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Vértigo y psicosis

El primer logro de la nueva película de Paul Thomas Anderson, sensiblemente superior a la obra de Thomas Pynchon que adapta, es preliminar y novelístico: una voz femenina, juvenil y de poco volumen, comenta los hechos desde el inicio como narradora externa y vuelve a hacerlo en diversos momentos, incluso apareciendo en imagen y desapareciendo sin justificación, como los fantasmas. Dicha voz no corresponde a la de la novela de Pynchon, narrada en tercera persona (aunque con mucha intervención autoral en un correlato policiaco, lleno de apartes y citas, que son lo mejor del libro); así que pronto resulta evidente que Anderson introduce esa voz y esa figura quebradiza como uno más de los espejismos de un film que trata sobre los mundos paralelos de lo real y sobre lo invisible inherente a lo visible.

 

    ‘Inherent Vice' (‘Puro vicio' en la ingeniosamente infiel traducción española) refleja la vida vertiginosa de una amplia galería de personajes californianos de finales de los años 60, adictos todos a las facilidades del sexo, los estados lisérgicos y las ensoñaciones de la marihuana, y practicantes algunos de la espiritualidad hippie, la pequeña estafa y el gran crimen. La época, puesto que se trata de un film de época, está maravillosamente bien pintada, sin alardes de producción ni abusos del color local; como explicó el director, entrevistado por la legendaria revista de cine ‘Sight & Sound', el modo de captarla se basó en una minuciosa elaboración fotográfica (extraordinario su iluminador, Robert Elswit) que, trabajando en celuloide y no en imagen digital, busca y consigue el look de "una postal desvaída, una portada de un disco o un libro de bolsillo". Las caracterizaciones son memorables, como las sabe hacer Hollywood, y la banda sonora, muy presente en todo el metraje, tiene variedad y sorpresa, aunque a título personal eché en falta a Rocío Dúrcal, que aparece como referencia icónica en la página 338 de la novela de Pynchon cantando "con su corazón a punto de romperse" por la radio del coche del protagonista Doc Sportello. Oír en esta película a nuestra tonadillera sí que habría sido un colocón auditivo.

      La novela abunda en citas fílmicas que le dan a menudo la textura de un palimpsesto del ‘thriller'; en pantalla corrían el riesgo de la redundancia, aunque se agradece la alusión al clásico director de fotografía James Wong Howe, muy nombrado por Pynchon y aquí introducido únicamente en una de las escenas más brillantes, la primera visita a la casa de Sloane Wolfmann, la mujer del magnate desaparecido que da pie a la peripecia. La brillantez estilística es un signo distintivo de Paul Thomas Anderson, y si esa riqueza formal es siempre de agradecer y alcanzaba cotas sublimes en ‘Magnolia' y ‘Pozos de ambición', en ‘Puro vicio' constituye su razón de ser, una vez que la trama pronto deja de interesar, por fútil y deliberadamente embrollada. El espectador, aunque se pierda en los espejismos, tiene la garantía de la constante invención visual, del inesperado giro en el montaje, de la belleza de algunos ‘set pieces', como el del burdel especializado en el ‘cunnilingus' y esa última cena que celebran en el caserón un grupo de ‘flower people', más cercana en el homenaje plástico a la ‘Viridiana' de Buñuel que a las santas cenas de Leonardo o Tintoretto. Mención especial merecen las dos secuencias de mayor relieve y densidad, situadas ambas en instituciones: la sede de ‘Colmillo Dorado' (‘Golden Fang') donde se practica a mansalva la ortodoncia y la pederastia, y con un personaje, el del Doctor Blatnoyd, de una psicosis cómica arrolladora, y la clínica o cárcel del Instituto Chryskylodon, con sus pacientes de túnicas blancas y sus dirigentes de negro adoctrinamiento fílmico. Recuerdan esos pasajes al mejor David Lynch, si bien Anderson los engrana con sentido en su relato, por desaforados y granguiñolescos que sean.

