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El último espectador (finis)

Por 1 de mayo de 2008 Sin comentarios

Marcelo Figueras

¿A qué me llama Piglia, desde este plan revolucionario de operaciones que creo leer en la entrelínea de sus textos, pero ante todo en la praxis de sus películas? En primer lugar, a jugar. Piglia quiso escribir cine desde siempre. La literatura se le convirtió en el lugar del deber, pero el cine sigue siendo el lugar del deseo. ¿Por qué será que existe tanta gente en el mundillo de la cultura -que por cierto dista del mundo de los que pican piedras- tan dispuesta a renegar de sus deseos infantiles? Para Piglia niño el cine era el horizonte de lo imposible (escribir en un cuaderno escribe cualquiera, crear esos universos de la pantalla gigante tan sólo lo hacen algunos elegidos), sus incursiones en este arte pertenecen al dominio de lo lúdico.

En segundo lugar me impulsa a narrar sin complejos. Ni la tradición ni las fórmulas ni la presión editorial nos despojarán del derecho a contar las historias que deberían expresarnos, del modo que estimemos más apropiado: ningún recurso será demasiado vanguardista o demasiado anacrónico.

En tercer lugar me llama a crear alternativas a las ficciones oficiales: aquellas concebidas desde el poder -político y el económico, con los medios como voceros-, pero también a aquellas que el mundo académico blande como mecanismos de control. ¿Cuántos artistas fueron rescatados del ostracismo, del vacío que los medios generaron en derredor suyo, por un público que recomienda lo que le conmueve de boca en boca? Parafraseando a Válery: necesitamos fuerzas ficticias que oponer a las otras fuerzas ficticias. ¿No es evidente que los sueños de unos pocos -sueños mezquinos, de poder irrestricto- se están imponiendo a nuestros sueños?

En cuarto lugar me insta a romper con la pureza del artista de laboratorio e intervenir en el mundo. Siguiendo a Brecht, y al Arlt que invita a pensar la creación en términos de robo, de estafa, de violencia retaliatoria, Piglia subraya la justicia poética de lograr que los banqueros del cine le paguen para hacer lo que le da la gana. ¿No será más delito producir una película que escribirla? Por lo demás, el narrador de hoy no debe tener preferencias en lo que hace a los soportes narrativos. ¿Qué la televisión desempeña hoy el rol de la novela en tiempos dickensianos? Pues vayamos al asalto de la televisión.

Y en quinto y último lugar, siento que nos llama a dialogar en pie de igualdad con los grandes narradores de hoy y de siempre, en lugar de agotarnos en polémicas provincianas o en tareas más propias de un bibliotecario o de un archivista que de un imaginador. ¿Dónde figura que hoy es imposible escribir tan bien como Cervantes o como Joyce? ¿Por qué aceptamos como verdad revelada la idea de que nadie puede competir en poder imaginativo con Shakespeare o con Dante? ¿Por qué no discutimos este sitial de inferioridad donde nos encajaron por decreto?

Despreciar los elementos que la vida en Latinoamérica nos proporciona en materia de historias, de culturas, de variaciones de la lengua, sería tan criminal como derramar leche en el suelo de un país con hambre; y si aun así lo hacemos, seremos juzgados en consecuencia. Además del precio que ya pagamos en lo económico y en lo político, además de las violencias a que se nos somete a diario, ¿debemos tolerar sumisamente la violencia extra de que se nos prohiba escribir a lo grande, y leer a lo grande, por el hecho de haber nacido tarde en la Historia -y en el lugar presuntamente equivocado?

A fin de cuentas, ¿qué es más conservador, más seguro en el mundo de hoy? ¿Escribir ‘raro’ y asegurarse la publicación internacional, los premios, las exégesis de los suplementos culturales, o reclamar nuestro derecho a reinventar los grandes relatos? ‘Nada de transacciones, la única verdad no es la realidad’, dice Piglia en Crítica y ficción.

No nos prohiban la noción del argumento, porque todavía necesitamos contarnos a nosotros mismos. No proscriban la intriga, porque todavía necesitamos preguntarnos cómo terminará nuestra película. Déjennos escribir mal en el sentido en que Feiling usa la expresión, esto es, escribir a contrapelo de la versión dominante. No desalienten la creación de personajes fuertes, porque necesitamos no sentirnos solos cuando los libros vuelven a la biblioteca: ¿quién nos acompañará, con quién nos compararemos, quién nos instará a vivir, si los narradores no nos proporcionan criaturas inolvidables?

¿Qué la tarea es tan intrincada, tan inabordable como un nudo gordiano? Siempre está la posibilidad de cortarlo. Eso ha sido el cine para Piglia: el tajo con que se liberó de los lazos que lo ahogaban.

No sé ustedes, no sé que pasa con los demás escritores, guionistas, directores. Pero yo no quiero quedarme en casa muerto de miedo, ni someterme en silencio a lo que me sugieren que haga para obtener reconocimiento.

Yo quiero despertar de la pesadilla de una vez por todas.

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Marcelo Figueras

Marcelo Figueras (Buenos Aires, 1962) ha publicado cinco novelas: El muchacho peronista, El espía del tiempo, Kamchatka, La batalla del calentamiento y Aquarium. Sus libros están siendo traducidos al inglés, alemán, francés, italiano, holandés, polaco y ruso.   Es también autor de un libro infantil, Gus Weller rompe el molde, y de una colección de textos de los primeros tiempos de este blog: El año que vivimos en peligro.   Escribió con Marcelo Piñeyro el guión de Plata quemada, premio Goya a la mejor película de habla hispana, considerada por Los Angeles Times como una de las diez mejores películas de 2000. Suyo es también el guión de Kamchatka (elegida por Argentina para el Oscar y una de las favoritas del público durante el Festival de Berlín); de Peligrosa obsesión, una de las más taquilleras de 2004 en Argentina; de Rosario Tijeras, basada en la novela de Jorge Franco (la película colombiana más vista de la historia, candidata al Goya a la mejor película de habla hispana) y de Las Viudas de los Jueves, basada en la premiada novela de Claudia Piñeiro, nuevamente en colaboración con Marcelo Piñeyro.   Trabajó en el diario Clarín y en revistas como El Periodista y Humor, y el mensuario Caín, del que fue director. También ha escrito para la revista española Planeta Humano y colaborado con el diario El País.   Actualmente prepara una novela por entregas para internet: El rey de los espinos.  Trabajó en el diario Clarín y en revistas como El Periodista y Humor, y el mensuario Caín, del que fue director. También ha escrito para la revista española Planeta Humano y colaborado con el diario El País. Actualmente prepara su primer filme como director, una historia llamada Superhéroe.

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