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Deslizándose sobre la superficie de las cosas

Por 20 de noviembre de 2006 Sin comentarios

Marcelo Figueras

No me extrañaría que le diesen el Oscar, porque Hollywood funciona de esa manera: tratando de compensar omisiones aunque eso implique premiar filmes o actuaciones que distan de ser las mejores obras de los artistas en cuestión. Pero Oscar o no Oscar, The Departed seguirá siendo una de las películas más flojas de Martin Scorsese. Sin ser un fan ni un entendido en cine de Hong Kong, prefiero largamente la película original, Infernal Affairs, porque no tenía otra pretensión que la de ser lo que es: un policial entretenido, construido sobre una trama alambicada que en esencia disimula la ausencia de otra sustancia que vaya más allá del deseo de divertir al espectador. Pero Scorsese no puede permitirse ser ligero, y le agrega al cóctel ingredientes que no estaban y que por cierto, el relato no necesitaba: por ejemplo la intención de propiciar actuaciones memorables (Nicholson lo intenta, Di Caprio también), que en general redunda en sobreactuaciones porque los personajes carecen de riqueza o profundidad alguna; o la invención de un pasado para sus protagonistas del que poder colgar las nociones de culpa y de redención a las que es tan afecto.

Por supuesto, no estoy diciendo que la película sea mala. En el contexto actual de Hollywood, The Departed es un lujo. Hay momentitos brillantes de Nicholson y dos papeles pequeños pero rendidores para Alec Baldwin y Mark Wahlberg. La edición de Thelma Schoonmaker, cómplice histórica de Scorsese, es más filosa que nunca, y las canciones elegidas comentan la trama con la elegancia de siempre. Pero más allá del buen rato que proporciona mientras dura, una vez que The Departed acaba también termina su presencia en el alma. Al menos en Cape Fear, la remake que hizo del original de J. L. Thompson, Scorsese daba una vuelta de tuerca al cuento al sugerir que el bueno de la película era un abogado corrupto y que esa corrupción no era ajena al destino de violencia que golpeaba a su puerta. Pero The Departed no le agrega nada a Infernal Affairs. Si oyen por ahí que la película reflexiona sobre el tema de la identidad, o sobre la delgada barrera que separa la ley del delito, no lo crean: The Departed no reflexiona sobre nada, es apenas un juego de espejos que se consume en sí mismo.

¿Se acuerdan de Mean Streets, la película que lo puso en el mapa a comienzos de los ’70? A veces creo que toda la filmografía de Scorsese puede interpretarse a la luz de los personajes de aquel film. Mientras el que dominó su alma fue Charlie, el personaje de Harvey Keitel, sus películas valieron la pena: en aquel entonces Scorsese vivía en una tensión insoportable entre sus deseos de hacer buena letra y su propensión a la violencia y a los excesos, entre la omnipresencia de sus afectos y su incapacidad de comprometerse emocionalmente, entre lo inasible de la redención buscada y la aplastante realidad de la culpa. El Travis Bickle de Taxi Driver y el Jake La Motta de El toro salvaje y el Henry Hill de Goodfellas son hijos de esa misma tensión. Pero cuando en el alma de Scorsese empezó a primar Johnny Boy, el personaje que en Mean Streets interpretaba un jovencísimo De Niro, sus películas empezaron a irse en picada. Johnny Boy es un personaje desatado, que sabe que se encamina sin desvíos ni dilaciones hacia su autodestrucción y aun así no puede hacer otra cosa que apretar el acelerador. Charlie es consciente de que el sufrimiento es parte esencial de la vida, y lo asume como quien carga con su cruz; Johnny Boy huye del sufrimiento como de la peste. Después del dolor que parece haberle producido el proceso de creación de sus obras mayores, Scorsese parece determinado a ya no sufrir más. Algo similar a lo que le pasó a Brando después del Último tango: habiéndose asomado al abismo del alma, el pobre Marlon no quiso visitarlo nunca más –aun al precio de no volver a hacer una película decente. 

Con Gangs of New York, con El aviador y con The Departed, Scorsese filma cada vez más de la manera en que Johnny Boy vive: a mil por hora, deslizándose sobre la superficie de las cosas, como si su único deseo fuese el de poner fin a este tormento.

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Marcelo Figueras

Marcelo Figueras (Buenos Aires, 1962) ha publicado cinco novelas: El muchacho peronista, El espía del tiempo, Kamchatka, La batalla del calentamiento y Aquarium. Sus libros están siendo traducidos al inglés, alemán, francés, italiano, holandés, polaco y ruso.   Es también autor de un libro infantil, Gus Weller rompe el molde, y de una colección de textos de los primeros tiempos de este blog: El año que vivimos en peligro.   Escribió con Marcelo Piñeyro el guión de Plata quemada, premio Goya a la mejor película de habla hispana, considerada por Los Angeles Times como una de las diez mejores películas de 2000. Suyo es también el guión de Kamchatka (elegida por Argentina para el Oscar y una de las favoritas del público durante el Festival de Berlín); de Peligrosa obsesión, una de las más taquilleras de 2004 en Argentina; de Rosario Tijeras, basada en la novela de Jorge Franco (la película colombiana más vista de la historia, candidata al Goya a la mejor película de habla hispana) y de Las Viudas de los Jueves, basada en la premiada novela de Claudia Piñeiro, nuevamente en colaboración con Marcelo Piñeyro.   Trabajó en el diario Clarín y en revistas como El Periodista y Humor, y el mensuario Caín, del que fue director. También ha escrito para la revista española Planeta Humano y colaborado con el diario El País.   Actualmente prepara una novela por entregas para internet: El rey de los espinos.  Trabajó en el diario Clarín y en revistas como El Periodista y Humor, y el mensuario Caín, del que fue director. También ha escrito para la revista española Planeta Humano y colaborado con el diario El País. Actualmente prepara su primer filme como director, una historia llamada Superhéroe.

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