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Eder. Óleo de Irene Gracia

Javier Fernández de Castro

A los norteamericanos les encantan las historias de superación heroica, y cuanto  cuanto más dramáticas y desesperadas sean las circunstancias, mejor. La única condición que pone el público en general para dejarse contar tales historias es que tengan un final feliz. Faltaría más.  Cada  año decenas de miles de norteamericanos se ganan la vida dando cursos de superación personal  en universidades, empresas y centros cívicos, redondeando sus ingresos escribiendo libros de autoayuda. Pero si el protagonista lucha sin medios contra una situación que lo supera y pierde (incluso la vida) dónde está el chiste. Y cómo se cuenta esa historia. O quién.
Hasta cierto punto es lo que le pasó a Christopher McCandless, inmortalizado primero por Jon Krakauer en su libro Into the Wild y después por Sean Penn en la película del mismo nombre. Según cuentan Krakauer y Penn, el joven McCandless fue poniéndose a prueba en retos cada vez más difíciles hasta que decidió irse a Alaska como aquél que dice con las manos en los bolsillos, hasta el punto de que el automovilista que lo acercó a su destino tuvo que regalarle unas botas porque ni siquiera llevaba el calzado adecuado. Puesto que tampoco poseía unas nociones básicas de supervivencia en condiciones extremas, las brutales condiciones de Alaska, las dificultades para encontrar comida y sobre todo la ignorancia demostraron ser más fuertes que él y no sobrevivió para contarlo.
Cosa que no le ocurre a Cheryl Strayed, la autora de Salvaje. Vaya por delante que, sin llegar a los extremos de McCandless, la aventura que aquí se cuenta es alucinante: el recorrido de un tramo de casi 2.000 kilómetros a pie, sola y sin apenas experiencia por el Pacific Crest Trail, una ruta que va desde la frontera de México a la de Canadá (4.000 kilómetros para quien se proponga hacerla entera) y que recorre la sucesión de cordilleras que bordean la costa del Pacífico con alturas superiores a los 3.500 metros, y por lo tanto con posibilidad cierta de nevadas y tormentas de nieve.
En el momento en que a Cheryl Strayed se le ocurrió echarse al monte (1995) esa ruta estaba aún muy poco transitada y apenas ofrecía infraestructuras. En ocasiones los puntos de avituallamiento se encontraban a más de 150 kilómetros unos de otros, lo cual obligaba a los senderistas a cargar con una impedimenta descomunal para sobrevivir durante los cinco o seis días que duraba la caminata entre un puesto y otro. Sobre todo el agua era una pesadilla, aun llevando productos químicos y una bomba depuradora, pues por si acaso era preciso cargar varios litros para no deshidratarse.
En esas condiciones casi resultan anecdóticos los encuentros con osos, coyotes, serpientes de cascabel y, sobre todo, las ocasiones apariciones en descampados de fornidos y asilvestrados senderistas que vaya usted a saber qué intenciones abrigarían después de tanta hormona acumulada durante los largos y obligados periodos de abstinencia en los bosques. Ese aspecto, el de la sexualidad latente o explícita en los caminos y los caminantes es uno de los muchos atractivos de este libro, sobre todo porque Sheryl Strayed lo trata con un gran sentido del humor y mucho tacto, aparte de que pese a sus ataques de pánico resulta que en el camino sólo encontró caballeros que se portaron como tales.
Probablemente, la necesidad de alternar el relato de sus experiencias en la naturaleza y las circunstancias personales que motivaron la posibilidad de emprender tan inusual aventura sea la parte menos lograda. No me refiero a sus antecedentes familiares y sus andanzas biográficas, que están contadas con la misma eficacia y salero que las del sendero, sino a las motivaciones personales previas al viaje. Tienen un tonillo de autoayuda (o de material susceptible de ser vendido después) no demasiado convincente. Pero por fortuna no es un elemento central en el relato y éste es en sí mismo tan entretenido e imprevisible que se pasan las páginas casi sin querer. Frío, calor, hambre, dolor, miedo y, casi como una constante, el deseo de volverse a casa y poner fin a semejante insensatez. Increíble. Y encima salir vivo para contarlo.
Salvaje es una estupenda lectura de verano que ya está despertando toda clase de lógicos entusiasmos en el público femenino, para el cual la identificación con la voz narradora y sus estados de ánimo es casi inmediata y hasta el final. Los perezosos pueden esperar un poco porque está viniendo la versión cinematográfica protagonizada por Reese Witherspoon y con guión de Nick Hornby. Pero mientras tanto hay toda clase de material gráfico en Internet.

Salvaje
Cheryl Strayed
Roca

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Javier Fernández de Castro

Javier Fernández de Castro (Aranda de Duero, Burgos, 1942- Fontrubí, Barcelona, 2020) ejerció entre otros los oficios de corresponsal de prensa (Londres) y profesor universitario (San Sebastián), aunque mayoritariamente su actividad laboral estuvo vinculada al mundo editorial.  En paralelo a sus trabajos para unos y otros, se dedicó asiduamente a la escritura, contando en su haber con una decena de libros, en especial novelas.

Entre sus novelas se podrían destacar Laberinto de fango (1981), La novia del capitán (1986), La guerra de los trofeos (1986), Tiempo de Beleño ( 1995) y La tierra prometida (Premio Ciudad de Barcelona 1999). En el año 2000 publicó El cuento de la mucha muerte, rebautizado como Crónica por el editor, y que es la continuación de La tierra prometida. En 2008 apareció en Editorial  Bruguera,  Tres cuentos de otoño, su primera pero no última incursión en el relato corto. Póstumamente se ha publicado Una casa en el desierto (Alfaguara 2021).

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