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El árbol del ahorcado

Por 7 de mayo de 2010 Sin comentarios

Lluís Bassets

Son viejos los partidos, es viejo el sistema y también lo es este país que ha quedado colgado esta pasada madrugada de todos sus arcaísmos electorales y políticos. Para que todo funcione de forma aceptable deberá renovarse, como mínimo, la cúspide del laborismo; pero también el sistema electoral; e incluso las mentalidades. Con los resultados electorales en la mano, en cualquier otro país europeo, continental por más señas, se formaría una coalición en la que se buscaría un común denominador entre los programas de los partidos coaligados y se repartirían los cargos ministeriales en función del número de escaños parlamentarios. Esto es algo que repugna en el país donde las cosas se han resuelto siempre en el turno de poder entre dos partidos, y por eso cuesta imaginar una coalición conservadora-liberal.

El hecho indiscutible, por más que Brown construya una barricada en la puerta del número 10 de Downing Street, es que el laborismo ha perdido su mandato democrático para seguir gobernando. Así lo ha visto David Cameron en su primera declaración ante los resultados electorales esta mañana. El problema es que los conservadores no han obtenido un mandato suficiente para exigirle a Brown que levante la barricada y abra la puerta del número 10. Si a la noticia de que ninguno de los dos grandes partidos de toda la vida tiene la mayoría de gobierno se suma que tampoco los liberal demócratas de Nick Clegg han recibido un espaldarazo para intentar dirigir el país, al contrario, pues han quedado de nuevo donde siempre han estado, limitados como máximo a intentar ejercer de bisagra, se deducirá entonces hasta qué punto el parlamento de Westminster ha quedado colgado, asfixiado, ahorcado incluso por esos resultados electorales.
Estas elecciones tienen algo de fin de época, sobre todo para los laboristas. Los votos han puesto fin a los trece años consumidos entre Tony Blair y Gordon Brown con una clara desautorización, que contiene el deseo de ver a los diputados laboristas sentados en los escaños de la oposición. La etapa en que se desplegó el último experimento de la socialdemocracia europea ha quedado totalmente clausurada. Hubo muchas etiquetas para esta tendencia, que en algún momento encandiló incluso a la derecha más moderada: Tercera Vía, el Nuevo Laborismo, los Nuevos Progresistas, los Nuevos Demócratas, el Nuevo Centro (Neue Mitte), y tres protagonistas como Bill Clinton, Gerhard Schroeder y sobre todo Tony Blair, el más conspicuo y peculiar de todos ellos, que engarzó su itinerario e incluso sus ideas con los ?neocons? y George W. Bush. Nada queda de todo ello después de la derrota de Gordon Brown, último y mediocre epígono de la moda ideológica más fascinante de la década de los 90.
El problema es que tampoco nada ha nacido todavía después de la clausura de la anterior etapa. David Cameron es una promesa desde hace cinco años, a la que hizo sombra mediática otra promesa quizás prematura, la de Nick Clegg, pero ni uno ni otro han inaugurado todavía un camino que parezca nuevo hacia algún destino distinto. Tampoco ha sucedido nada parecido en el continente, donde quienes podían haberlo intentado, como Angela Merkel y su ministro de Exteriores liberal, Guido Westerwelle, se hallan en horas muy bajas, tal como van a corroborar con gran probabilidad los resultados electorales de Renania del Norte-Wesfalia el ?land? más grande de Alemania, que va a las urnas este domingo.
La dificultad para gobernar, la desorientación, la crisis del sistema electoral, aliñadas con la desconfianza y el disgusto de los ciudadanos, no son exclusivas británicas. Las cosas que están sucediendo en Reino Unido, como las que suceden en cualquier rincón europeo, parecen imágenes fractales de una crisis, no sólo económica, que todo lo ocupa y todo lo corroe. El único dato positivo de todo ello es que los británicos, aunque no les guste, están en el mismo barco que todos los otros europeos, o si se quiere, colgados del mismo árbol.

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Lluís Bassets

Lluís Bassets (Barcelona 1950) es periodista y ha ejercido la mayor parte de su vida profesional en el diario El País. Trabajó también en periódicos barceloneses, como Tele/eXpres y Diario de Barcelona, y en el semanario en lengua catalana El Món, que fundó y dirigió. Ha sido corresponsal en París y Bruselas y director de la edición catalana de El País. Actualmente es director adjunto al cargo de las páginas de Opinión de la misma publicación. Escribe una columna semanal en las páginas de Internacional y diariamente en el blog que mantiene abierto en el portal digital elpais.com.  

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