     En una película hecha de personajes numerosos y cambiantes, el reparto es esencial, y ‘Puro vicio' no flaquea a ese respecto. A Joaquin Phoenix pocos elogios se le pueden añadir en una carrera de su (de vez en cuando voluntariamente interrupta) solidez; aquí domina la acción, con gran variedad de peinados, desde el principio al fin, y nunca nos cansa su permanente adormecimiento o desgana heroica. Josh Brolin interpreta con genio al importante policía y estrella de la publicidad Bigfoot Bjornsen, y luego está, destacadísima en el papel de Shasta, la exnovia del detective, Katherine Waterston, que tiene, en el plano-secuencia de su confesión a Doc en la cabaña, con coito final incluido, un discurso trascendental sobre la invisibilidad, clave del film. En brevísimas pero llamativas intervenciones, se dejan notar Maya Rudolph, que es la esposa de Paul Thomas Anderson, como recepcionista del despacho de Doc, y Jeannie Berlin encarnando a la capciosa y resabiada Tía Reet.

    Lo que es bueno hacer, y yo siempre hago, quedarse en la sala del cine a ver todos los títulos de crédito, por extensos que sean, en esta ocasión lo desaconsejo; hay canciones gratas de oír mientras pasa el rodillo de nombres, pero Anderson, en vez de añadir un extra o un chiste epilogal, como hacen algunos directores juguetones, ha querido rendirle un tributo a Thomas Pynchon, y así el último fotograma reproduce la muy trillada frase sesentayochesca que el novelista pone como ‘motto' del libro: "Bajo los adoquines, ¡la playa!". Pynchon sin duda se refiere, en un guiño, a la playa cercana a Los Angeles donde trascurre gran parte de la historia, y su adoquinado sería, lógicamente, el pavimento de la especulación inmobiliaria. El espectador ya lo sabía, y el cineasta tendría que haber dejado oculto ese obvio mensaje entre las cubiertas del libro que tan estupendamente expande en su adaptación.

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4 de mayo de 2015
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El artista entre dos mares

Me escribe un artista de México preguntándome sobre las dificultades de presentarse, en mi caso, o con un oficio de escritor y otro de pintor. ¿Lo tolera la capacidad cultural de nuestro entorno hispánico?

Debo contestarle algo concreto pero también con sentido de la realidad. O eso es lo que me impongo como deber de corresponsal. No conozco al artista que me escribe con esta interrogación ni sé si vive  las mismas circunstancias que las mías. Es decir, tocar, por ejemplo, la flauta extraordinariamente y ser a la vez aceptado como orfebre. Escribir y pintar.

En España, le digo, sólo conozco de cerca el caso de Navarro Baldeweg que disfruta del privilegio de ser aceptado en dos campos artísticos, la pintura y la arquitectura. Y bendito sea Dios. Porque, francamente ¿se trata de pulsiones creativamente diferentes?

La emisión del artista es una sola fuente de emisión. ¿Por qué habría de sentirse esas luces encarceladas en una sola práctica disciplinar?  Sinceramente, me dan lástima, mucha lástima, los escritores que sólo hablan de libros y de cuya parcela es imposible sacarlos para hablar o mirar. Compadezco a los tristes o pobres letraheridos como si fueran enfermos de anorexia o adictos al mezcal. Un artista no es sólo una fórmula unívoca,  literaria o musical por la que se define. Un artista genuino ve el mundo desde su condición como es cualquiera condicionado por sus atributos genéticos, sociales o de amor.

Ni buenos, ni malos, ni superiores, ni inferiores. Un artista es alguien que posee una personalidad como otra cualquiera y no necesariamente enfermiza ni ungida.  Los artistas son un rebaño entre los muchos que habitan este mundo animal. En la manada, unos son más prácticos, otros intuitivos, unos atrevidos, los otros ensimismados, altos y bajos. En el artista caben todas  estas atribuciones pero, como en otras dedicaciones investigadoras o científicas, les empuja ineludiblemente  la necesidad de crear. ¿De crear mundos? ¿De hacer milagros? Claro que no. Crear no  conlleva ninguna distinción divina por mucho que se empeñen los novelistas de guardarropía. El artista desea hacer algo nuevo e íntimo puesto que, al fin y al cabo, no hay nada más innovador y complaciente, a un tiempo, que ser  yo. Yo como vehículo, yo como chamán, o yo como Steve Jobs.

  Un artista disfruta realizando sus cuadros o sus partituras con la vehemente ilusión de procurar y procurarse, a la vez, algo nuevo y placentero para sí y para los otros, lo mismo que el químico, el médico o el diseñador.

