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De tímido a taimado / III

Por 28 de octubre de 2008 Sin comentarios

Xavier Velasco

III / El consejo de Collins.

Todo el mundo tiene algo que contar sobre el tema punzante de la timidez. Incluso los más cínicos se jactan de sufrirla y la usan por coartada para escapar a alguna responsabilidad. Se supone que quien se dice tímido lo hace ya con trabajos; asumimos de pronto que hay un mérito en ello, aun sabiendo que es una salida fácil. ¿Quién, que suplique auxilio, espera que la cosa se ponga aún más difícil? Para el genuino tímido, no obstante, nada es tan engorroso como el amable asedio del buen samaritano que se empeña en volverle el alma de la fiesta. Si confesó que es tímido, fue para ver si así lo dejaban en paz. No quiere ayuda externa, sabe su cuento. ¿Serían tan gentiles de largarse y dejar de joderlo a tiempo para evitar que una inocua introversión se transforme en nociva misantropía?

     Quienes alguna vez fungimos como críticos de fiesta -esos tiesos alertas y sardónicos que se alimentan del ridículo ajeno e irremediablemente duermen solos- sabemos lo apestosa que es la vida cuando el ingenio se usa para ocultar el miedo y eludir la aventura. Librarse de apostar, sacar el cuerpo al riesgo, es un camino ingenuo para evitar perder, pues en tal caso se derrocha el tiempo, que es la única cierta de las riquezas. En mis tiempos de crítico de fiesta, fugaces por fortuna, conservé la amistad de un solo aliado, por cuya intervención aprendí aún a tiempo que el temor al ridículo es transparente, por eso siempre llama al diablo que más teme. Un aliado, por cierto, olvidadizo pero inagotable, capaz de convencer a sus amigos de afirmarse a sí mismos no pese al qué dirán, sino prácticamente a sus costillas. Llamémoslo Tom Collins.

     En la carrera contra la introversión, el paso por la barra equivale a la parada en los pits. Carga uno el combustible apenas necesario para no ir por la pista como un plomo. Se persigue no el peso, sino la liviandad. Se intenta proferir la suficiente cantidad de idioteces para ganarse el odio de un crítico de fiesta. Cuando uno dice "hoy sí voy a ponerme bien idiota" no es porque se proponga cometer errores, pero en algunos casos, especialmente aquellos empantanados en territorio romántico, la inteligencia se vuelve una imbécil y es preciso ponerse en manos del instinto. Sería ocioso, amén de bochornoso, relatar los extremos a los que llega un tímido retirante que parrandea con el amigo Collins, a lo largo de cuatro meses de recorrer los bares con el fervor de un lobo hambriento de quimera. Básteme con decir que milagrosamente logramos eludir la visita obligada a cárceles y clínicas. Se trataba de entrar en sociedad, no de volver a marginarse de ella.

     No ayuda mucho el vicio de escribir para quien se ha propuesto conquistar a la noche y sus libélulas -habla uno demasiado para su conveniencia, para colmo de asuntos que a semejantes horas juzga serios-, aunque sí la manía de inventarse una historia y lanzarse a vivirla con total desenfreno. ¿Todo por cortesía de Mister Collins? Pasadas tantas noches en la farra de marras, noté que aquella máscara de ginebra me había dejado la cara bien dura. En términos concretos, me valía todo madres. O tal vez fuera así desde siempre, pero difícilmente esas facciones parecerían las mismas una vez que su gesto había cambiado el qué dirán por el que se jodan. No podía seguir dependiendo de Tom; tenía que intentarlo solo y en sobriedad.

     Frank Sinatra solía cantar acompañado por un cómplice de Tenessee, conocido mejor como Jack Daniel. De esa forma alcanzaba un ambiente de intimidad escénica que medio litro de agua tal vez no habría provisto. ¿Quién, sin embargo, no sería un perpetuo sonrojado sólo de ir por el mundo debiendo dar la cara por Sinatra Himself? Nada más de pensarlo me da la tentación de encomendarme a Remy Martin. Pero es tarde para eso. Desafiar a la introversión implica intensidades que superan con creces a una noche de excesos. Me lo dijo Tom Collins, en un momento de extrema franqueza. Resaca, que le llaman. De manera que gracias, señora Romero. Es usted muy amable, señora Clicquot. Con su permiso, pues. Denme una Coca-Cola a cambio de esta máscara.

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Xavier Velasco

Xavier Velasco entiende la novela como un juego inocente llevado por placer hasta sus más atroces consecuencias. Sintomáticamente, dedica las mañanas a meterse en problemas por escrito y las tardes a intentar resolverlos brujuleando entre calles y avenidas de la siempre auspiciosa ciudad de México. Disfruta especialmente de la amistad perruna, el olor de la tinta y el alquiler de scooters en ciudades psicóticas. Obtuvo en 2003 el Premio Alfaguara de Novela por Diablo Guardián y es autor de Cecilia (novela), Luna llena en las rocas (crónicas de antronautas y licántropos, Alfaguara, 2005), El materialismo histérico (fábulas cutrefactas de avidez y revancha, Alfaguara, 2004) y la novela de infancia Este que ves (Alfaguara, 2007). En su blog literario La leonina faena (www.xaviervelasco.com) afirma: "Nadie puede decir que una novela es suya si antes no se le ha dado por entero".

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