. Y con los otros valores, claro está: los de la bolsa.

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23 de agosto de 2010
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El Boomeran(g)
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