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La muerte del califa

Por 17 de mayo de 2015 Sin comentarios

Lluís Bassets

El anterior califa reconocido, Abdulmecid II, era un destacadísimo pintor y coleccionista de mariposas. El actual, autoproclamado y solo aceptado por las bandas armadas del Estado Islámico, Abu Bakr El Bagdadi, es un asesino terrorista, que pasó por las cárceles iraquíes después de la invasión estadounidense, antes de incorporarse a Al Qaeda y luego a la actual organización que tiene bajo su dirección.
Los califas otomanos no cumplían el requisito esencial y difícil de descender del profeta Mahoma, pero su autoridad religiosa fue reconocida más allá del imperio, aunque no en territorios del islam como Marruecos o la Península Arábiga. Esto hasta 1923, cuando Kemal Atatürk terminó con la vieja institución político-religiosa. El califa terrorista reivindica los títulos genealógicos que le permiten presentarse como sucesor legítimo del profeta aunque sabe que solo los ignorantes tragarán sus fabulaciones y falsas predicaciones piadosas como guía máximo del islam.
Todo es falso en el título del califa del EI, con pretensiones de autoridad religiosa y política sobre toda la comunidad de creyentes, la Umma. Ni es califa, ni es Estado, ni es Islámico. Y a pesar de todo, esta farsa sangrienta tiene una cierta eficacia a la hora de reclutar asesinos y amedrentar y someter a las poblaciones.
Pronto se cumplirá un año de la proclamación del califa en la mezquita de Mosul y estos mismos días las tropas califales están entrando en la ciudad iraquí de Ramadi, en el trascendental triángulo sunní donde se juega la estabilidad y quizás incluso los equilibrios políticos que pueden asegurar la pervivencia de Irak. El Estado Islámico está ahora mismo en un duro mano a mano con la alianza creada por Estados Unidos para liquidarlo.
Este viernes fue abatido su ?ministro de petróleo?, Abu Sayyaf, en una acción fulgurante aerotransportada de los seals estadounidenses en territorio sirio, una auténtica excepción en la política de ataques aéreos que evita poner botas en tierra. El EI también acaba de perder Tikrit, pero está ganando terreno en cambio en el mencionado triángulo sunnita adyacente a Bagdad.
En un año, el EI ha conseguido hacerse con el liderazgo internacional del terrorismo yihadista y situar bajo su autoridad desde las actuaciones de asesinos individuales que actúan aparentemente por su cuenta en Europa o Estados Unidos hasta grupos pre existentes en Asia o Africa, como los violadores y esclavizadores de niñas del nigeriano Boko Haram.
Su especialidad, en la que sobresalen respecto a sus hermanos criminales de Al Qaeda, es convocar a jóvenes desnortados de todo el mundo a una yihad internacionalista en la que les seducen con una orgía de mujeres, aventuras y asesinatos en esta tierra y las 72 huríes reglamentarias en la bien cercana vida futura que a buen seguro obtendrán.
Parece evidente que defenderse del EI significa liquidar los tres ingredientes de la autoridad que pretende detentar. Si se les echa del territorio donde están asentados, se demuestra ante los musulmanes de todo el mundo que son unos asesinos y no unos creyentes y se elimina al califa, la mitad del problema quedará resuelto. Sí, la mitad: hay otra mitad de actuación política en otros niveles mucho más compleja.
Dejemos para otra ocasión la guerra ideológica, que los musulmanes mismos deberán librar y ganar contra quienes quieren convertir su religión en ideología criminal. Para echarles del territorio no bastan probablemente los actuales ataques aéreos, sino que habrá que poner tropas terrestres y no únicamente comandos especiales en actuaciones excepcionales.
Esto es lo que más falta ahora, principalmente en la región fronteriza sirio-iraquí donde se halla asentado y se encuentran sus cuarteles generales y sus jerarcas: en territorio iraquí les combate más mal que bien el ejército iraquí y en territorio sirio se enfrenta con ellos nada menos que el ejército de Bachar el Asad, que también combate a las otras guerrillas no adscritas al EI.
