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Señoras rubias buscan morenos jóvenes

Por 19 de junio de 2006 diciembre 23rd, 2020 Sin comentarios

Cuando fui a Cuba me quedé en un hotel para turistas sexuales. La mayoría de los huéspedes no eran hombres sino mujeres: europeas de clase media que chapoteaban en las piscinas y se divertían en los bares con atractivos mulatos de abdómenes cuadriculados y sonrisas de comercial de dentífrico.

Las mujeres no eran ancianas ni feas. Al contrario, muchas de ellas eran atractivas, y la mayoría oscilaban entre los treinta y los cuarenta años. Sus chicos podían ser un poco más jóvenes, pero los que vi eran todos claramente mayores de edad. De hecho, nada tiene de anormal que alguna turista conozca a un chico del país que visita, lo invite a su hotel y salgan y se diviertan juntos. Lo raro es que todas las turistas lo hagan. En la piscina y en el restaurante del hotel había decenas de parejas bicolores. Nunca había visto algo así, en ningún hotel del mundo.

Esa experiencia me mostró el tenue límite entre la diversión y la prostitución. Ninguno de los chicos de la piscina se consideraba un asalariado del sexo, y ninguno tenía una tarifa. De hecho, la mayoría de ellos tenía trabajos y no recibía dinero por lo que hacía con las turistas. Pero todos recibían regalos, cenas, ropa, copas. Y sin embargo, era lógico. Eran cubanos. ¿Acaso podían invitar ellos a una chica a cenar en el hotel?

Invirtamos la situación: si yo hubiese encontrado una chica guapa pero sin divisas. ¿Habría tenido que dejar de invitarla, y por tanto dejar de verla, para no ser un turista sexual? Si fuésemos rígidos con las definiciones, habría que prohibir el amor en la isla. Eso es lo más complicado del comercio de las emociones. Es muy difícil reglamentar la protección al consumidor.

La película Hacia el sur del director Laurent Cantet apunta directamente al núcleo de esa cuestión. Sus personajes son tres mujeres alrededor de la cincuentena que frecuentan un paradisiaco balneario haitiano en busca del amor de jóvenes negros. En uno de los países más pobres del mundo, bajo la dictadura del sangriento Papa Doc, esas señoras pueden vivir como ricas y sentirse a salvo de las exigencias sexuales de sus liberales pero sosas sociedades primermundistas. Sin embargo, cuando uno de esos jóvenes, el más guapo, el dueño del cuerpo más púber, empieza a producirles sensaciones que van más allá del sexo, el hechizo se rompe, y el amor da al traste con la fantasía de un edén perfecto.

Con esas premisas es muy fácil desbarrancarse en el cliché, pero la historia fluye con la ambigüedad moral que necesita para ser profunda y conmovedora. Porque no nos muestra la manipulación de los pobres por los ricos, sino la manipulación mutua de dos pobrezas: la material y la de los sentimientos. Quizá estas señoras puedan comprar el cuerpo de estos chicos, y quizá estos chicos estén dispuestos a mentirles para sostener sus fantasías. Pero a la vez, ellos les ofrecen un refugio para su soledad, y ellas les dan a cambio unos momentos para olvidar un país en el que te pueden perseguir a balazos por la calle. Cada quien trafica con sus miserias en un libre juego de oferta y demanda mutua.

Por eso, visualmente, la película se construye a base de contrastes: las playas de postal caribeña contra la repugnante miseria de Puerto Príncipe; los cuerpos núbiles, prietos y oscuros contra los blancos y decadentes. Y ahí, una Charlotte Rampling más brillante que de costumbre, capaz de desmoronarse por dentro sin modificar su mirada azul hielo, dice: “soy adicta al sexo. O al amor. Ya no recuerdo a cuál”.

El peligro con esa adicción es que es cara, y no sólo me refiero a los billetes deslizados en los calzoncillos de sus jóvenes amantes. De hecho, ésa es la parte menos costosa.

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