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Blogs de autor

Escúchame entre el ruido

Por 31 de agosto de 2007 Sin comentarios

Marcelo Figueras

Lo más fácil sería decir que se debe a que estoy grande. Yo soy del tiempo en que uno compraba long-plays: discos de vinilo con lado A y B, que lo obligaban a uno a levantarse en mitad de la audición para darlos vuelta. En cambio estos son los tiempos del iPod, de bajarse los hits –y sólo los hits– directamente desde el ordenador.

Cuando yo era chico todo era analógico. Se esperaba con ansias que los padres se fuesen de casa, para subir el volumen al máximo. Uno disfrutaba si estaba solo, disfrutaba más si estaba en compañía de amigos y más aún si molestaba a los vecinos por el mismo precio. El presente es más bien un tiempo de escuchar para adentro, conectado a un par de auriculares mientras se circula por la calle o se corre alrededor de la plaza.

En materia de usos culturales no creo en la existencia de modalidades mejores o peores, tan sólo distintas. Somos adaptables por naturaleza: sin ir más lejos yo empecé escribiendo a mano, terminé mi primera novela en una Remington Rand y aquí me tienen, dándole a un ordenador y alimentando a diario la boca insaciable de un blog. Todavía no tengo un iPod pero es cuestión de tiempo; ahora que estoy al filo de un viaje la tentación reaparece y mis bolsillos tiemblan.

Extraño los discos de vinilo por pura nostalgia, porque me gustaba su tamaño y la generosidad del arte de tapa. Eran un objeto bello, los Cds son ante todo prácticos –y la disciplina del downloading los elimina por completo: la música vuelve a ser música y nada más, sin el regalo del arte gráfico, de las fotografías, de la lectura de las letras. Pero también extraño los long-plays por una razón más seria. La sucesión de ocho, doce, catorce temas constituía una narrativa en sí misma, con comienzo, desarrollo y fin. La secuencia de las canciones era un arte en sí mismo, en nada distinto al del editor de una película: a fin de cuentas se trataba de encontrar la mejor manera de contar la historia en cuestión. Además existía una tapa como ocurría con los libros, también un índice y a menudo un texto con notas y si se estaba de suerte, las letras.

Ahora todo se limita a la magia de una única canción. La escuché por ahí, me gustó y por eso la bajo a mi iPod para que se sume a la lista de canciones que elegí de la misma manera, con la misma arbitrariedad, del mismo modo aleatorio. Está claro que en último término la canción es el elemento constitutivo de cualquier long-play de música popular, los discos son en esencia una colección de canciones. Ocurre que a mí me gusta leer cuentos pero rara vez leo relatos aislados: más bien tiendo a leer colecciones de cuentos porque un cuento solo, por genial que sea, me deja sabor a poco. Si me gustó quiero leer el próximo ya, medir al autor con más cuidado, explorar su universo en profundidad. A fin de cuentas cualquiera puede dar un tiro con suerte, pero ocho o doce tiros similares ya indicarían maestría –y eso es, para ser sincero, lo que estoy buscando.

Por supuesto que una canción o un cuento tienen una narrativa en sí misma. Pero se consumen en un segundo, mientras que nosotros llevamos adelante vidas de largo aliento que se ven –creo yo, después de todo es cuestión de gustos- mejor reflejadas en las colecciones de relatos y en las novelas, en los discos completos más que en los singles, en los largometrajes antes que en los cortos.

Se me ocurrió todo esto el otro día, leyendo unas declaraciones de Ben Harper en el New York Times. “Yo soy uno de esos freaks a quienes les importa lo que la gente escribe y dice. Ni siquiera tengo un iPod. En mi banda me dicen que baje a Tierra pero yo sigo fiel a mi CD player. Ahí uno puede atender a la evolución de la obra de un músico, cosa que una canción suelta no te permite hacer”, decía Harper. Yo concuerdo.

A cada uno le gusta que le cuenten historias a su manera. Me pregunto cuál será la forma que a ustedes los satisface más.

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Marcelo Figueras

Marcelo Figueras (Buenos Aires, 1962) ha publicado cinco novelas: El muchacho peronista, El espía del tiempo, Kamchatka, La batalla del calentamiento y Aquarium. Sus libros están siendo traducidos al inglés, alemán, francés, italiano, holandés, polaco y ruso.   Es también autor de un libro infantil, Gus Weller rompe el molde, y de una colección de textos de los primeros tiempos de este blog: El año que vivimos en peligro.   Escribió con Marcelo Piñeyro el guión de Plata quemada, premio Goya a la mejor película de habla hispana, considerada por Los Angeles Times como una de las diez mejores películas de 2000. Suyo es también el guión de Kamchatka (elegida por Argentina para el Oscar y una de las favoritas del público durante el Festival de Berlín); de Peligrosa obsesión, una de las más taquilleras de 2004 en Argentina; de Rosario Tijeras, basada en la novela de Jorge Franco (la película colombiana más vista de la historia, candidata al Goya a la mejor película de habla hispana) y de Las Viudas de los Jueves, basada en la premiada novela de Claudia Piñeiro, nuevamente en colaboración con Marcelo Piñeyro.   Trabajó en el diario Clarín y en revistas como El Periodista y Humor, y el mensuario Caín, del que fue director. También ha escrito para la revista española Planeta Humano y colaborado con el diario El País.   Actualmente prepara una novela por entregas para internet: El rey de los espinos.  Trabajó en el diario Clarín y en revistas como El Periodista y Humor, y el mensuario Caín, del que fue director. También ha escrito para la revista española Planeta Humano y colaborado con el diario El País. Actualmente prepara su primer filme como director, una historia llamada Superhéroe.

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