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Pudor: la película

Por 17 de enero de 2007 diciembre 23rd, 2020 Sin comentarios

Por primera vez en mi vida, he visto una película basada en una historia mía. Y creo que tengo suerte. Realmente la disfruté. La mayoría de los escritores viven quejándose de que las adaptaciones cinematográficas destrozan sus novelas. En cambio, si nadie en el mundo hubiese leído Pudor y el libro hubiese servido sólo para hacer esta película, en lo que a mí respecta, ya habría valido la pena.

La película me sorprendió sobre todo por su dureza emocional. Ver las cosas en vez de leerlas produce un efecto más contundente. Pero sobre todo, hay una diferencia entre la novela y el guión: la ausencia del gato. En el original, la mascota es un personaje más que busca una hembra para perder la virginidad. Mucha gente me ha dicho que el gato es lo que más disfruta del libro, y siempre me he preguntado por qué. Sólo ahora comprendo que ese felino inyecta alivios cómicos en la historia, y que sin él, la soledad de los personajes es mucho más dolorosa. En algunas escenas, me quedaba sin aire ante el drama de esa familia, y me decía: “¿esto salió de mi cabeza? Debo ser un psicópata.”

Mientras escribía, uno de los rasgos de estilo que más me interesaba era la contención: por terrible que fuese cada historia, ninguno de sus personajes debía hacer demasiados aspavientos, ni reflexionar sobre su vida, del mismo modo que actúan las personas. En la literatura, uno puede recurrir a las cosas que el personaje piensa, recuerda o siente en cada momento. Pero en la película, todo lo que ocurre en su interior debe exteriorizarse mediante el cuerpo. Elvira Minguez, no puede detenerse y hacer un monólogo sobre su vida sexual. Basta con el gesto de darse la vuelta en la cama. Nancho Novo encuentra un cadáver en la calle y ve en él la muerte que le espera. No hay un párrafo escrito que diga eso. El trabajo lo tienen que hacer sus ojos. 

Uno suele alimentar sus novelas con las cosas más inesperadas: conversaciones escuchadas a medias, comerciales de televisión, chismes. Al pasar a la película, esas frases e ideas robadas a la realidad tienen una segunda vida. Recuerdo, por ejemplo, a un anciano que vivía con su hija en mi edificio en Lima. La hija le prohibía fumar, y él se pasaba el día pidiendo cigarrillos de los desconocidos en el vestíbulo. Una madrugada, al volver a casa de una fiesta, llamé al ascensor. La puerta se abrió y una mano se me acercó desde el interior. Me llevé un susto de muerte. Era el anciano, que se había caído al suelo y desde ahí me pedía cigarrillos. Había olvidado ese episodio por completo hasta que vi la escena en que el abuelo le pide un cigarrillo a su nieta. Me pregunté qué habría sido del viejo. Supongo que ya ha muerto y que nunca sabrá que algo de él perdura en el cine: un homenaje secreto.

En otro momento, al terminar su fugaz affaire, la secretaria le dice a su jefe: “¿ahora qué vas a pensar de mí?” Ésa es una vieja broma postcoital peruana, dicha en España con el acento argentino de la actriz.

Hay miles de esos detalles en la película y, por cierto, también miles han quedado fuera, porque no caben. La novela tenía una estructura bastante cinematográfica y era relativamente breve. Aún así, ocurren demasiadas cosas para meterlas todas. La película no es corta –hora y tres cuartos-, pero la mayor parte de las historias se han recortado o tienen finales diferentes que en el original. Aunque a los escritores suelen molestarles esas alteraciones, para mí son un aporte creativo. Además, gracias a ellas, puedes ver la película y leer la novela, sin que una sea una mera repetición de la otra. Para mí son casi dos historias: una ocurre en Perú, la otra en España; una tiene unos finales, otra no; una sucede en los años 90, otra claramente en la actualidad, con la guerra de Irak en las pantallas. Sólo tienen en común ese aire de familia que produce un mundo cada vez más pequeño, en el que todos nos convertimos en espejos de los demás.

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