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Siete demonios insomnes (y otras tantas coartadas para perder el sueño)

Por 4 de marzo de 2008 Sin comentarios

Xavier Velasco

1. La nada. Cuando la gente lo manda a uno lejos -el carajo, la mierda, la chingada, destinos en teoría muy distantes- lo que intenta es enviarle a la nada. El vacío absoluto, la pesadilla madre. "Imaginar la nada, o creer que se gobierna la nada, es una de las formas, acaso la más segura, de volverse loco", escribió Carlos Fuentes en torno a la más hueca de las vigilias. Dada la proverbial vacuidad de su existencia, en la nada las horas transcurren como días, los minutos como horas, la noche como un lustro de zozobras sin nombre y ni siquiera sombra. Recuperar el sueño en tan comprometidas circunstancias es arriesgarse a soñar con la nada. Quedar a su merced. No regresar.

2. El dolor. Algunos dividimos a las personas en dos: los que han sufrido un verdadero dolor de muelas y los que aún están por sufrirlo. No parece haber noche más extensa que la de quien padece un martirio así. Se blasfema y se reza al mismo tiempo, se piensa en la farmacia como en un oasis y en la anestesia como un dulce beso, se cuentan los minutos y segundos que faltan para tomar el próximo analgésico. Se entiende cabalmente por qué los muertos descansan en paz, y eventualmente se les envidia.

3. El miedo. Tal vez lo único bueno de sentirlo es que pronto se entiende lo que cuesta cargarlo. Miedo al hoy, al mañana, al anteayer: ninguno suele resistir de pie la artillería tenaz del Valium 5. Contra lo que sospechan quienes lo padecen, el miedo es tan cobarde como su nombre, por eso nos agarra a solas y a oscuras, cuando menos podemos defendernos. Es natural que el miedo sienta miedo: sabe que la osadía come de su carne.

4. La nostalgia. Su sola intervención, acompañada por toda suerte de efectos especiales, puede hacer de un insomnio un largometraje. Parece un desperdicio tener que dormitar cuando un recuerdo vívido viene como un demonio a sobornarnos. "La nostalgia es un animal estéril", me dijo no hace mucho Jaime López. Pensándolo de nuevo, tal vez sea esa la razón más juiciosa para perder el sueño a su lado.

5. La ficción. Ya sea porque gusta uno de imaginar a solas realidades paralelas y alimentar futuros y pasados posibles, o porque lo hace en compañía de un libro o una pantalla, el solo gesto de desdeñar al sueño por fugarse hacia alguna ficción tiene ya un suculento gusto de trapacería, desde los días en que tus padres te acostaban temprano a la fuerza y tú te desquitabas persiguiendo al insomnio redentor. Engañar a la noche y a la realidad: rebelión duplicada.

6. La ambición. Es un insomnio oscuro que se cree luminoso, pero es cierto que pasa con cierta rapidez. Nada hay más dulce para el ambicioso que el placer de hacer cuentas alegres. La noche avanza entonces propulsada por el motor de la obsesión numérica, y al cabo queda la impresión de que faltaron horas para llevar los cálculos a buen puerto. Esta clase de insomnio, bien administrado, produce entre los ávidos un descanso profundo, equivalente a varias horas de sueño.

7. El amor. La manera más idiota de perder el sueño es también la mejor, y de paso la menos juiciosa. Todo se escribió ya sobre el extraño tema, y sin embargo nada queda escrito. Uno, al fin, pensará lo que quiera, luego de navegar por la nada, el dolor, el miedo, la nostalgia, la ficción, la ambición y todos los demás causales de insomnio que se asocian al menos explicable y más obedecido de los sentimientos. En el amor se pierde el sueño cuesta abajo pero bocarriba, mirando a las estrellas y las nubes en un pasmo con pinta catatónica. "No existen precipicios en el vértigo del amor", informa la canción, y remata: "Sólo descubre eso quien se lanzó".

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Xavier Velasco

Xavier Velasco entiende la novela como un juego inocente llevado por placer hasta sus más atroces consecuencias. Sintomáticamente, dedica las mañanas a meterse en problemas por escrito y las tardes a intentar resolverlos brujuleando entre calles y avenidas de la siempre auspiciosa ciudad de México. Disfruta especialmente de la amistad perruna, el olor de la tinta y el alquiler de scooters en ciudades psicóticas. Obtuvo en 2003 el Premio Alfaguara de Novela por Diablo Guardián y es autor de Cecilia (novela), Luna llena en las rocas (crónicas de antronautas y licántropos, Alfaguara, 2005), El materialismo histérico (fábulas cutrefactas de avidez y revancha, Alfaguara, 2004) y la novela de infancia Este que ves (Alfaguara, 2007). En su blog literario La leonina faena (www.xaviervelasco.com) afirma: "Nadie puede decir que una novela es suya si antes no se le ha dado por entero".

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