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Al fin aparecen las armas de destrucción masiva

Por 16 de noviembre de 2011 Sin comentarios

Lluís Bassets

En Libia, no en Irak. Ocho años más tarde. Sin invasión americana y sin inspectores de Naciones Unidas. Era el detalle que faltaba para redondear la comparación entre el disparate de Irak y el éxito de Libia. Disparate desde el principio: el de la demonización de Sadam Hussein sin que existieran evidencias de la existencia de arsenales, como la aceptación de Gadafi en el club de los personajes honorables sin suficientes garantías ni inspecciones; el primero con los inspectores de la OIEA metidos hasta la cocina pero sin resultado satisfactorio y el segundo realizando negocios con todo lo más granado del capitalismo occidental sin apenas control de nadie.

Ha sido el nuevo gobierno libio el que ha descubierto dos escondrijos secretos y no declarados donde Gadafi guardaba los arsenales sobre cuya existencia mintió a Tony Blair y a sus otros aliados. En 2003 el régimen aseguró que había destruido su arsenal, pero ahora se ha comprobado que solo lo hizo en parte y que todavía mantenía una buena y peligrosa santabárbara de gas mostaza y otras armas químicas. Este tipo de declaraciones, junto al acuerdo sobre el atentado de Lockerbie, sirvieron para lavar la imagen del régimen y permitirle su reintegración en la comunidad internacional, a pesar de su acreditado pasado terrorista.
La comparación entre Libia e Irak no puede ser más aleccionadora, y explica la pasión con que algunos neocons todavía critican la actuación de la OTAN y defienden, al menos subrepticiamente, las virtudes estabilizadoras de Gadafi y las ventajas que proporcionan dictadores comprados de este tipo en frente del islamismo.
Todo lo que se hizo mal en Irak se ha hecho bien el Libia: resolución de Naciones Unidas, coalición con participación árabe, apoyo aéreo de la OTAN, derrocamiento del dictador a cargo de los propios libios. Y lo que se ha hecho mal en Libia, como es permitir el linchamiento de Gadafi, no puede decirse que se hiciera mejor en Irak, donde Sadam Husein fue ejecutado sumariamente de forma vengativa y vergonzosa.
Quien tenga dudas sobre la orientación del país en el futuro, mayores podría tenerlas sobre la evolución de Irak, cada vez más en la esfera de influencia de Irán. Y por si faltara algún razonamiento a estos silogismos, basta con observar las revueltas árabes como una cadena de movilizaciones con efectos cada una en la siguiente. Sin Túnez, no hay Egipto. Sin Egipto no hay Libia. Y sin Libia, no tendríamos algún día cercano a Siria.
El único argumento que aguanta es el del inmovilismo: no hay duda que un mundo inmutable y estático es el ideal obligado de los conservadores, que afortunadamente la vida se encarga de desmentir a diario.

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Lluís Bassets

Lluís Bassets (Barcelona 1950) es periodista y ha ejercido la mayor parte de su vida profesional en el diario El País. Trabajó también en periódicos barceloneses, como Tele/eXpres y Diario de Barcelona, y en el semanario en lengua catalana El Món, que fundó y dirigió. Ha sido corresponsal en París y Bruselas y director de la edición catalana de El País. Actualmente es director adjunto al cargo de las páginas de Opinión de la misma publicación. Escribe una columna semanal en las páginas de Internacional y diariamente en el blog que mantiene abierto en el portal digital elpais.com.  

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