Queda entonces como objetivo estratégico liquidar al califa y a todos sus posible sucesores, tarea a la que Washington dedica esfuerzos aéreos y, sobre todo, los famosos aviones teledirigidos o drones. Y respecto a su desarrollo, las informaciones son muy confusas y basadas todas en fuentes indirectas, debido a la dificultad de contar con testigos fiables de lo que sucede en el convulso y peligroso territorio dominado por el EI.
El califa Al Bagdadi, según algunas fuentes, fue herido gravemente el 18 de marzo en un ataque aéreo cerca de Mosul en Irak. En algún momento se le dio por muerto, aunque otras fuentes aseguran que se halla gravemente herido en la columna vertebral y una pierna. Otros testimonios aseguran que ha sido trasladado de Mosul a Raqqa, en Siria, convertido en un paralítico aunque todavía con capacidad para razonar y dar órdenes.
¿Qué pasa cuando el califa queda incapacitado o muere, aunque sea como es el caso un califa más falso que un duro sevillano? El Consejo Consultivo o Shura del EI ya se ha reunido, siempre según estas fuentes tan volátiles, y ha decidido el nombramiento de un califa adjunto que gobernará en su ausencia o en la medida en que el titular no pueda hacerlo e incluso le sustituirá en el momento en que Al Bagdadi fallezca.
Corren cuatro nombres que tienen un inconveniente mayor: ninguno de ellos se ha fabricado una genealogía acorde con la sucesión familiar del profeta. Hay uno, Abu Alaa al-Afari, que tiene además dos inconvenientes: es turkmeno y no árabe, condición imprescindible también para ser califa; y un segundo inconveniente, aun sin confirmar, que puede ser mayor: el ministerio de Defensa de Irak asegura que está muerto, liquidado por su merecido dron.
Todas estas conjeturas han quedado en cuarentena con la última hazaña del califa Al Bagdadi: el pasado 14 de mayo, el EI ha dado a conocer la grabación de una larga prédica del siniestro personaje, titulada ?Hacia delante, tanto si es fácil como si es difícil?, llena de referencias y citas coránicas y dedicada, fundamentalmente, a animar a los yihadistas de todo el mundo para que se alisten en el EI.
Si el discurso confirma que Al Bagdadi está con vida, la inexistencia de imágenes permite pensar que efectivamente se halla impedido y no puede subirse al púlpito de una mezquita para fabricar una de las piadosas imágenes que estimulan la imaginación legendaria de los yihadistas. Los comentarios que incluye sobre Arabia Saudí o los musulmanes de Birmania, los Rohinga, permite deducir además que se trata de una grabación reciente.
La sucesión del califa ha sido históricamente una fuente de problemas e incluso de divisiones sectarias y guerras civiles dentro del islam. Si así sucedió con los primeros y auténticos califas, ¿qué no sucederá con este último, falso y mentiroso, que pretende jugar con la credulidad de los jóvenes musulmanes para enrolarlos en una aventura genocida?
Matar al califa y a todos sus hipotéticos sucesores es un objetivo militar de primer orden para quienes combaten al EI, no solo para descabezar la dirección militar de sus tropas sino para liquidar el símbolo del que se han apropiado los terroristas y con el que pretenden dirigirse a los 1.600 millones de musulmanes que hay en el mundo.

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Lluís Bassets

Lluís Bassets (Barcelona 1950) es periodista y ha ejercido la mayor parte de su vida profesional en el diario El País. Trabajó también en periódicos barceloneses, como Tele/eXpres y Diario de Barcelona, y en el semanario en lengua catalana El Món, que fundó y dirigió. Ha sido corresponsal en París y Bruselas y director de la edición catalana de El País. Actualmente es director adjunto al cargo de las páginas de Opinión de la misma publicación. Escribe una columna semanal en las páginas de Internacional y diariamente en el blog que mantiene abierto en el portal digital elpais.com.  

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