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«Un bal masqué» o «Las edades de la vida»

Por 11 de septiembre de 2008 diciembre 23rd, 2020 Sin comentarios

Víctor Gómez Pin

Muchas son las veces que he evocado y trascrito aquí páginas de la Recherhe de Marcel Proust, en algunas de las cuales he intentado encontrar el embrión de una suerte de ética. Como no debo dar por supuesto que todo el mundo ha leído este libro, auténticamente de culto, voy a hacer una corta presentación, seguida de una traducción en castellano de algunos de los párrafos más tremendos.

El primer acto de la Recherche tiene como escenario la localidad ficticia de Combray en las orillas del río Loira y los paseos del Narrador en los aledaños, hasta las postrimerías de la casa de Swann, personaje emblemático de la obra. Pero en la Recherche hay un episodio cronológicamente ulterior que posee sin embargo anterioridad lógica, constituyendo el auténtico prólogo de una hipotética puesta en escena visual. El primer cuadro de este prólogo nos presenta al narrador descendiendo las escaleras que desde la biblioteca desembocan en el salón de un palacete parisino en el que su propietario, el Príncipe de Guermantes, recibe a sus invitados. El conjunto de estos constituye el núcleo protagonista del gran relato que, junto a Combray, tiene entre los múltiples horizontes la localidad atlántica de Balbec o Venecia, pero también ese París donde la fiesta fundamental transcurre.

Es necesario avanzar algo sobre el estado de ánimo del Narrador en el momento que nos ocupa. El caso es que momentos antes había vivido una singular peripecia que se halla en el origen de la gestación de la Recherche, y que parecía llamada a determinar el contenido de la obra. Pues resulta que, por entrar distraídamente en el patio del palacete, no se había percibido de la presencia de un coche que se le echaba encima. Intentando evitar el atropello, el Narrador posa el pie sobre un adoquín desnivelado con respecto a su contiguo y, prodi­giosamente, el Narrador reconoce inmediatamente un singular tipo de vivencia psicológica, en todo punto análoga a la afección que, años atrás, le había producido la degustación de una magdalena mojada en té. De inmediato se descubre una primera modalidad de razón común entre ambos episodios, a saber, una nota de repetición: reminiscencia (anamnesis) de una peripecia de su infancia en Combray en el primer caso, reminiscencia de una impresión ligada al baptisterio de San Marco en el segundo. Obviamente he de volver más adelante sobre estos episodios tan vinculados (el primero de ellos sobre todo) a la imagen digamos popularizada de Marcel Proust. Baste por el momento señalar que este episodio genera en el Narrador un poderoso sentimiento de su destino literario y del cual habría de ser el contenido de la obra a realizar. Este sentimiento queda reforzado por la evocación de precedentes de escritores (Gerard de Nerval, Chateaubriand, Baudelaire) en los que también tendrían enorme peso vivencias análogas a la suya propia:

"Iba a intentar acordarme de las piezas de Beaudelaire en base a las cuales hay también una sensación trasportada, para acabar de inscribirme en una filiación tan noble, y obtener la seguridad de que la obra que ya no tenía duda de que emprendería merecía el esfuerzo que iba a consagrarle." (920 En adelante la numeración remite a la edición francesa de la Pléiade. Salvo que esté explicito se trata del tercer tomo.)

Y, sin embargo, algo provocará un radical viraje en el proyecto, viraje que convertirá a la Recherche en una obra descriptiva, fenomenológi­ca o literaria, lo cual no significa que, de mantenerse el impulso originario, el resultado hubiera sido una reflexión filosófica sobre la temporalidad y la per­cepción (de hecho, una de las riquezas del libro es que este aspecto reflexivo no está excluido -ocupa decenas de páginas-, sino integrado en la narración como una suerte de contrapunto del pathos propio del arte). Lo que hubiera significado la fidelidad del Narrador al proyecto originario es algo que intentaré aventurar algo más adelante, avanzando desde ahora que en lugar de una narración hubiéramos tenido quizás un largo poemario, privado de anclaje representativo.

En cualquier caso, ese cambio respecto a los contenidos de la tarea a efectuar precisamente cuanto más convencido está el Narrador de su misión, es consecuencia del estupor provocado por la visión del espectáculo que ofrecía el salón de los Guermantes. Pues resulta que las personas allí reunidas han sufrido una radical modificación, hasta el extremo de que el Narrador tiene la impresión de que la anunciada matinée constituía en realidad un baile de disfraces, carácter éste del que por error no se le ha­bía informado. Sorprendentemente, sin embargo, a nadie parece chocar lo habitual de su propia vestimenta, y ello le hace sos­pechar que, inadvertidamente, él también se ha disfrazado:

"…al llegar a la base de la escalera que descendía de la biblioteca, me encontré de repente en el gran salón y en medio de una fiesta que iba a parecerme bien diferente de aquellas a las que había asistido en otros tiempos, e iba a revestir para mí un aspecto particular y tomar un sentido nuevo. En efecto, desde que entré en el gran salón, aunque siguiera manteniendo firmemente y sin alteraciones el proyecto que acababa de realizar, se produjo un efecto escénico que conllevaba la más grave objeción que pudiera hacerse a mi proyectada empresa. Objeción que, sin duda, lograría superar, pero que, mientras continuaba reflexionando interiormente sobre las condiciones de la obra de arte, iba, por el ejemplo cien veces repetido de la consideración mayormente susceptible de hacerme vacilar, a interrumpir en todo momento mi razonamiento.