 No hay majestad alguna en ese intento. No hay gloria peculiar en el artista. Los artistas componen sólo una clase de gentes que hace esto con  mucho gusto como otros se complacen en criar y ordeñar las vacas y los psicolíticos en la promiscuidad.

¿Un ser superior? Zarandajas. Andrajos de hace más de un siglo. Un artista es alguien que posee un ojo especial, como el médico el ojo clínico o el confesor el ojo fijo de la fe.  Nada le hace, por ello, situarse  por encima o por debajo de los demás ojeadores.  Es sólo especie humana en un montón. Un tipo más de los que forman la Humanidad y esto, gracias  Dios evidentemente, le confiere, como a los otros,  una personalidad peculiar para ver,  deducir y expresar. Aunque, claro está,  con vocación eminente, ardiente pasión o lo que se quiera.  Con vocación, digo, porque a diferencia de otras ocupaciones (incluso la de falsos artistas) no es concebible un artista genuino sin la cruz y el cáliz de la vocación. ¿Qué quiere decir esto? Que se siente apasionado por la clase de trabajo que realiza y, además, son inigualablemente  felices en consonancia con su aptitud personal.

Hay mucha gente  que amaría ser escritores pero, desgraciadamente,  jamás lo serán. El deseo no basta para ser ni gozar esta dedicación particular. Para completar este dorado  anhelo no basta desearlo sino entenderlo al natural.  Ni siquiera es suficiente la mejor actitud como se dice de los jugadores de tenis que vencen en los momentos críticos.

El artista  posee algo, no siempre feliz ni tampoco demasiado lúcido, que le impulsa a proyectar su ser en efectos compartidos y comunicados con el destino de los demás.  Y esto vale tanto para quien escribe como par quien compone como para quien pinta como para quien canta innovadoramente.

El artista, en suma, es una fuente que unas veces se expresa en un dialecto y también en alguno diferente. Lo decisivo es el impulso primordial y sus neurosis. Su procede, casi siempre, del mismo brote casi psicótico aunque a la gente le parezca que habla varios idiomas en su aparente dispersión.  Pero no se hablan diferentes idiomas desde el carácter del artista que practica más de una dedicación disciplinar. Siempre se habla de lo mismo, de tú y del ello, del tú y los otros, del tú y los colores alrededor.

 En definitiva, sin disciplinas categóricas, siempre del tú. ¿Narcisismo? Pues claro que sí. ¿Ominoso narcisismo? Pues claro que no. El narcisista no se complace con la facilidad de otro personaje altruista sino, precisamente con incomparable, dificultad. Justamente, esta dificultad de  constituye el nudo medular de su creación. Ser reconocido, ser amado, ser recibido apropiadamente es un deseo que cuando no se realiza (que nunca se realiza) proporciona la muerte o un martirio vital.  ¿Envidiable ese pintor, ese escritor, ese músico? El público no entiende el orificio interior del que proceden las obras de arte.

El público, como es su oficio, se sienta en las butacas y examina la oferta de la galería, de la librería, del teatro como masivos materiales a juzgar.  Sin crítica efectiva no hay arte presente o futuro pero, también, sin arte no hay crítica y por ello sin otra capacidad importante de experimentar.

 

 ¿Qué puede esperarse pues de un estudio o de un taller? ¿Qué provea de sillas o muebles de comedor admirables? Porque todo es lo mismo. El artista se necesita (y necesita a los demás) en cualquier producto que constituya su expresión. O, más precisamente, que le conceda el elemento decisivo para poder respirar (o "aspirar", que lo mismo viene a ser) 

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4 de mayo de 2015
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Política de ambientador

