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Hembras reproductoras

Por 11 de octubre de 2006 diciembre 23rd, 2020 Sin comentarios

El cine ha parido mujeres de todo calado: como las de Almodóvar, por ejemplo, que son luminosas y dulces, llenas de ganas de vivir a pesar de habitar rodeadas de hombres salvajes que violan a sus hijas. Y como las de Tarantino, que son capaces de violar a sus hijas ellas mismas: llevan sables samurais, armas de fuego y pechos como dos misiles a punto de dispararse. Ahora, bajo el aura de Michel Houellebecq, han llegado a salas españolas las mujeres de Las partículas elementales
   
Las mujeres de Houellebecq siempre son perfectas: interesantes, guapas y dotadas de una gran iniciativa sexual, a menudo se encargan del tema por sí mismas. Los hombres se limitan a acostarse en pelotas mientras ellas lo hacen todo. En esta película, las dos coprotagonistas se mantienen fieles a esa esencia y también al otro rasgo que les inocula su autor: están profundamente solas. 

Eso no sorprende, ya que en la obra de Houellebecq todos los personajes –machos y hembras- están terriblemente abandonados a sí mismos. Si tuviesen una familia en el sentido antiguo de la palabra, o una religión o un colectivo, podrían sentirse parte de algo y atenuar su vacío existencial. Pero como son europeos del siglo XXI, viven en una sociedad demasiado individualista para resultarles soportable. Son ricos y libres, viven en democracias estables y prósperas, pero no consiguen comunicarse con nadie, ni encontrar un sentido vital fuera de sí mismos. La única ilusión de unión que les queda es el sexo.

La diferencia entre hombres y mujeres en Houellebecq suele ser puramente biológica. La obsesión del novelista francés tanto en Las partículas elementales como en La posibilidad de una isla es la clonación, es decir, la reproducción asexual de la especie, que liberaría a los seres humanos de cualquier necesidad de comunicarse y, en consecuencia, de su propia humanidad. Pero las mujeres, en su universo, están diseñadas para la reproducción, un proceso en que el aporte y la carga de responsabilidad masculina es francamente desigual al de ellas.

Los dos varones de esta historia tienen dificultades para conseguir sexo, uno porque nadie se quiere acostar con él, otro porque no se quiere acostar con nadie. Pero ambas historias se resuelven cuando encuentran a la insaciable amante del campamento hippie y a la amiga de infancia respectivamente. Entonces cada uno descubre para qué servían los órganos sexuales, y la extraña relación que tienen con los sentimientos. Ellas dos, que ya habían probado todo tipo de gimnasia acrobática sexual, también encuentran en esas parejas una nueva vida para sus cuerpos. 

Pero la historia de las mujeres dará otra vuelta de tuerca. El problema de ellas no es la falta de sexo, sino la incapacidad de reproducirse: por razones médicas, ambas pierden la posibilidad de tener hijos, y con ella parte de lo que las hace ser mujeres. El giro que precipita el desenlace no es emocional sino clínico.

El final de la película no coincide con el de la novela, pero los perfiles de los personajes sí: básicamente, estas parejas no sólo están limitadas por sus problemas para comunicarse, sino también por sus cuerpos, esos envases físicos a menudo deficientes o estropeados desde los que tenemos que lidiar con el mundo de afuera y, el más implacable, el de adentro.

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