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La extraña y discreta historia de Sévérine

Por 25 de julio de 2019 diciembre 23rd, 2020 Sin comentarios

Jesús Ferrero

 

Esa gélida mujer de la gélida burguesía francesa que camina nerviosa, indecisa, por el barrio de la Ópera, se llama Sévérine, y acaba de llegar a la calleja donde se halla la casa de Anaïs.

Sévérine se fija en una mujer que cruza la acera y que entra en el portal que ella busca. Le gustaría seguirla, pero aún no se atreve, y corre a ver a su marido. Quiere agarrarse a él, ¿podrá hacerlo todavía?

Su marido es guapo y la desea, pero ella necesita algo más que el amor conyugal: un narcótico bien fuerte que le facilite el olvido de sí misma y le anule la mirada de desdén y desgana que tiene hacia los demás, el aire de ausencia casi «hamletiana». De ahí que se acueste con un hombre esa misma tarde en casa de Anaïs, como si viera en ese proceder una vía de purificación, así como el camino de imperfección que la despierte y la libre de su gelidez. 

Sévérine, que en casa de Anaïs se llamará Belle de jour, está entrando ya en la tribu de hombres y mujeres que necesitan una realidad más contrastada, más partida, más clara y más oscura. ¿Una realidad menos sutil?, me pregunto al imaginarla en ropa interior con algún impresentable. No lo sé, me respondo al recapacitar en la correcta manera de escenificar la existencia que tiene Sévérine. Porque ella es siempre correcta, también en los momentos en que el desencadenamiento de las pulsiones impide toda corrección. Y eso, ¿no la convertirá por casualidad en una mujer abusivamente civilizada? Tan civilizada resulta y tan compasiva que hasta llega a enamorarse de un pobre ratero de calcetines rotos y dentadura rota, que parece algo así como su hermano pequeño, y con el que establecerá lazos tan incestuosos como sadomasoquistas. Un encanto de pareja: la mujer instalada y la sanguijuela de acera: todo un amour fou.

¿No dijo alguien que los que hacen del infierno un cielo están más cerca de la mente de Dios? Quizá debido a ello Sévérine representa una especie de Afrodita pensativa, y todo su viaje tiene el aire de una experiencia interior, como diría Bataille. Un viaje que acaba mostrando su naturaleza positiva. Y es que en casa de Anaïs, la adormecida sensualidad de Sévérine se despierta y, una noche, decide introducirse en la cama de su marido, al que casi nunca había deseado hasta entonces. Una modificación sin precedentes se lleva a cabo en su cuerpo y en su conciencia: una revolución en su piel de porcelana de Sèvres. Gracias a sus aventuras secretas, Sévérine conseguirá, por un día, por una noche, mirar a su marido con ojos nuevos. ¿No es para alegrarse?

Los que, guiados por Buñuel, hayan tenido el privilegio de saber cómo sueña y cómo ama Belle de jour, no debieran de precipitarse nunca a la hora de enjuiciar sus ceremonias clandestinas en casa de Anaïs. En rigor, esa rubia casada con un médico es la quintaesencia de la cultura. Por eso no hace daño a nadie, ni siquiera a su marido; y por eso, en lugar de agredir a los otros, establece con ellos juegos mucho menos monstruosos de lo que parecen: juegos de salón llenos de inhibiciones sublimadas que, por efecto de cierta alquimia del deseo, se convierten en exhibiciones teatrales de la fractura del yo.

Dicho de otra manera: Belle de jour es una mujer con tanta clase que en lugar de practicar la violencia la ritualiza, y al ritualizarla la neutraliza completamente. De ahí que en todas sus ensoñaciones las agresiones aparezcan tan teatralizadas: son pura comedia, quizá comedia de la crueldad, pero comedia a fin de cuentas. 

Y ahora no estaría mal recordar ciertas especies animales como las ocas que, porque saben ritualizar la violencia, en vez de tener guerras tienen escaramuzas. Pero semejante «teatralización» es siempre el resultado de un largo proceso de inhibición y socialización. Lo que en el origen fueron golpes mortales se van convirtiendo, con el paso del tiempo, en simples gestos, que en lugar de expeler violencia bruta la representan ritualmente, la simulan, la convierten en un lenguaje, la transmutan en signos.

Sévérine, mujer hipercivilizada, no necesita leer a Lorenz para llegar a esa ciencia de la naturaleza, y cabe pensar que es ahí donde más choca con su marido, mucho menos inclinado a semejantes rituales; pero es que él es cirujano, y los cirujanos ejercen explícita y científicamente la violencia todos los días. Sévérine, sin embargo, ni la ejerce ni la muestra. Por eso la ritualiza con esa discreción y esa elegancia, y por eso todo en ella tiene el aire de un íntimo, desconcertante, y sólo a veces peligroso teatro de la crueldad modulada.



 

 

 

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Jesús Ferrero

Jesús Ferrero nació en 1952 y se licenció en Historia por la Escuela de Estudios Superiores de París. Ha escrito novelas como Bélver Yin (Premio Ciudad de Barcelona), Opium, El efecto Doppler (Premio Internacional de Novela), El último banquete (Premio Azorín), Las trece rosas, Ángeles del abismo, El beso de la sirena negra, La noche se llama Olalla, El hijo de Brian Jones (Premio Fernando Quiñones), Doctor Zibelius (Premio Ciudad de Logroño), Nieve y neón, Radical blonde (Premio Juan March de no novela corta), y Las abismales (Premio café Gijón). También es el autor de los poemarios Río Amarillo y Las noches rojas (Premio Internacional de Poesía Barcarola), y de los ensayos Las experiencias del deseo. Eros y misos (Premio Anagrama) y La posesión de la vida, de reciente aparición. Es asimismo guionista de cine en español y en francés, y firmó con Pedro Almodóvar el guión de Matador. Colabora habitualmente en el periódico El País, en Claves de Razón Práctica y en National Geographic. Su obra ha sido traducida a quince idiomas, incluido el chino.

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