La política española busca desesperadamente su Ambi Pur, si bien parte de una confusión de base: el olor es el más mudo de entre todos los sentidos, esquivo a las palabras, aunque las tengamos en la punta de la lengua y sepamos lo que queremos expresar. Acostumbramos a definir los aromas a partir de las sensaciones que nos producen, de pestilente a misterioso; o bien con metáforas oblicuas que recurren a otras esencias. Hoy, uno de los adjetivos más utilizados para aportar un valor aspiracional -sea en arte, literatura o política- es fresco. Pero, ¿quién es el listo capaz de definirlo con precisión? De forma literal, cabría preguntarse si nos referimos a la menta, al neroli, al limón, al almizcle o la lavanda, ya que la noción de frescor es tan subjetiva como la propia elección de un perfume. No hay aroma más rancio que los ambientadores sintéticos de pino que se utilizan en algunos coches, barriendo por completo el efecto buscado. Pero ahí están, con su falso frescor bienintencionado. Juan Carlos Monedero asegura que una de las razones por las que abandona sus cargos en Podemos es porque ha “perdido la frescura de sus orígenes”, y se remonta al 15-M, cuando en la Puerta del Sol, tras días de acampada, se olía a intemperie -el olor a calle es inconfundible- a camiseta revenida o a pelo sucio. Borja Sémper, presidente del PP de Gipuzkoa, ponderaba por su parte el viernes en San Sebastián “la frescura de los jóvenes, gente limpia de polvo y paja”. Y, al tiempo, Manuel Chaves aseguraba, refiriéndose a Podemos y a Ciudadanos, que “esos dos partidos políticos, con ese lenguaje tan nuevo, tan fresco, tan espontáneo, han puesto encima de la mesa de negociación un chantaje”. De Albert Rivera se destaca a menudo su aporte de frescura, como si fuera un caramelo de eucalipto, una contrafuerza fresca frente a un Podemos -con notas amargas de regaliz- que precisa de una Isabel Coixet para que les aconseje no sólo un color sino un perfume identitario. Pero la aspiración a la frescura entraña una paradoja: se reclama experiencia, solidez y preparación, y a la vez una fragancia a nuevo. Un aroma refrescante pero contundente, que no se evapore al instante, condición que niega la propia naturaleza del término pues lo fresco es volátil y su gracia ­radica en que no persista. Puede que todos aquellos que reclaman frescura a quienes deben de encauzar el rumbo del país realmente se refieran a de­tergente y suavizante, incluso a lejía o amoniaco. También a cambio gene­racional, a códigos menos envarados, a privilegios medidos. Pero, por algo ­será que dicen frescura como si la bendita naturaleza pudiera airear el olor a cerrado que emana de este juego de tronos tan maloliente. El mismo que Gombrowicz capturó en sus diarios, después de un desayuno en L’Her­mitage: “La comida olía como un retrete de lujo”. Vísceras frescas y aromatizadas. (La Vanguardia)

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4 de mayo de 2015
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Saudiología

Arabia Saudí ha hecho el relevo generacional. Al fin. Pero como corresponde al país más conservador y gerontocrático del mundo, lo ha hecho por etapas. Tal como ha venido sucediendo desde 1953, cuando murió el legendario rey fundador, Abdelaziz bin Saud, sus hijos han ido sucediéndose unos a otros sin pasar jamás el testigo a la siguiente generación. Había donde escoger, porque tuvo 45 varones con derechos de sucesión de sus 22 esposas. El relevo no se produjo el 23 de enero pasado, cuando murió el rey Abdalá, con 92 años, y fue coronado Salmán, de 79, sino el 29 de abril, cuando se conoció la destitución del recién nombrado príncipe heredero, Muqrin, nacido en 1945, y el menor de todos los hijos legítimos de Saud. Y culminará en la próxima sucesión, cuando sea un nieto de Saud quien ocupe el trono. Las sucesiones en los sistemas cerrados y autoritarios requieren conocimientos sobre las corrientes ideológicas, clanes, grupos de intereses y en ocasiones también de las familias. En el caso saudí, hay que buscar los arcanos del poder, la saudiología, en el sistema poligámico de parentesco, en los que la línea matrilineal, paradójicamente, puede adquirir un fuerte protagonismo. En la familia real saudí históricamente han destacado en el ejercicio del poder los hijos de la esposa preferida y la más inteligente de todas, Hasa al Sudairi, conocidos como los siete Sudairi, caracterizados por ?su mutua lealtad, su ambición y su extraordinaria capacidad de trabajo, cualidades instiladas por su madre?, según el historiador británico Robert Lacey (Inside the Kingdom). El rey Fahd, de largo reinado desde 1982 hasta 2005, era el mayor. El actual, Salmán, era el quinto. También eran sudairis los dos príncipes herederos, Sultán y Nayef, fallecidos antes de acceder al trono. El nuevo príncipe heredero, Mohamed bin Nayef, de 55 años, hijo de este último, es sudairi de segunda generación, como su primo e hijo del actual rey, el nuevo número tres, Mohamed bin Salmán, de 30 años. Retengan las iniciales de estos dos nietos de Hasa al Sudairi, MBN y MBS, porque son los hombres fuertes y quienes están tomando las decisiones. MBN, el actual heredero, puede acceder al trono, pero a falta de hijos varones, sitúa a su joven primo e hijo del rey MBS en la línea de sucesión automática, algo que empieza a inquietar a quienes identifican su extremada juventud con un carácter inquieto y belicoso, en escasa consonancia con la legendaria inmovilidad del reino del desierto. El relevo, imprescindible para la continuidad monárquica y aplazado desde hace décadas, sucede en un momento delicado, con Arabia Saudí en guerra en Yemen y con creciente protagonismo en la región y en el mundo, gracias a su vocación de liderazgo árabe frente a Irán y a su capacidad para actuar sobre los precios del petróleo.