"De entrada no entendía porque me costaba reconocer al señor de la casa o a los invitados, y porque todo el mundo parecía haberse ‘arreglado el rostro’, por lo general empolvándolo, de una forma que los cambiaba totalmente. El príncipe de Guermantes, en los saludos de recepción, mantenía ese aire campechano de un rey de cuento de hadas que había apercibido en él la primera vez, pero en esta ocasión, pareciendo someterse él mismo a la etiqueta que hubiera impuesto a sus invitados, se había adornado con una barba blanca (sus bigotes también eran blancos, como si hubiera permanecido en ellos el hielo del bosque de Pulgarcito; parecía que ahora molestaran en aquella boca rígida, y una vez obtenido el efecto teatral deseado hubiera debido quitárselos. *El paréntesis es una nota adjunta*) y arrastrando a sus pies, lastrados por ellas, como unas suelas de plomo, parecía que representaba el papel de una de las ‘Edades de la Vida’. A decir verdad sólo lo reconocí mediante la ayuda de un razonamiento y concluyendo a la identidad de la persona a partir de la similitud de ciertos rasgos. En cuanto al bueno de Fezenac, no se lo que se había puesto en la cara, pero mientras que otros se habían limitado a blanquear o bien la mitad de la barba, o bien tan sólo los bigotes, él, indiferente a estos matices de tinte, había encontrado el modo de cubrir su piel de arrugas, sus cejas de pelos erizados; el artificio sin embargo no parecía convenirle, su rostro parecía haberse endurecido, bronceado, mostrándose más solemne, y todo ello le envejecía de tal modo que ya en absoluto cabría referirse a él como a un joven. Mayor fue aun mi extrañeza cuando oí que trataban como duque de Chatellerault a un viejecito con bigotes plateados de embajador, en quien sólo un atisbo de la mirada me permitió reconocer al joven que había encontrado una vez en que visitaba a Madame Villeparisis. Ante la primera persona que había logrado identificar, intentando hacer abstracción del disfraz y completando los rasgos que permanecían naturales mediante un esfuerzo memorístico, mi primer pensamiento hubiera debido ser, y lo fue quizás una fracción de segundo, el de felicitarla por haberse tan maravillosamente cubierto de muecas, de tal forma que, antes de reconocerla, se tenía la sensación que los grandes actores, al mostrarse en un papel que les hace diferentes de si mismos, producen en el publico que, aunque ya prevenido por el programa, permanece un instante estupefacto, antes de estallar en aplausos.

"Pero, desde este punto de vista, el más extraordinario de todos era mi personal enemigo Monsieur d’Argencourt, el verdadero descubrimiento de la matinée. No sólo, en lugar de su barba apenas adornada, se había recubierto de una extraordinaria barba de una blancura inverosímil, sino que (hasta tal punto pequeños cambios materiales pueden rebajar o agrandar un personaje, y más aún cambiar su carácter aparente, su personalidad) sólo un viejo mendigo que no inspiraba respeto alguno era ahora este hombre, cuya solemnidad y rigidez impostada estaban aun presentes en mis recuerdos, lo que confería a su personaje de viejo gagá una verdad tal que los rasgos flácidos de su imagen, generalmente altiva, no cesaban de sonreír con una estúpida beatitud. Llevado a este extremo, el arte del travestimento se convierte en algo más, en una completa transformación de la personalidad. En efecto, detalles menores me daban testimonio de que era efectivamente Argencourt quien estaba dando este espectáculo inenarrable y pintoresco, y sin embargo ¡cuántos estados sucesivos de un rostro sería necesario atravesar si quería reencontrar el del Argencourt que yo había conocido y que era tan diferente de sí mismo, aunque no tuviera a su disposición más que su propio cuerpo! Era sin duda el punto más extremo al que este cuerpo podía conducirle sin por ello reventar; el rostro más orgulloso, el torso más desafiante, eran ahora tan sólo un harapo grasiento que el viento desplazaba de aquí y de allí…" (920-923.)

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Víctor Gómez Pin

Victor Gómez Pin se trasladó muy joven a París, iniciando en la Sorbona  estudios de Filosofía hasta el grado de  Doctor de Estado, con una tesis sobre el orden aristotélico.  Tras años de docencia en la universidad  de Dijon,  la Universidad del País Vasco (UPV- EHU) le  confió la cátedra de Filosofía.  Desde 1993 es Catedrático de la Universitat Autònoma de Barcelona (UAB), actualmente con estatuto de Emérito. Autor de más de treinta  libros y multiplicidad de artículos, intenta desde hace largos años replantear los viejos problemas ontológicos de los pensadores griegos a la luz del pensamiento actual, interrogándose en concreto  sobre las implicaciones que para el concepto heredado de naturaleza tienen ciertas disciplinas científicas contemporáneas. Esta preocupación le llevó a promover la creación del International Ontology Congress, en cuyo comité científico figuran, junto a filósofos, eminentes científicos y cuyas ediciones bienales han venido realizándose, desde hace un cuarto de siglo, bajo el Patrocinio de la UNESCO. Ha sido Visiting Professor, investigador  y conferenciante en diferentes universidades, entre otras la Venice International University, la Universidad Federal de Rio de Janeiro, la ENS de París, la Université Paris-Diderot, el Queen's College de la CUNY o la Universidad de Santiago. Ha recibido los premios Anagrama y Espasa de Ensayo  y  en 2009 el "Premio Internazionale Per Venezia" del Istituto Veneto di Scienze, Lettere ed Arti. Es miembro numerario de Jakiunde (Academia  de  las Ciencias, de las Artes y de las Letras). En junio de 2015 fue investido Doctor Honoris Causa por la Universidad del País Vasco.

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