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El Estado del Kremlin

Por 6 de diciembre de 2014 Sin comentarios

Lluís Bassets

El estado de la Unión es una de las más genuinas ceremonias de la vida política estadounidense. El presidente pronuncia cada año ante las dos cámaras del Congreso un discurso en el que ofrece a sus conciudadanos la agenda legislativa, junto con un balance y unas orientaciones generales sobre la marcha del país. El objetivo central es la fundamentación de una idea obligada: el estado de la Unión es excelente.
Estados Unidos tiene el privilegio de ser imitado tanto por los amigos como por los adversarios. No hay país donde no se haya instalado una forma u otra de ceremonia similar. La Rusia poscomunista ha seguido el mimetismo, en su caso adaptado a la relevancia que tiene la jefatura del Estado en el país de los zares y los dictadores bolcheviques, tal como hemos visto este pasado jueves. Como en Washington, en Moscú también asisten los parlamentarios, junto a las altas jerarquías del Estado, pero la ceremonia no se celebra en la Duma, sino en el Kremlin, acompañado de todo el boato tradicional. Y como en casi todos los países, el acto contiene un mensaje de afirmación y de orgullo nacional, que este año viene a justificar nada menos que la primera modificación unilateral y violenta de fronteras que se ha producido en Europa desde el final de las guerras balcánicas y a coincidir con el peor momento de la economía rusa desde la crisis de los noventa, posterior a la disolución de la Unión Soviética. A los europeos nos interesa ahora mismo tanto o más el estado de la nación de la Rusia de Putin que el estado de la Unión de Obama. Con Washington las relaciones son estrechas y claras, mientras que con Moscú son distantes y confusas. Rusia se ha zampado Crimea y amenaza con llevarse otro bocado de Ucrania, pero a la vez es la principal compañía del gas europea, un socio inversionista considerable, un mercado para nuestros productos, y también un agente internacional imprescindible para estabilizar Oriente Próximo o frenar el arma nuclear iraní. Es socio ineludible y a la vez un vecino amenazante que quiere derecho de veto sobre todo su antiguo imperio. No sabemos si estamos al borde de una nueva guerra fría o de inventar un nuevo tipo de relaciones a la vez de cooperación y enfrentamiento.
Después de escuchar a Putin, no cabe decir que Rusia se halle en buen estado. Su economía está entrando en recesión, el rublo cae por la pendiente y su industria petrolífera, 40% de los ingresos, sufre los devastadores efectos de unos precios declinantes. Todo ello debilita a Putin dentro de Rusia y enerva sus reflejos revanchistas y añorantes del pasado perdido de puertas afuera. El mal estado de Rusia es también malo para Europa, que no ha sabido encontrar la distancia y la forma exacta con que debe seguir tratando a este vecino a la vez peligroso e imprescindible. 

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Lluís Bassets

Lluís Bassets (Barcelona 1950) es periodista y ha ejercido la mayor parte de su vida profesional en el diario El País. Trabajó también en periódicos barceloneses, como Tele/eXpres y Diario de Barcelona, y en el semanario en lengua catalana El Món, que fundó y dirigió. Ha sido corresponsal en París y Bruselas y director de la edición catalana de El País. Actualmente es director adjunto al cargo de las páginas de Opinión de la misma publicación. Escribe una columna semanal en las páginas de Internacional y diariamente en el blog que mantiene abierto en el portal digital elpais.com.  

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