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Hola, la soledad al habla

Por 31 de enero de 2007 diciembre 23rd, 2020 Sin comentarios

He perdido a un amigo. Y lo he perdido en manos de la competencia más desleal: su teléfono.

La trampa la tendió Telefónica, que le regaló el aparato por su cambio de contrato. Desde que vi a mi amigo llegar con él en brazos, supe que todo cambiaría entre nosotros. Mi amigo siempre había sido un poco zarrapastroso: el tipo de chico que se baña apenas lo estrictamente necesario. No se afeitaba con regularidad y toda su ropa parecía heredada de su padre. En cambio, el teléfono era luminoso, vibrátil, moderno, y tenía Ipod, bluetooth y cámara de fotos. El teclado era fluorescente. Cuando alguien llamaba, su nombre se encendía en el auricular y transitaba de un lado a otro, como una banda sin fin hacia el futuro. Era tan hermoso que dolía.

Definitivamente, mi amigo no combinaba con su teléfono. Cuando lo sacaba del bolsillo, el contraste entre los dos lo dejaba muy mal parado. El aparato se veía reluciente, pero mi amigo parecía reducirse hasta el tamaño de una cucaracha. Una mugrecilla le nacía en el bigote, y la suela de sus zapatos se abría. Uno percibía que el aparato se avergonzaba de su dueño y trataba de disimularlo, o de cortar la llamada rápido para que no los viesen juntos. Y no me extraña. Cada vez que mi amigo empuñaba esa maquinita, más que su propietario parecía su limpiabotas.

Consciente de que se había establecido una pugna entre él y su teléfono, mi amigo cambió de guardarropa. Empezó a comprar trajes Hugo Boss y Armani, y a usar lociones después de afeitar. El cambio emparejó un poco las cosas, pero aún no era suficiente. Cuando otra gente le veía sacarlo del bolsillo, le preguntaba: “¿por qué llevas el teléfono de tu jefe?”. Y eso era aún más humillante, porque mi amigo era desempleado por vocación.

Para estar a la altura del nuevo enemigo, eran necesarios cambios más radicales. Mi amigo abandonó su cómoda situación y se vio obligado a conseguir un trabajo como gerente en una transnacional. Y como su Lada de los años 60 no tenía un lugar para conectarlo, adquirió un Mercedes del año. Pero los problemas sólo se agravaban: su casa no combinaba con el carro, así que se vio obligado a comprar un penthouse con piscina.

Al final, todas sus cosas armonizaban: su menú, su gimnasio, la vista desde su oficina. Pero su vida no combinaba con ellas. Cambió a su esposa por una rubia del gimnasio, y se compró una mamá en un barrio más próspero. Por sus hijos más una cuota mensual, le dieron un par de vástagos del colegio inglés. Finalmente, nos abandonó a sus amigos, que ya no calzábamos con el decorado de su existencia.

A veces, echamos de menos a nuestro antiguo amigo. Pero todos sabemos que la verdadera amistad no tiene precio. Por eso, hemos ido a Telefónica a cambiar nuestros teléfonos gratis. El mío tiene Internet.