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La película de Gil de Biedma

Por 28 de enero de 2010 diciembre 23rd, 2020 Sin comentarios

Vicente Molina Foix

En octubre de 1963, cuando aún no había cumplido los 34 años, Jaime Gil de Biedma le escribió una carta a su amigo el poeta y traductor Juan Ferraté que, después de unas desabridas reflexiones sobre el presente español y "el sofocante sistema de inhibiciones morales que durante todos estos años uno ha tenido que utilizar para todo lo que no fuesen las relaciones con nuestros amigos personales", concluye con un lamento aún más amargo: "Uno se pregunta quiénes vamos a quedar aquí. Si esto dura diez años más, a los cuarenta voy a ser un asco de persona".

     Gil de Biedma sobrevivió airosamente a esa premonición y a algo más drástico, la propia muerte en vida, fantaseada por él con grave inteligencia y sarcasmo en uno de sus últimos poemas, ‘Después de la muerte de Jaime Gil de Biedma’, publicado por vez primera veintidós años antes del fallecimiento ‘real’ del poeta en enero de 1990. Coincidiendo por tanto con el vigésimo aniversario de su muerte se ha estrenado la para mí fascinante película de su vida, ‘El cónsul de Sodoma’, un título brillante y muy idóneo que de manera absurda está siendo criticado cuando se trata del que el propio Jaime puso a una antología de entrevistas con escritores gay que, traducida del inglés, fue editada en España. Jaime iba poco al cine, y compartía con otros grandes de su generación (Barral, Benet, García Hortelano) una visión despectiva o, como mucho, condescendiente de eso que los escritores-cinéfilos más jóvenes que ellos nos empeñábamos en calificar de séptimo arte.

    ¿Habría Gil de Biedma aprobado la imagen físicamente mejorada de sí mismo que en el film de Sigfrid Monleón ofrece, también con muchos rasgos de hondura, Jordi Mollà? ¿Son los actores que interpretan, todos en mi opinión muy bien, a los distintos amantes y ‘ligues’ ocasionales del poeta lo guapos que él los buscaba en la realidad? Ni esas ni otras preguntas tendrán nunca contestación, pero sí sabemos que algunos de los pocos coetáneos cercanos a él que le sobreviven han puesto el grito en el cielo, y Juan Marsé con más voz que nadie. Como amigo muchísimo menos íntimo y frecuente de Jaime de lo que lo fueron Marsé, Colita, Jaime Salinas, Carmen Balcells o Salvador Clotas, no puedo, evidentemente, discutir el fundamento de su irritación o su desdén (la gran fotógrafa Colita, por ejemplo, ha dicho que no la piensa ver, y en su caso lo entiendo, pues su personaje queda en la estratosfera, como también resultan marcianos los innominados Novísimos pululantes y, en brevísima aparición en el Bocaccio de Barcelona, un joven Enrique Vila Matas).

       Ahora bien, como espectador de la película, como testigo parcial pero memorioso de una época y unos lugares y como lector, interlocutor y amigo de Gil de Biedma y otros personajes reales reflejados en la pantalla, discrepo radicalmente de los que repudian ‘El cónsul de Sodoma’, que me parece una obra arriesgada y en general lograda, de un excelente empaque visual (incluso en las secuencias filipinas, llenas de atmósfera, no toda sórdida), y con numerosas escenas que interesan, divierten y emocionan, entre las que hay, efectivamente, muchas de sexo explícito, de inmediato condenadas por la iglesia, y en este caso, por desgracia, no sólo la católica, apostólica y romana. ¿Se habrían hecho en la prensa (no hablo ahora de los púlpitos) los mismos reproches que se le hacen a Monleón si la biografía fílmica fuese la de un escritor putero heterosexual (de los incontables que ha habido) y los desnudos correspondieran sólo a muchachas de la mala vida en toda su exuberancia carnal? La homosexualidad está por supuesto -excepto en la Plaza de Colón de Madrid sábado sí sábado no- aceptada en España, pero no hay que pasarse, señores; una cosa es ser maricón y otra distinta mostrarse y ser mostrado como tal en el apogeo de una sexualidad que fue, y resulta por lo visto necesario recordarlo aquí, crucial en la vida y en la imaginación poética de Gil de Biedma.  

