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Sigfrido como ismo

Por 21 de mayo de 2012 diciembre 23rd, 2020 Sin comentarios

Vicente Molina Foix

Sigfrido Martín Begué era tan artístico en sí mismo que a veces se corría el riesgo de dar por descontado su arte. Pasará el tiempo, sin embargo, pasarán las modas, se acartonará la carne de ciertos ídolos momentáneos, y allí seguirá él intacto. El gran pintor de un mundo que comprende tanto el santoral como la demonología. El ilustrador ocurrente de textos que saltaban, gracias a su dibujo, de la página impresa. El inventor de joyas que nos hemos puesto y que, contra todo pronóstico, hicieron hasta a los del montón hermosos y deseables. El diseñador de muebles que nos han sostenido en su aparentemente imposible geometría y su colorido, que más que pintado parecía confitado. El creador de escenografías de fondo inabarcable y de vestidos que los cantantes y los bailarines querían ponerse también al salir a la calle, después de la función, para alegrar los ojos de la caterva que no va al teatro.

      Pero hablemos también un poco de la persona privada, si es que Sigfrido no fue, por su opulenta entrega a los demás, enteramente público. Público de sí mismo, pues siendo una de las personas con más refinado instinto histriónico, uno tenía a menudo, al estar con él, la sensación de que el espectáculo ‘martínbeguesco’ iba en primera instancia dirigido al espectador de la fila cero que llevaba su propio nombre. Público y privado, secreto y expansivo, derrochador de palabras y muy celoso en sus quehaceres. Son sólo algunas de las paradojas de nuestro amigo.

      La obra de arte total empezaba en él por la punta de los pies, sólidamente enfundados en zapatos de buena piel que, dado el atropello con el que pasó por el mundo, también pudieran haberle servido como botas de siete leguas. Dentro de ese calzado de exquisita factura estaba el calcetín, una prenda que la mayoría de los hombres juzga perfunctoriamente funcional y para Sigfrido, por el contrario, tenía un contenido muy superior al que permite la podología. En sus calcetines de color vivo y estampación abstracta había una toma de postura ajena a la veleidad llamativa del ‘dandy’. Con sus calcetines, Sigfrido enunciaba una estética que también le define como artista: lo que no se ve está ahí, y no hay ninguna obra de arte, como ninguna vida, que no dependa del rico acopio de los complementos. La zumba implícita en sus alegorías más serias era así tan importante como la pincelada o la viveza cromática del cuadro, del mismo modo que el vestuario, subiendo ahora ya por el resto del cuerpo ‘sigfridiano’, alcanzaba un apogeo trascendental en su legión de corbatas, a veces aquejada de bajas y siempre renovada con especimenes aún más aguerridos y vistosos.

    Sigfrido disfrutaba del ocio como pocos seres humanos que yo haya conocido, pero lo hacía, con suprema elegancia, después de haberse dejado la piel en el trabajo. La muerte nos ha privado del amplio campo de su madurez artística, y a mí me quita las ganas de confeccionar a solas el proyecto que teníamos ‘in mente’ desde hace años: un libro con el ‘table-talk’ de las ocurrencias ajenas y propias, entre las que muchas de sus improvisadas ingeniosidades habrían sido las mejores.

     Nos queda, además del recuerdo y la obra, su ‘ismo’, que podría añadirse sin desdoro a los que Ramón Gómez de la Serna intercaló unipersonalmente entre los ‘ismos’ de la vanguardia: ‘Daliísmo’, ‘Picassismo’, ‘Apollinerismo’, ‘Ducassismo’, ‘Riverismo’, ‘Lipchitzmo’, ‘Archipenkismo’, y otros más recónditos.

    Sigfrido no tendrá probablemente imitadores, pues sin él presente la escuela o el taller carecerían de toda gracia. Presiento sin embargo que el futuro le será acogedor, y entonces hablaremos, nosotros o los que nos sigan en el descubrimiento, de esa página única de la historia del arte español llamada el ‘Sigfridismo’.

 

[Texto escrito como pórtico a la edición de una carpeta de grabados en homenaje al artista]
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Vicente Molina Foix

 Vicente Molina Foix nació en Elche y estudió Filosofía en Madrid. Residió ocho años en Inglaterra, donde se graduó en Historia del Arte por la Universidad de Londres y fue tres años profesor de literatura española en la de Oxford. Autor dramático, crítico y director de cine (su primera película Sagitario se estrenó en 2001, la segunda, El dios de madera, en el verano de 2010), su labor literaria se ha desarrollado principalmente -desde su inclusión en la histórica antología de Castellet Nueve novísimos poetas españoles- en el campo de la novela. Sus principales publicaciones narrativas son: Museo provincial de los horrores, Busto (Premio Barral 1973), La comunión de los atletas, Los padres viudos (Premio Azorín 1983), La Quincena Soviética (Premio Herralde 1988), La misa de Baroja, La mujer sin cabeza, El vampiro de la calle Méjico (Premio Alfonso García Ramos 2002) y El abrecartas (Premio Salambó y Premio Nacional de Literatura [Narrativa], 2007);. en  2009 publica una colección de relatos, Con tal de no morir (Anagrama), El hombre que vendió su propia cama (Anagrama, 2011) y en 2014, junto a Luis Cremades, El invitado amargo (Anagrama), Enemigos de los real (Galaxia Gutenberg, 2016), El joven sin alma. Novela romántica (Anagrama, 2017), Kubrick en casa (Anagrama, 2019). Su más reciente libro es Las hermanas Gourmet (Anagrama 2021) . La Fundación José Manuel Lara ha publicado en 2013 su obra poética completa, que va desde 1967 a 2012, La musa furtiva.  Cabe también destacar muy especialmente sus espléndidas traducciones de las piezas de Shakespeare Hamlet, El rey Lear y El mercader de Venecia; sus dos volúmenes memorialísticos El novio del cine y El cine de las sábanas húmedas, sus reseñas de películas reunidas en El cine estilográfico y su ensayo-antología Tintoretto y los escritores (Círculo de Lectores/Galaxia Gutenberg). Foto: Asís G. Ayerbe

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