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3 de mayo de 2015
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La escuela Beckham

Lejos de considerar un espectáculo bochornoso el que representaban aquellos boys con el torso desnudo a las puertas de los Abercrombie & Fitch del mundo entero, los consumidores ávidos de performance lo encontraban un reclamo simpático. Ni las jovencitas ni sus madres que se fotografiaban con ellos, medio avergonzadas o tan ufanas, se plantearon el sexismo que escenificaba la utilización de los cuerpos de esos hombres obligados a sonreír, contonearse, y quitarse la camisa de cuadros a dos grados bajo cero en la Quinta Avenida. En la castellana plaza del Marqués de Salamanca, cuando irrumpieron con su gracejo teen, no hubo manifestaciones de feministas solidarias contra la cosificación de sus hermanos hombres, ni estos parecieron sentirse ofendidos. “Peor es tener que disfrazarse de Bob Esponja o Dora Exploradora”, razonaban algunos señalando al negocio infantil -por llamarlo de alguna manera- de las chiquifiestas. La cadena de tiendas de ropa casual made in USA le añadió un punto de show al intercambio comercial: ambiente de discoteca, dependientes vigoréxicos y una fragancia penetrante que invade violentamente la memoria olfativa (una especie de Varon Dandy sofisticado)… los boys de Abercrombie fueron educados en la máxima de que más allá de vender productos, había que vender experiencias. Formaban parte de esa moral hedonista tan de nuestro tiempo: primero disfruta y luego piensa de qué forma has disfrutado. Un mandato universal que convierte al placer en el principal objetivo vital, aunque se trate de una promesa infausta que acabará arrastrando calamidades. Los chicos Abercrombie tienen nuevo jefe y este les ha pedido que de nuevo se pongan la camisa. No obstante, son fruto de la escuela que hace unos veinte años inauguró un futbolista con talento y belleza. En lugar de esconderla bajo la camiseta del Manchester United, la evidenció con bíceps torneados, tatuajes y peinados a cada cual más osado. Beckham -que este fin de semana cumplirá 40 años en Marrakech sin crisis y con su cuadrilla de vips- encarnó la liberación del metrosexual, un hombre gustoso de conocerse y ávido por exhibirse, sin que por ello se cuestionara su orientación sexual. Sex-appeal y visión de juego, buen toque con los dos pies, coquetas poses, además de una mujer superestrella y cuatro hijos. Su estilo hizo estragos y se convirtió en una marca logrando que el fútbol pasara a ser un deporte sexy. ¿Trajo algo positivo la metrosexualidad a la equiparación de sexos? A las mujeres les complació que ellos se introdujeran en el hábito del cuidado de sí i abandonaran su tosquedad. Que además de compartir la pasta de dientes, usaran la crema para las patas de gallo acercó a algunas parejas, mientras que otras empezaron a acentuar su conflicto al competir en vestuario. Desde entonces los Cristiano y Neymar, los Johnny Depp, e incluso los Albert Rivera, han utilizado sus cuerpos como un plus para sus carreras, y curiosamente, lejos de restarles credibilidad -como les ocurre a ellas-, han ascendido al trono contando con el favor del público. La guardaespaldas / Danae Varufakis Mucha testosterona y cilindrada aparcada frente al BCE, pero, como suele suceder, tuvo que ser Danae Varufakis, la mujer del ministro de finanzas griego, artista conceptual y propietaria de bellas mansiones en las islas de las ninfas, quien evitara que la sangre llegase al río. Hace unos días, en un restaurante del rojo barrio ateniense de Exarchia, un grupo de jóvenes descritos como “anarquistas” increpó a la pareja y les arrojaron vasos y otros objetos de cristal. Yanis, escorado y amortizado por Tsipras, no ha podido convencer a Merkel de la fiabilidad de Grecia, ni a sus votantes de la amnistía fiscal, ni pudo disuadir a sus agresores. Danae lo abrazó, exponiéndose como escudo. Ahora se entiende que Varufakis no quiere guardaespaldas. Vida de célibe / Colin Farrell Estuvo tan breve como felizmente casado, aunque la ceremonia -celebrada en una playa en Tahití- no fuese más que una gamberrada de vacaciones; tiene dos hijos con dos parejas distintas y se le ha relacionado con mujeres tan polémicas como espectaculares, desde Angelina Jolie a Paris Hilton, Lindsay Lohan o Demi Moore. Ahora confiesa a la revista Style: “No hay ninguna mujer en mi vida. Hace ya cuatro años que no tengo una cita”, y pone las excusas de siempre: el trabajo, los niños… Su renuncia al amor resulta puro exotismo en la era de la monogamia sucesiva. El actor irlandés olvida las palabras de Thomas Love Peacock, más recordado por su amistad con Shelley que por sus obras. Llanero solitario / Ángel Gabilondo Es sin duda el candidato más socrático al que los ciudadanos podrán votar en mayo, y se le distingue a leguas de tantos de sus colegas. “Las convicciones no son estados de ánimo”, dijo en televisión, preciso en sus sofismas. Aunque asuma que este es un compromiso de recorrido, pocos le ven como Presidente de la Comunidad de Madrid. Probablemente, lleva su paradoja a cuestas: ¿la rectitud y la capacidad no cotizan al alza? Puede que no. Pero, por mucho que uno quiera evitar el barro del lodazal sin tomar “partido hasta mancharse”, como diría Celaya, no se hace sino política de salón. Eso sí, arropado no ya por los de la ceja sino por los del seso, de Emilio Lledó y Fernando Vallespín a Núria Espert, Caballero Bonald o Manuel Vicent.

