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La palabra es: basta

Por 24 de julio de 2006 Sin comentarios

Marcelo Figueras

Muchos habrán advertido que durante el fin de semana se generó en este espacio un profuso intercambio de opiniones, disparado por el texto del viernes. Entonces hablé de la impotencia que me generaban situaciones límites como la de la agresión bélica que el Estado de Israel dedica actualmente a Gaza y al Líbano; pero también situaciones que me son más próximas por cultura y circunstancia física, como el hambre o la falta de alimentación adecuada que castiga a tantos niños y jóvenes de mi país. Desde esa impotencia mía, reclamaba ideas e información sobre iniciativas a las que plegarme para no sentir que permanecía de brazos cruzados ante tanta barbarie, ante tanta pérdida de vidas, de posibilidades, de talentos que no llegarán nunca a fructificar.

La inmensa mayoría de los mensajes que recibí fueron inspiradores. Pero hubo uno en especial, firmado por una tal “Agrupación Hasta El Gorro”, que incurrió en la clase de prácticas indignas que se dan en este medio de tanto en tanto. En primer lugar, el insulto y la descalificación. Llamar “memos ignorantes” a todos los que manifestaron en Barcelona en contra de la agresión bélica del Estado de Israel es agresión lisa y llana; es decir intolerancia, o sea aquello que está en la misma raíz de lo que deploramos. En segundo lugar, la calumnia. Decir que esa gente es igual que la gente que apoyó a Hitler es difamación: nadie puede pretender seriamente que una manifestación por la paz equivale de manera alguna al sostén de la barbarie nazi. Y en tercer lugar (¡infaltable!), el anonimato. ¿Quién es aquel que se esconde bajo la etiqueta de esta “agrupación”?

En ese momento decidí responder al comentario, y así lo hice. Pero la misteriosa “agrupación” volvió a la carga con otro texto que ya no me apuntaba tan sólo a mí, sino a otra gente que había contribuido con sus comentarios. Durante un momento consideré callar y dejar correr el agua; después pensé en responder utilizando otra vez la columna de los comentarios. Como ya habrán podido apreciar, finalmente decidí usar el espacio “oficial” del blog. Considero que lo que se discute es tan urgente y tan vital que no quise correr el riesgo de que se perdiese dentro de una columna que no todos cliquearán. De cualquier forma, aquellos que quieran consultar los textos originales pueden hacerlo mediante un par de maniobras con su mouse.

En su segundo texto, la “agrupación” insistió con el anonimato, diciendo que se dan a llamar de esa manera del mismo modo en que yo me doy a llamar Figueras. Pues bien, yo no me doy a llamar así, me llamo así, y como tal consto en mis documentos. Es por eso que cuando afirmo algo, cualquiera entiende que estoy dispuesto a sostenerlo: porque doy la cara, lo cual implica que no me avergüenzo de lo que digo. Lo peor que me puede pasar es equivocarme y tener que rectificar mis opiniones, cosa que, al menos en mi concepto, no está demasiado lejos de lo mejor que puede pasarme, porque si entiendo que me equivoqué ya he avanzado algo; ese avance es todo a lo que aspiro.

  Por supuesto, no todo es disenso con la “agrupación”. (Perdón que no los mente por su nombre completo, pero más allá de la acepción más obvia de la expresión “hasta el gorro”, la mención a un gorro me sugiere la idea de lo militar, y lo militar es algo de lo que abomino por completo.) Yo también creo que sería maravilloso que muchos países de cultura árabe contasen con el mecanismo eleccionista que muchos confunden con la democracia. Pero no creo que este enfrentamiento bélico tenga mucho que ver con la difusión de la democracia en Medio Oriente. Creo, más bien, lo que el filósofo argentino León Rozitchner escribía ayer en el diario Página 12: “Esta escalada contra Gaza y el Líbano va más allá de los intereses de su supervivencia (del Estado de Israel): se inscribe en la expansión del imperio neoliberal de Occidente sobre los países musulmanes. ¿No será los Estados Unidos quienes, empantanados en Irak, necesitan una frontera segura en el Líbano contra Siria e Irán, y de allí la masacre de la población civil para invadirla?” (La columna de Rozitchner se llama ¿Podemos seguir siendo judíos?, y es imperdible. Pueden consultarla completa en la edición del domingo, en la dirección www.pagina12.com.ar.)

Pero lo que me cuesta tragar es la acusación de antisemitismo. El doble rasero al que la “agrupación” alude sirve de maravillas para ilustrar esta concepción de que sólo soy amigo de mis amigos mientras no los cuestione o critique, porque expresar tan sólo un “pero” me colocaría de inmediato en el bando de los enemigos. Al menos en mi familia funcionamos con el criterio de que una observación o una crítica es un gesto del más grande amor, y nunca una agresión, porque su propósito es conseguir el bien. Por fortuna existen amigos declarados y consecuentes del Estado de Israel que también alzaron la voz para señalar el despropósito de la actual política. Esas voces, muchas de las cuales resuenan dentro de las fronteras de Israel, validan doblemente nuestros argumentos.

