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Cita en el fin del mundo

Por 7 de enero de 2008 Sin comentarios

Xavier Velasco

Hasta esa noche había leído el libro seis veces, pero algo me faltaba. Desde hacía varios años, albergaba un proyecto descabellado que no obstante consideraba compromiso ineludible conmigo mismo. Había decidido, por ahí de la tercera lectura, que algún día iba a visitar los escenarios de la novela. Es decir, el sertón bahiano brasileño, donde transcurre La guerra del fin del mundo. Con los años, la idea fue tomando forma, que no formalidad, de manera que no sabía cómo ni cuándo, pero concretamente deseaba recorrer la ruta de la tercera expedición del Ejército Republicano a Canudos, comandada por el coronel Moreira César: un personaje grave y austero, jacobino fanático, místico del progreso y militar implacable, apodado Cortapescuezos en la novela.

     Era noviembre de 2005, al inicio de la FIL de Guadalajara, estábamos en una cena informal de autores y editores. Tres horas antes, todavía en el aeropuerto de la ciudad de México, había hecho una cita romántica para principios de enero siguiente, en mitad de la Amazonia brasileña. Una promesa tan intempestiva como irreversible, que cerca de las diez de la noche aún me tenía presa de una suerte de estado de flotación mental. No iría hasta Manaos, pero ya entre Belem y Macapá encontraría escenarios afines a los del Fitzcarraldo de Herzog, otra historia que he frecuentado con golosa recurrencia. Andaba en ésas cuando llegó a la cena Mario Vargas Llosa.

     Si es que así me interesa, puedo ser tan supersticioso como el fanático Antonio Conselheiro. ¿Qué otra cosa podía significar en ese momento la súbita presencia del autor de La guerra del fin del mundo, sino la puntualísima oportunidad de preguntarle cómo podía hacer para ir a Canudos? No habían pasado diez minutos de cena cuando ya lo tenía contándome cómo había llegado él al sertón bahiano, todavía en los años setenta. No estaba propiamente cerca de Salvador de Bahía, pero tampoco era difícil llegar. Una vez ahí, valía la pena conseguirme un guía. ¿Pensaba irme directamente? No. Quería subir por Queimadas hacia Monte Santo, y de ahí a Cumbe en dirección a Canudos, justamente la ruta de Moreira César. Conocía algunos mapas, si bien ninguno de carreteras. Una vez más pensaba vertiginosamente, y acaso lo que más me emocionaba era ver en la simpatía del autor por mis planes un nuevo compromiso contraído: si cualquier día lo veía de nuevo y a él se le ocurría preguntarme por el viaje a Canudos, ¿con qué cara le iba a decir que reculé?

     La mañana siguiente, me encerré varias horas en el business center del hotel. Imprimí información, fotos y mapas, así como lo referente a hoteles, aviones y coches de alquiler. Podía volar de Belem a Salvador con escala en Brasilia, y de ahí a la aventura. Dos días más tarde, ya tenía itinerario y reservaciones. Si todo salía bien, estaría aterrizando en Salvador de Bahía la noche del diez de enero, luego de una semana al lado de la selva.

     Vi por última vez a Mario Vargas Llosa poco después de su actuación al lado de Aitana Sánchez-Gijón en La verdad de las mentiras. Seguía emocionado como un actor adolescente, entusiasmaba verlo exultante luego de haber tirado los dados sobre el escenario y ser ovacionado por seguidores y escépticos. Cuando se despidió, alguien dentro de mí consiguió divertirse dibujando una escena donde el autor acude a la estación a desear suerte al lector que parte tras el rastro de su novela. O mejor: tras la huella filosa del Cortapescuezos.

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Xavier Velasco

Xavier Velasco entiende la novela como un juego inocente llevado por placer hasta sus más atroces consecuencias. Sintomáticamente, dedica las mañanas a meterse en problemas por escrito y las tardes a intentar resolverlos brujuleando entre calles y avenidas de la siempre auspiciosa ciudad de México. Disfruta especialmente de la amistad perruna, el olor de la tinta y el alquiler de scooters en ciudades psicóticas. Obtuvo en 2003 el Premio Alfaguara de Novela por Diablo Guardián y es autor de Cecilia (novela), Luna llena en las rocas (crónicas de antronautas y licántropos, Alfaguara, 2005), El materialismo histérico (fábulas cutrefactas de avidez y revancha, Alfaguara, 2004) y la novela de infancia Este que ves (Alfaguara, 2007). En su blog literario La leonina faena (www.xaviervelasco.com) afirma: "Nadie puede decir que una novela es suya si antes no se le ha dado por entero".

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