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El país de las fiestas

Por 21 de marzo de 2006 diciembre 23rd, 2020 Sin comentarios

Nunca he visto un país tan fanático de las fiestas como España. Para empezar, las duplican todas: celebran santo y cumpleaños, Navidad y Reyes, incluso prolongan los festivos hasta convertirlos en puentes. Y luego, por si aún te quedan ganas de celebrar, están las fiestas regionales, que son de tres tipos: las religiosas como la Semana Santa de Sevilla, las paganas como el carnaval de Cádiz y las fiestas en que la gente se mata o hiere, como los sanfermines de Pamplona.

Las fallas de Valencia tienen de las tres.

Llego a la ciudad en viernes, y miles de personas desfilan por el centro de la ciudad. Los trajes de las mujeres son especialmente vistosos. Algunos llegan a costar 6000 euros contando mantillas, peinetas, pendientes, collares, y todo tipo de recamados de oro y piedras preciosas.

-¿Y quién paga esos trajes? –le pregunto a mi suegra, que es de ahí-. ¿Los empresarios turísticos o el ayuntamiento?
-Los papás de las chicas.
-Ya, pero ¿Cuál es el negocio? ¿Por qué gastan tanto dinero en el traje?
-Porque les hace ilusión.

Literalmente relucientes, las mujeres le llevan ramos de flores a una virgen de veinte metros de altura. La virgen sólo tiene puesta la cabeza sobre una estructura de madera, y se va vistiendo con los ramos de distintos colores. Al culminar su desfile frente a la gigantesca imagen, las mujeres lloran de emoción. Llevan también a sus hijos e hijas, algunos de dos meses de edad, otros en carrito de bebé, pero todos rigurosamente vestidos con los costosos trajes típicos.

No muy lejos de ahí, una estatua de cartón piedra más o menos del mismo tamaño representa a una monumental mulata carnavalera bailando al ritmo de un grupo tropical. Es la otra cara de la fiesta: la representación del pecado. Cada barrio construye estatuas de cartón piedra llamadas precisamente fallas que satirizan a las personas, sus manías, sus mentiras, sus problemas. Como colosales dibujos animados que brotan por las calles.

La mulata preside la falla llamada “el baile de las máscaras” que ocupa toda una plaza y representa las falsedades de la sociedad española. Hay un gigantesco lobo con máscara de cordero, y alrededor, caricaturas de políticos y estrellas de la televisión. El mensaje es que los ricos y los poderosos siempre muestran un rostro y amable y gracioso en la prensa mientras maquillan sus presupuestos y engañan por doquier. En otro barrio hay una falla dedicada a las bodas, que compara los matrimonios de los pobres y de los ricos (y por cierto, de los gays), y llega a la conclusión de que al final todo es un negocio. Esos mensajes tan poco constructivos son el corazón de la fiesta y, la última noche, se les prende fuego. Como los carnavales, las fallas abren la puerta de lo profano y lo políticamente incorrecto, antes de volver a la normalidad: tres días para decir la verdad, y un último para reducirla a cenizas.

-Enfrente mi ventana, siempre ponen una falla –dice riendo una amiga de mi suegra-, pero yo prefiero no estar en casa cuando la queman porque las llamas casi me llegan a las cortinas. Eso sí, es muy bonito.

Esta fiesta es pura pólvora. Aparte de los incendios controlados de las estatuas, revientan cohetes y fuegos artificiales durante todo el día. Uno de los eventos centrales, la mascletà, es una batería de estallidos que ocupa toda la plaza del ayuntamiento haciendo retumbar el suelo y los edificios en diez calles a la redonda. Esta semana, la mascletá dejó once heridos. Eso está muy bien, porque hace unos años eran más. De hecho, según me explica la familia de mi novia, cada año toman nuevas previsiones y se muere menos gente, afortunadamente, porque antes era un horror.

Esto es España: la gente muere por las fiestas.

El mismo fin de semana, quince ciudades de este país convocan a un botellón masivo. Mientras los estudiantes franceses toman las calles para exigir sus derechos laborales, los españoles exigen que se respete su derecho a beber en la calle. En Granada llegan a reunirse 25000. En Barcelona se despliegan 350 policías sólo para evitar las vomitonas generalizadas. En Valencia, sin embargo, la convocatoria pasa desapercibida. De los cientos de miles de personas que llenan las calles, es de asumir que algunos comparecen en defensa de su libertad de alcoholizarse. Pero para mi suegra, todos son falleros.

-Yo fui fallera –me explica-, y mi hija lo fue, y vuestro hijo o hija, cuando lo tengáis, será fallero y le traerá ramos de flores a la virgen.

Me encanta este país.

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