   ¿Ha cambiado "la cara de pedrada del español sempiterno" que un Gil de Biedma algo más optimista en 1965 le decía a Ferraté que "empieza poco a poco a suavizarse"? Yo diría que no, a tenor del sentimiento agraviado y el malestar incómodo que produce esta película descarnada y veraz en tantos puntos, incluido el de la ficción, al que se debe, pues no se trata de un documental ni de una disertación erudita. Junto al poeta y al ciudadano políticamente comprometido en un país en evolución (y ésta es quizá la parte más borrosa del guión), en ‘El cónsul de Sodoma’ brilla el hombre sensual, cosa que no habría, me parece, molestado a quien, en ese mismo carteo con Ferraté (una obra maestra de inteligencia correspondida, cuya lectura, en la reciente reedición de Acantilado, les recomiendo tanto como la película) confesaba: "Hubiera querido también ser obsceno, al modo maravillosamente aristocrático y rural de Catulo, pero mis tentativas en esa dirección fallaron por completo. Esto de vivir en una sociedad en que la obscenidad ritual no está aceptada resulta una desventaja demasiado grave". ‘El cónsul de Sodoma’ refleja con la suficiente tensión la doble y contradictoria vertiente humana de un artista singular que fue capaz de grandes enamoramientos sin perder nunca el deseo de lo que, en un delicioso guiño, Juan Ferraté había llamado su frecuente "ajuste con los cachorritos".

   ¿Qué la escena final se excede en el pretendido ‘ajuste’ del poeta ya seriamente enfermo puesto frente a un cuerpo pagado de cachorrito? Es muy posible. Pero ése y otros defectos menores de una película valiente, bien contada y tan favorable a Venus como al autor de ‘Moralidades’, no deberían despistar ni hacer caer en lo que denunció, en otra de las luminosas páginas de la citada correspondencia, el mismo Gil de Biedma. Contestando a Ferraté, quien, en 1964, cuando Leopoldo Alas ‘Clarín’ vivía en el limbo de los clásicos, le pregunta, con una evidente intención admonitoria, si ha leído ‘La Regenta’, Jaime le dice veinte días después que la está leyendo, y añade: "Es un libro que va derecho al bulto, cosa rara en nuestra literatura, en donde casi todos prefieren embestir al trapo rojo".

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Vicente Molina Foix

 Vicente Molina Foix nació en Elche y estudió Filosofía en Madrid. Residió ocho años en Inglaterra, donde se graduó en Historia del Arte por la Universidad de Londres y fue tres años profesor de literatura española en la de Oxford. Autor dramático, crítico y director de cine (su primera película Sagitario se estrenó en 2001, la segunda, El dios de madera, en el verano de 2010), su labor literaria se ha desarrollado principalmente -desde su inclusión en la histórica antología de Castellet Nueve novísimos poetas españoles- en el campo de la novela. Sus principales publicaciones narrativas son: Museo provincial de los horrores, Busto (Premio Barral 1973), La comunión de los atletas, Los padres viudos (Premio Azorín 1983), La Quincena Soviética (Premio Herralde 1988), La misa de Baroja, La mujer sin cabeza, El vampiro de la calle Méjico (Premio Alfonso García Ramos 2002) y El abrecartas (Premio Salambó y Premio Nacional de Literatura [Narrativa], 2007);. en  2009 publica una colección de relatos, Con tal de no morir (Anagrama), El hombre que vendió su propia cama (Anagrama, 2011) y en 2014, junto a Luis Cremades, El invitado amargo (Anagrama), Enemigos de los real (Galaxia Gutenberg, 2016), El joven sin alma. Novela romántica (Anagrama, 2017). Su más reciente libro es Kubrick en casa (Angrama, 2019). La Fundación José Manuel Lara ha publicado en 2013 su obra poética completa, que va desde 1967 a 2012, La musa furtiva.  Cabe también destacar muy especialmente sus espléndidas traducciones de las piezas de Shakespeare Hamlet, El rey Lear y El mercader de Venecia; sus dos volúmenes memorialísticos El novio del cine y El cine de las sábanas húmedas, sus reseñas de películas reunidas en El cine estilográfico y su ensayo-antología Tintoretto y los escritores (Círculo de Lectores/Galaxia Gutenberg). Foto: Asís G. Ayerbe

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