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Opresor y amenazado

Por 18 de enero de 2015 Sin comentarios

Lluís Bassets

Es la única nación occidental que está ocupando a otro pueblo. También es la única amenazada en su existencia. El país que reúne tan extrañas condiciones es Israel, al decir de Ari Shavit, editorialista del diario Haaretz y autor de esta inusual colección de ensayos y reportajes que componen una historia entera de su país a partir de una antigua y relevante memoria familiar, una intensa experiencia vital y una minuciosa indagación periodística.
Shavit es originario de Rejovot, la ciudad universitaria donde se gestó el proyecto de arma nuclear israelí, e hijo de una familia con notables antepasados sionistas. Como todos los israelíes laicos, hizo su servicio militar, en su caso como paracaidista, y se vio obligado a custodiar a detenidos palestinos en campos de detención durante la primera Intifada. Aunque ha militado en los movimientos pacifistas en contra de la ocupación, no cree en las soluciones sencillas y rápidas ni que la paz esté a la vuelta de la esquina, porque observa que ?la condición israelí es extremadamente compleja, e incluso trágica?. En nada se expresa más claramente esta complejidad como en la doble condición de Israel como país opresor y a la vez país amenazado, algo difícil de entender para el común de los mortales y que suele escapar a los esquemas al uso que dividen el mundo entre derecha e izquierda. Es difícil de entender incluso para los israelíes, que prefieren buscar, como todos, un punto de vista claro y contundente a favor de unos o de los otros sin mayores matices.
Shavit se esfuerza por profundizar en estas dos caras de una realidad compleja, en dirección contraria a la falsa claridad del maniqueísmo respecto a israelíes y palestinos, que echa todo el peso de la iniquidad sobre unos en la medida en que no recae sobre los otros. No es fácil su indagación, porque implica un esfuerzo de autenticidad que va más allá de la verificación periodística: mirar la realidad de frente, llamar a las cosas por su nombre, recordar la historia entera sin falsificaciones hasta reconocer la incompatibilidad radical entre los intereses y los derechos de palestinos e israelíes.
Shavit no se engaña respecto a la limpieza étnica efectuada en la guerra de independencia israelí para rehacer totalmente el país, desposeer a la población palestina y sustituirla por los nuevos habitantes. Tampoco, sobre la violencia y la crueldad ejercida por unos y por otros, en su caso con especial atención a las atrocidades propias.
Capítulo especial es el que dedica a su experiencia durante 12 días como guardián de un campo de prisioneros palestinos, que en su mayoría no son terroristas, sino manifestantes y lanzadores de piedras, tratados de forma inhumana hasta la tortura. En él se enfrenta a las comparaciones odiosas y odiadas que se agolpan en su cabeza y en las de sus compañeros. ?Las asociaciones son demasiado fuertes?, asegura. El problema no es la similitud entre esos campos y los que conocieron el exterminio de los judíos, concluye, sino ?que no hay una falta suficiente de similitud?. Al menos, ?para silenciar de una vez por todas los ecos malignos?.
Shavit quiere comprender. A los palestinos, claro está. Pero también y todavía más a los suyos, a sus bisabuelos y abuelos, a sus padres y a sí mismo, y a sus conciudadanos de todas las tribus israelíes. Por eso habla con todos y a todos les da la palabra, desde los extremistas judíos de Gush Emunim hasta los palestinos que niegan el Estado judío.
Hay un trasfondo de piedad enorme hacia todos, palestinos e israelíes, hacia sus sufrimientos y sus angustias, pero también un sentido de pertenencia irrenunciable respecto a la identidad judía, así como un orgullo profundo por la conquista excepcional de ese Estado creado de nueva planta al hilo de un sueño milenario que el escritor comparte enteramente.
Shavit analiza los siete peligros que se ciernen sobre su país y hacen temer por su futuro, en el preciso momento en que el caos regional le abre nuevas ventajas estratégicas. En primer lugar, el mar islámico, 1.500 millones de creyentes, en el que se encuentran sumergidos un puñado de millones de judíos. En segundo lugar, el mundo árabe con su fracasado nacionalismo y su demografía amenazante. En tercer lugar, la realidad palestina, la más directamente incompatible. En cuarto, los propios árabes israelíes, ?oprimidos por el sionismo? y convertidos en una minoría dentro del Estado judío. Y luego, tres peligros interiores: una psicología colectiva sin el compromiso y el sentido utópico que permitió la fundación del Estado, una amenaza moral derivada de la ocupación de otro pueblo que podría conducir al militarismo y al fascismo, y una corrosión de la identidad israelí que se desmorona en forma de tribalismos.
Shavit se despide en este libro de la esperanza de paz. ?No en esta generación?. Y se agarra desesperadamente a la nueva identidad israelí que está surgiendo de esta tragedia, que es la de una experiencia en el límite, una vida nacional intensa y emocionante, pero también bárbara y peligrosa, como bailar en el borde mismo del acantilado.
(Este texto es la reseña del libro 'Mi tierra prometida. El triunfo y la tragedia de Israel' de Ari Shavit. Traducción de J. F. Varela Fuentes Debate. Barcelona, 2014. Ha sido publicada también en el número de Babelia del sábado 17 de enero).

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Lluís Bassets

Lluís Bassets (Barcelona 1950) es periodista y ha ejercido la mayor parte de su vida profesional en el diario El País. Trabajó también en periódicos barceloneses, como Tele/eXpres y Diario de Barcelona, y en el semanario en lengua catalana El Món, que fundó y dirigió. Ha sido corresponsal en París y Bruselas y director de la edición catalana de El País. Actualmente es director adjunto al cargo de las páginas de Opinión de la misma publicación. Escribe una columna semanal en las páginas de Internacional y diariamente en el blog que mantiene abierto en el portal digital elpais.com.  

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