(La Vanguardia)

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2 de mayo de 2015
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"Novedades" de Buenos Aires: Wilcock, Morosoli

La semana pasada estuve en Buenos Aires y conseguí dos de las "novedades" más interesantes que proponen las editoriales argentinas, a tiempo para la Feria del Libro. Estas dos grandes "novedades" son en realidad recuperaciones que merecen atención.

Una de ellas es la de Rodolfo Wilcock (1919-1978), un escritor "raro" que muchos todavía piensan como una invención de Bolaño. Es cierto que para escribir La literatura nazi en América Bolaño se inspiró en ese genial texto de Wilcock que es La sinagoga de los iconoclastas. Pero Wilcock no se agota ahí, y lo prueba El caos, el libro de cuentos que reedita La bestia equilátera con su acostumbrado buen ojo. Wilcock, que emigró en la década del 50 a Italia, publicó primero el libro en italiano, en 1960; la primera edición en español es de 1974, y en ella buena parte de los textos originales fue reescrita.

La nueva edición de El caos agrega cuatro textos a la de 1974. Un libro movedizo, como tiene que ser, pues la constante de Wilcock es la inconstancia. "La fiesta de los enanos", uno de los mejores cuentos, comienza con esta frase: "La señora Marín vivía sola con dos enanos, que físicamente más que personas parecían animales, aunque desde el punto de vista intelectual hubiera sido difícil imaginar compañía más agradable". A partir de ahí, todo se desordena -las frases, la trama--, y Wilcock parece un Aira en esteroides, burlón, vertiginoso, aplicado en su método de entregar, como dice el narrador de "El caos", "el azar, la intrascendencia, la confusión y la continua disolución de las formas en la nada para dar origen a nuevas formas igualmente destinadas a la disolución". Otros cuentos muy recomendables: "La casa" y "Los donguis" (el favorito de Borges y Bioy Casares, que lo incluyeron en su Antología de la literatura fantástica).

