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El lápiz no se borra

Por 25 de enero de 2021 enero 28th, 2021 Sin comentarios

Sònia Hernández

En el cartel que anuncia la última exposición de Leticia Feduchi aparece un conjunto de naranjas sobre un fondo blanco, aunque no impoluto. Componiendo un bodegón imperfecto, las frutas no representan la naturaleza, porque han sido arrancadas del árbol y ya tienen el tiempo contado. Feduchi es capaz de hacer que sí representen un paisaje, pero es necesario que quien observa sepa verlo.

Continuando con la imagen del cartel, me llama poderosamente la atención el rastro de lápiz que la pintora no ha querido cubrir o borrar. Tal vez debiera escribir ‘carbón’ o ‘carboncillo’. La permanencia de ese rastro es una constante en su obra. Y, curiosamente, a pesar del virtuosismo en la reconstrucción naturalista de las formas, allí donde ella se hace más presente es en esa huella que hace pensar en un olvido o un descuido. Porque se trata de un falso olvido, o de un descuido mentiroso.

El lápiz, que es el punto de partida en el proceso de producción y que debería ser eliminado por sucesivas capas de color, permanece: no se olvida. De alguna manera, está revelando la idea inicial, la imagen proyectada por la artista antes de realizar la obra y que, sin embargo, quedó truncada, porque la naturaleza, al manifestarse, condujo la realidad por un camino diferente. No obstante, el deseo motor inicial no se borra. Convertido en pasado, en posibilidad abandonada, sigue formando parte del presente y de la obra actual. Como los deseos no concedidos o los que no hemos sabido realizar.

La pintura de Leticia Feduchi está repleta de pequeños matices que reclaman atención. El rastro del lápiz es sólo uno. Gran retratista –por sus pinceles han pasado destacados nombres de la sociedad española, especialmente del mundo de la cultura–, asegura que los paisajes siempre se le han resistido; aunque varias de las obras que compusieron la exposición que tuvo a finales de 2020 en La Galería de Sant Cugat la desmintieron. No le gusta hablar demasiado. Acostumbra a pintar los objetos que tiene más a mano. Si se le pregunta qué buscaba al emprender su autorretrato, contesta que una modelo que estuviera cerca y disponible y que le permitiera pintar. Sus elegantes sillas cubiertas de sedas y otros tejidos bastan, además de para evidenciar la calidad de su pintura, para crear la atmósfera del gabinete perfecto donde sentirse siempre en terreno seguro.

Pasó el confinamiento de 2020 en una casa de campo en Mallorca, un entorno muy diferente a su estudio barcelonés. La exposición que presenta ahora, durante el mes de febrero, en la Casa de Cultura de la localidad del Masnou, a unos 20 kilómetros de Barcelona, se compone de las obras que pintó entonces y algunas cerámicas. Hay muchas frutas, y flores, porque es lo que tenía más a mano y porque desde hace algún tiempo le apetece pintar flores. Además, éstas dialogan con la casa modernista que acoge la muestra.

Aunque no le gusta trabajar en series porque le aburre repetir el mismo cuadro, en esta ocasión presenta un conjunto de parejas o dobles. Ya saben, dos cuadros que son el mismo, pero sin serlo. Ni siquiera cada una de las obras de la pareja, por separado, es el cuadro que debía de ser. Eso lo delata el lápiz y las sombras que no desaparecen. Recuerden que el lápiz –contra lo que suele decirse– no se borra y que, al contrario, se convierte en cicatriz. Este fenómeno al que me refiero también lo ilustran los dibujos de William Kentridge que pueden verse hasta el 21 de febrero en el Centre de Cultura Contemporània de Barcelona. El genial artista sudafricano, buscando el movimiento, dibuja sobre trazos anteriores falsamente borrados. Así, una figura nueva se forma en buena medida con el resto de la anterior, aquella que se pretende desechada.

Algo semejante sucede con los cambios que experimentamos nosotros mismos. Eso de que llegas a un sitio nuevo porque vienes de otro del que no te acabas de ir nunca. Entonces, ¿cuáles son los limites del movimiento que nos lleva de una situación a otra? ¿En qué momento exacto una imagen deja de ser la inicial para convertirse en el resultado definitivo del cambio? Emmanuel Carrère, hablando de lo que se conoce como “la forma” en tai-chi, en su última novela, Yoga, nos llega a hacer creer que el movimiento no existe: somos un continuo. No tarda en desmentirse, pero tal vez no es tan importante para el resto del mundo como lo es para él detenerse a solucionar esta paradoja. Tal vez eso sólo les importe a los que se detienen a preguntarse el significado de esa cicatriz que es el rastro de lápiz en los cuadros de Feduchi.

La cuestión es si el cuadro que no llegó a ser está realmente dentro del que efectivamente estamos viendo, o si en nuestra inmovilidad somos capaces de entender también el vértigo de los movimientos que no hacemos pero aun así nos definen: el paisaje paseado que representan las naranjas en su cuenta atrás hacia el deterioro.

Centrando de nuevo la atención en esas obras, el trazo presente del lápiz que había de apuntar el desarrollo del cuadro cuestiona también los motivos de esa evolución. Nos preguntamos entonces si realmente la pintora ha alcanzado el cuadro que había imaginado. ¿Es realmente posible realizar el deseo que nos hizo arrancar a caminar? ¿O, por el contrario, acabamos encontrando la única imagen que posibilita la realidad y que ya existía incluso antes de empezar? Entonces, ¿por qué, al repetir el mismo ejercicio, no aparece un cuadro idéntico?

Tal vez, tener que bregar con todas estas cuestiones es lo que provoca en Leticia Feduchi su pasión por el proceso creativo en sí mismo: ahí está la vía de descubrimiento, el camino para ir encontrando el cuadro que posiblemente ya existe en algún lugar, para ir superando las contradicciones que plantean la lógica, las palabras y la pintura cuando se manifiesta.

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Sònia Hernández

Sònia Hernández (Terrassa, Barcelona, 1976) es doctora en Filología Hispánica, periodista, escritora y gestora cultural. En poesía, ha publicado los poemarios La casa del mar (2006), Los nombres del tiempo (2010), La quietud de metal (2018) y Del tot inacabat (2018); en narrativa, los libros de relatos Los enfermos erróneos (2008) y La propagación del silencio (2013), y las novelas La mujer de Rapallo (2010), Los Pissimboni (2015), El hombre que se creía Vicente Rojo (2017) y El lugar de la espera (2019).

En 2010 la revista Granta la incluyó en su selección de los mejores narradores jóvenes en español. Es miembro del GEXEL, Grupo de Estudios del Exilio Literario. Ha colaborado habitualmente en varias revistas y publicaciones, como Cultura|s, el suplemento literario de La Vanguardia, Ínsula, Cuadernos Hispanoamericanos o Letras Libres.

Foto: Edu Gisbert    

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