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Ficha técnica

Título: Todo lo que quería decir sobre Gustave Flaubert | Autor: Guy de Maupassant | Traducción: Manuel Arranz | Editorial: Periférica | Colección: Pequeños tratados | ISBN: 978-84-936926-2-9 | Precio: 14 € | Páginas: 136

Todo lo que quería decir sobre Gustave Flaubert

Guy de Maupassant

EDITORIAL PERIFÉRICA

 

Gustave Flaubert se encargaría de dirigir los primeros pasos en la literatura de Guy de Maupassant, y sabemos por la correspondencia entre ambos que el discípulo obedecía sin titubear todas las indicaciones del maestro. Posteriormente, será Maupassant quien escriba algunos de los textos más lúcidos que existen sobre la obra de Flaubert y sobre su personalidad. Precisamente los que recogemos en esta edición, donde se reproducen ideas, citas y juicios del autor de Madame Bovary sabiamente entremezclados con anécdotas y recuerdos.

Estos ensayos tienen, además del mérito de ser de los primeros en dar cuenta de la novedad y trascendencia del método y la concepción de la novela de Flaubert, tan contrario a todo lo que estaba en boga por entonces, el de no someter su obra a ninguna teoría literaria preconcebida. Como un verdadero médium, Maupassant deja en todo momento que su maestro, y también amigo, se exprese a través de él.

 

PRÓLOGO DEL TRADUCTOR
MERDE

¿Hay ideas tontas e ideas grandes?
¿No dependerá acaso de cómo se llevan a la práctica?
FLAUBERT A LOUISE COLET (14 de julio de 1847)

El 3 de agosto de 1878 Guy de Maupassant escribía a Gustave Flaubert: «Sólo comprendo una  palabra de la lengua francesa, una palabra que expresa con energía el cambio, la eterna transformación de las mejores cosas y la desilusión; esta palabra es: mierda». ¿Un arrebato momentáneo? ¿Uno de esos accesos de cólera a los que tan proclives eran los escritores decimonónicos? ¿Un desahogo? ¿Una boutade? Todo es posible. Porque si estudiamos con detenimiento la carta, a primera vista no encontramos demasiadas razones para ese extemporáneo merde. Maupassant escribe a Flaubert para pedirle que utilice su influencia con Zola a fin de conseguir un papel en una de sus obras para una amiga común, y termina la carta, después de quejarse de la monotonía del culo de las mujeres, precisamente él, que no pensaba en otra cosa, pidiéndole noticias de Bouvard y Pécuchet. También encuentra monótonos los acontecimientos, mezquinos los vicios y pobres las frases, y seguramente aquí reside una de las causas del merde. Pero si nos fijamos en el membrete de la carta, descubrimos otra razón más: Ministerio de Marina y de las Colonias. Maupassant estuvo empleado en el susodicho ministerio y nunca dejó de quejarse de aquel empleo al que dedicaba las mejores horas de sus días. Pero no subestimemos a Maupassant, al que, como a todo el mundo, podía traicionar el subconsciente, que aunque fue un invento del siglo XX hay que suponer que ha existido siempre, y releamos una vez más la frase: «una palabra que expresa con energía el cambio, la eterna transformación de las mejores cosas y la desilusión ». ¿Acaso no es esto mismo lo que expresan las novelas de Flaubert? ¿Y no era también eso lo que quería expresar el propio Maupassant en sus cuentos?

Maupassant era sobrino de Alfred Le Poittevin, el gran amigo de juventud de Flaubert, muerto en 1848, y a quien a juzgar por los testimonios del propio Flaubert se parecía mucho físicamente. Pronto se encargará de dirigir sus primeros pasos en la literatura, y sabemos por su correspondencia que el discípulo, que sometía siempre sus obras al juicio del maestro, obedecía sin titubear todas sus indicaciones. Maupassant siempre confió en el exigente juicio crítico de Flaubert, a quien consideraba en este terreno prácticamente infalible. Su correspondencia se extenderá desde junio de 1873 (fecha de la primera carta de Flaubert) hasta la muerte de este en 1880. Y aunque se tiene noticia de que fueron 286 las cartas que escribió Flaubert a Maupassant, sólo se han conservado 91 (de Maupassant a Flaubert conocemos 51 cartas). El tema de esas cartas, como el de sus conversaciones, solía girar en torno a los problemas de la creación literaria, tema que obsesionó a Maupassant casi tanto como a su «querido maestro », y que sería junto con Maxime Du Camp, Louis Bouilhet, George Sand, Iván Turguéniev y Louise Colet uno de sus más asiduos confidentes. Confidentes literarios, por supuesto, pues a Flaubert pocas cosas le interesaron aparte de la literatura. «Gustave Flaubert amó las letras de una manera tan absoluta que, en su alma rebosante de este amor, no cabía ninguna otra ambición», escribe Maupassant, después de confesar lo que él consideraba la ambición secreta de la mayoría de los escritores: «¡Gustar a las mujeres! Este es el deseo ardiente de casi todo el mundo».

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Guy de Maupassant

Guy de Maupassant nació en 1850. Según unos, en Fécamp; según otros, en el castillo de Miromesnil, en Tourville-sur-Arques. A los diecisiete años conoció a Flaubert, quien le presentó a algunos de los escritores más importantes de la época, entre ellos Émile Zola, que publicaría uno de sus primeros y más famosos relatos, Bola de sebo (1880), en la antología-manifiesto del naturalismo, Las veladas de Médan. Aunque sus novelas alcanzaron pronto gran notoriedad, serían sus cuentos, muchos de ellos magistrales, los que le convertirían en uno de los autores fundamentales del XIX, a la altura de otros maestros del relato como Edgard Allan Poe o Antón Chéjov, dos autores citados precisamente por Julien Gracq para explicar el «acertado ensamblaje entre realismo y horror» que supone la narrativa breve de Maupassant, «un autor entre dos polos nerviosos», como lo definiera también Ramón Gómez de la Serna. De hecho, sus «ataques de nervios» lo llevarían a intentar suicidarse en varias ocasiones y a ser internado en una clínica, para morir, al fin, «loco, o medio loco», según escribieron los diarios de su época, en 1893.Entre las novelas de Maupassant podemos citar: Una vida (1883), Bel Ami (1885), Pierre y Jean (1888)... Y entre sus muchos cuentos: Claro de luna, La dote, La mano izquierda, La belleza inútil...

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