Señalar que durante los últimos tiempos el Estado de Israel ha optado por acciones conducentes a un genocidio, como los de la Argentina de los 70 y la Alemania nazi, nunca será degradante para mí salvo en mi condición de partícipe del género humano: me degradan porque están ocurriendo, y no imagino tristeza peor. Por supuesto, no he sido el primero ni seré el único en señalarlo. Vuelvo a Rozitchner: “Para hacer lo que hacen en Palestina los judíos que están en el poder deben mantener el secreto moral del origen de su derecho a una patria y prolongar allí los valores inhumanos de sus propios perseguidores milenarios. Ocultar, por ejemplo, que lo que comenzó con la cruz cristiana terminó con la Shoá europea…. Debieron convertirse en cómplices de sus asesinos, no denunciarlos, ya no decir nunca más que el cristianismo y el capitalismo fueron sus exterminadores porque ahora ambos se habían convertido en su modelo y en sus aliados”.

¿Soy consciente de haberme equivocado en algo de lo que escribí? Oh, sí. Cuando en mi intención de ser más gráfico, traté de explicar por qué ante todo le pido cordura al actual gobierno de Israel, y comparé la lucha entre el ejército israelí y los palestinos y libaneses diciendo que uno era un gigantón armado hasta los dientes y el otro un enanito desarmado. Me equivoqué, sí, al definir las fuerzas. Es verdad que el enanito no está desarmado, el enanito está armado y también mata; imagino que la agrupación no me considerará tan imbécil como para pretender ocultar esta realidad. Lo que pretendía hacer era graficar la disparidad entre sus fuerzas: porque el enanito tiene misiles y los usa, pero el del Estado de Israel es un potencial bélico equiparable al de las más grandes potencias, lo cual equivale, entre otras cosas, a decir nuclear; y para que ni siquiera queden dudas, los Estados Unidos les están enviando más armas en este preciso instante.

Pero no creo haberme equivocado al apelar a la buena voluntad del Ejecutivo israelí. Insisto con Rozitchner: “Los judíos israelíes, por ser los más fuertes en poder armado, son los que también en mejores condiciones se hallan para dar término al enfrentamiento con justicia: tienen todos los medios para lograrlo. Su existencia, por ahora, no corre peligro. La paz que termine con el enfrentamiento armado y un entendimiento político está sobre todo –y casi diríamos totalmente- en sus manos: sólo tienen que declinar sus ambiciones sobre territorios que no les corresponden y reivindicar el valor de la vida sobre la muerte”.

En todo caso, mi mayor error fue el de contribuir al error. Porque al entrar en el juego de la “agrupación”, y discutir si antisemitismo sí o no y si el asunto lo empezó éste o aquel, les permití apartarme de lo que más me interesaba decir: que cada muerte es una pérdida irreparable. Que cada una de esas muertes nos empobrece a todos. Y que no he encontrado ni un solo argumento que me convenza de que esas muertes era inevitables. Todas esas muertes fueron evitables, sin excepción. Bastaría con que, como dice Rozitchner, reivindicásemos el valor de la vida por encima de todos los demás valores. Pero la vida parece no valer nada en este mundo de hoy. Y yo quiero utilizar este espacio para decir que sí vale, ¡que nada vale más!, porque lo creo pero también porque lo veo a diario en la práctica de tantos y en las opiniones de la mayoría de los que se suman a este blog. Por eso me permito invitar a la “agrupación” a dar la cara y a dejar de lado ciertas discusiones para el café o la sobremesa, porque existen cuestiones más importantes, más urgentes, más perentorias. No puedo dejar de pensar que seguramente ha muerto alguien más en aquellas regiones desde el momento en que me senté a escribir esto. El hijo de alguien. El padre de alguien. El amante de alguien. El amigo de alguien. Y que eso quizás no habría ocurrido si hubiésemos unificado nuestras voces para decir lo primero que habría que decir, que en este caso es basta.

En este mundo existen formas de resolver los diferendos que no pasan por la agresión bélica, aun en el caso de que exista una agresión previa. Esto tiene que terminarse ya, y no cuando el gobierno de los Estados Unidos considere conveniente. Por eso tenemos que decir basta. Y refrendarlo con nuestro cuerpo y con nuestro nombre.

Les pido perdón por abusar de su paciencia.

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Marcelo Figueras

Marcelo Figueras (Buenos Aires, 1962) ha publicado cinco novelas: El muchacho peronista, El espía del tiempo, Kamchatka, La batalla del calentamiento y Aquarium. Sus libros están siendo traducidos al inglés, alemán, francés, italiano, holandés, polaco y ruso.   Es también autor de un libro infantil, Gus Weller rompe el molde, y de una colección de textos de los primeros tiempos de este blog: El año que vivimos en peligro.   Escribió con Marcelo Piñeyro el guión de Plata quemada, premio Goya a la mejor película de habla hispana, considerada por Los Angeles Times como una de las diez mejores películas de 2000. Suyo es también el guión de Kamchatka (elegida por Argentina para el Oscar y una de las favoritas del público durante el Festival de Berlín); de Peligrosa obsesión, una de las más taquilleras de 2004 en Argentina; de Rosario Tijeras, basada en la novela de Jorge Franco (la película colombiana más vista de la historia, candidata al Goya a la mejor película de habla hispana) y de Las Viudas de los Jueves, basada en la premiada novela de Claudia Piñeiro, nuevamente en colaboración con Marcelo Piñeyro.   Trabajó en el diario Clarín y en revistas como El Periodista y Humor, y el mensuario Caín, del que fue director. También ha escrito para la revista española Planeta Humano y colaborado con el diario El País.   Actualmente prepara una novela por entregas para internet: El rey de los espinos.  Trabajó en el diario Clarín y en revistas como El Periodista y Humor, y el mensuario Caín, del que fue director. También ha escrito para la revista española Planeta Humano y colaborado con el diario El País. Actualmente prepara su primer filme como director, una historia llamada Superhéroe.

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