Si Wilcock es carnavalesco, el ethos del uruguayo Juan José Morosoli (1899-1957) es completamente opuesto. La editorial Mardulce ha armado El campo, una antología de su obra que sirve de carta de presentación, pues este escritor no es muy conocido fuera de su país. Quien crea que una narración avanza sobre todo en base a diálogos debe darse una vuelta por este libro. Los personajes de Morosoli n o saben qué decirse cuando se encuentran, y cuando están solos la cosa se complica aun más: "Salía poco Correa. Sentado contra la pared miraba y miraba el campo en un desesperado diálogo con el silencio. Ya no solo se preguntaba cosas a sí mismo. A veces las preguntas se las hacía al campo que lo torturaba con su mutismo, con su presencia quieta y desafiante. O era el propio campo que se dirigía a él..." Son gauchos existencialistas, hastiados de la vida, buscando fugarse de sus responsabilidades.

¿Es Morosoli costumbrista? Pues sí, por su trabajo con la oralidad -los dichos locales, las contracciones, palabras como "pocaprosa"- y también por ciertos textos incluidos en esta selección, que son más retratos de personajes del campo uruguayo que cuentos -"La rezadora", por ejemplo. Pero también es cierto que en sus mejores cuentos trasciende al costumbrismo; la callada angustia que roe a sus personajes va más allá de una especificidad regional. "Andrada", "El campo", "El perro", "Dos viejos" y "El compañero" son los mejores del libro.

Así vamos. A veces las mejores novedades han sido publicadas hace mucho y solo es cuestión de que un buen editor nos las redescubra.

 

(La Tercera, 26 de abril 2015)

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1 de mayo de 2015
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26. Notas sobre la narrativa transmedia

Algunas cosas que se me han ocurrido al hilo de la jornada de ayer en el Seminario de Narrativas Transmediales de la Universidad de Granada (‪#‎TransmediaUGR‬):

1. El proyecto transmedia debe idearse como tal desde el principio, porque el tipo de historia que cuenta es diferente a los convencionales.

2. Un proyecto "devenido" transmedia es tan raro y poco creíble como una crónica "devenida" novela o un artículo de prensa "devenido" poema.

3. Mientras que en la narrativa convencional la complejidad es un factor posible, en la transmedia es un desiderátum, es irrenunciable.

4. Con independencia de su tamaño, el "libro" o "biblia" que resume toda la narrativa del transmedia es el texto más importante del mismo.

5. Transmedia "it's not about the tools, it's about the story" (Simon Sticker).

6. Hay que distinguir los transmedia "povera" o transmedia cartoneros, hechos por un solo autor, de los colectivos y de los industriales.

7. Llamo transmedia povera o artesanal al realizado con los medios al alcance de un escritor normal, sin esmero gráfico ni dominio de la informática.

8. El transmedia es colectivo en la mayoría de los casos debido a su complejidad. Distinguiremos transmedia indie y transmedia mainstream.

9. El transmedia colectivo indie supone un conjunto de creadores independientes trabajando unidos en una narrativa transmedial común.

10. El transmedia mainstream supone un conjunto de personas contratadas por una gran empresa para desarrollar una narrativa transmedial.

11. El transmedia povera es un género literario más. Su efectividad y alcance dependerán del talento del escritor que lo utilice.

12. Utilizar de diferentes modos un soporte no implica transmediación. Contar una historia a través de Twitter y Facebook no es transmedia.

13. Si la transmedialidad supone contar una historia a través de diversos soportes sin repetirla en cada uno, Internet cuenta como un solo soporte.

14. Contar una historia por otro medio no es transmedia, sino remediación; el transmedia es contar una historia a través de distintos medios.

15. El transmedia, como explicaron Campalans, Renó y Gosciola, no es estrategia ni una estructura, sino un lenguaje.

16. La transtextualidad genettiana es útil para explicar las relaciones de complejidad entre partes de un relato o de relatos en un mismo medio.

17. Pero la teoría transmedial de Jenkins es más adecuada para explicar la complejidad del proyecto narrativo global.

18. El relato transmedia, ante la contracción del mercado editorial, será una vía natural de expresión literaria... y de obras no literarias.

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30 de abril de 2015
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