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El que no trabaja

Por 27 de diciembre de 2010 diciembre 23rd, 2020 Sin comentarios

Vicente Molina Foix

Hay un hombre negro, joven, grueso, afable, que reside en los bancos de mi barrio. No se trata de uno de esos ‘sin techo’ que, llegado el anochecer, sientan plaza con sus cartones y sus mantas en los vestíbulos de los cajeros automáticos de tantas entidades bancarias; mi vecino, pues así lo considero ya, sin haber cruzado una palabra con él, duerme en los bancos de madera, aunque a veces le veo también recostado en las escaleras de acceso al ‘metro’ con su impedimenta, que incluye garrafas de agua, nunca un ‘botellón’. Va limpio, igual de abrigado ahora que en el verano, y, excepto cuando tiene los ojos cerrados, mira siempre a los que pasamos cerca de él con el gesto risueño que le caracteriza. No vende nada en la calle.

   Me resulta imposible, dada la frecuencia de su figura en mi peripecia cotidiana, no hacer cábalas sobre su origen, su inmediato pasado, su actualidad de hombre que arrastra sus pocas pertenencias sin alejarse nunca del perímetro más próximo a mi casa. Con motivo de mi trabajo cinematográfico en ‘El dios de madera’, el año pasado entrevisté y traté a muchos jóvenes del Senegal, de Mali, de Nigeria y Costa de Marfil, en su mayoría emigrantes que habían llegado a España en patera y, tras diversos avatares, vendían -ya legalizados- bolsos y paraguas en el llamado ‘top manta’. A todos les estaba  golpeando duramente la crisis, privados además de un núcleo familiar y enfrentados a la perspectiva de un casi imposible retorno sin medios a sus países de procedencia.

     El paro es desde luego angustioso para esos y otros muchos trabajadores sin esperanza, pero su onda expansiva nos afecta a todos, excepto quizá a algunos altos directivos de la banca (la otra, la que no es de madera ni está a la intemperie). La carencia de empleo, los recortes salariales, los contratos precarios, las forzosas jubilaciones anticipadas, la inseguridad de las prestaciones sociales y sanitarias; ése es el horizonte que se divisa mientras a nuestro alrededor, y no sólo por televisión, es posible observar el espectáculo del enriquecimiento de unos pocos y el blindaje intocable de quienes tanto han contribuido al mal económico de la mayoría.

     Puede por tanto resultar una paradoja, si no una afrenta, que en esta situación tan desesperada uno recurra a Ambrose Bierce y Paul Lafargue, dos grandes libertarios decimonónicos (fallecidos ambos en la primera parte del siglo XX) que en tiempos no menos convulsos hicieron de la necesidad burla y le sacaron al drama de la miseria el corazón de la risa. Creo que el mulato antillano de origen francés Lafargue está hoy más olvidado que el anglo-americano Bierce, aunque el primero brilló más en vida, por su matrimonio y compartido suicidio con la hija de Carlos Marx, sus viajes de agitación por Europa y sus importantes contactos con el socialismo español de la época. Releídos ahora, sus dos breves opúsculos ‘El derecho a la pereza’ y ‘La religión del capital’ parecen haber sido escritos para nosotros, y algo similar puede decirse de algunos de los textos breves de Ambrose Bierce que, traducidos y presentados por Miguel Catalán, acaba de publicar la editorial madrileña Sequitur bajo el título ‘La mirada cínica’.

    Lafargue conocía bien los pormenores de la explotación masiva de la mano de obra en el siglo de la revolución industrial, pero más que creer, como su suegro, en la estricta dicotomía de un trabajo enajenado y un trabajo liberado, prefería recordar que el destino del hombre antes de la condena de Dios en el Edén y la codicia del Jefe en la cadena de producción pasaba también por el sagrado derecho humano a hacer ‘menos’: el ocio placentero como antídoto o alivio del trabajo embrutecedor. La historia de las reivindicaciones sociales desde el nacimiento de la conciencia obrera hasta el día de hoy en las calles de Francia incluye la defensa de una vida laboral mejor y de un mayor derecho al reposo y, por qué no, al relajo.  

    Complementario más que antitético a ‘El derecho a la pereza’ preconizado por Laforgue es ‘El derecho a trabajar’, un sarcástico diálogo entre La Ley y El Vagabundo que Bierce imagina, y en el que la primera, hablando con la voz del orden establecido, le recuerda al segundo la prohibición legal de robar pero también de mendigar, a lo que aquel contesta: "cuando en la calle te obedezco y me paso todo el día hambriento y por la noche temblando de frío, y me quedo callado para no molestar, me arrestan por ‘hallarme sin medios conocidos de sostenimiento económico’". ¿Será ese el caso del hombre grueso y negro que vagabundea por los aledaños de la calle Francisco Silvela? ¿Es un ‘homeless’ que ha elegido su domicilio en la multitud, como el dandy de Baudelaire? Seguiré preguntándomelo, y confiando en que, al contrario que al vagabundo de Bierce, a él no le arresten. No trabaja y no hace daño a nadie. Quizá ni a sí mismo.

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Vicente Molina Foix

 Vicente Molina Foix nació en Elche y estudió Filosofía en Madrid. Residió ocho años en Inglaterra, donde se graduó en Historia del Arte por la Universidad de Londres y fue tres años profesor de literatura española en la de Oxford. Autor dramático, crítico y director de cine (su primera película Sagitario se estrenó en 2001, la segunda, El dios de madera, en el verano de 2010), su labor literaria se ha desarrollado principalmente -desde su inclusión en la histórica antología de Castellet Nueve novísimos poetas españoles- en el campo de la novela. Sus principales publicaciones narrativas son: Museo provincial de los horrores, Busto (Premio Barral 1973), La comunión de los atletas, Los padres viudos (Premio Azorín 1983), La Quincena Soviética (Premio Herralde 1988), La misa de Baroja, La mujer sin cabeza, El vampiro de la calle Méjico (Premio Alfonso García Ramos 2002) y El abrecartas (Premio Salambó y Premio Nacional de Literatura [Narrativa], 2007);. en  2009 publica una colección de relatos, Con tal de no morir (Anagrama), El hombre que vendió su propia cama (Anagrama, 2011) y en 2014, junto a Luis Cremades, El invitado amargo (Anagrama), Enemigos de los real (Galaxia Gutenberg, 2016), El joven sin alma. Novela romántica (Anagrama, 2017), Kubrick en casa (Anagrama, 2019). Su más reciente libro es Las hermanas Gourmet (Anagrama 2021) . La Fundación José Manuel Lara ha publicado en 2013 su obra poética completa, que va desde 1967 a 2012, La musa furtiva.  Cabe también destacar muy especialmente sus espléndidas traducciones de las piezas de Shakespeare Hamlet, El rey Lear y El mercader de Venecia; sus dos volúmenes memorialísticos El novio del cine y El cine de las sábanas húmedas, sus reseñas de películas reunidas en El cine estilográfico y su ensayo-antología Tintoretto y los escritores (Círculo de Lectores/Galaxia Gutenberg). Foto: Asís G. Ayerbe

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