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La religión vasca

Por 3 de septiembre de 2012 Sin comentarios

Eder. Óleo de Irene Gracia

Eduardo Gil Bera

En el artículo “Libertad de pensamiento” de su Diccionario filosófico, Voltaire hace dialogar en un balneario a un lord Boldmind, inglés y compendio de virtudes, con un conde Medroso, cobardica inquisidor. Habla el inglés de Marco Aurelio, Lucrecio, Plinio, Séneca y otros “doctores” que escribían lo que pensaban, y replica Medroso: “No los conozco. Pero me han asegurado que la religión católica, vasca y romana está perdida si nos ponemos a pensar.” Lo de vasca se buscará inútilmente en las traducciones españolas. No aparece en la de Martínez Drake, ni en la de Bergua, ni en las anónimas que andan por ahí enredadas; tampoco se verá en la portuguesa de Pacheco. 
 
Por algún motivo, los traductores se han tomado la libertad de pensar que hablar de “religión vasca” en semejante tono burlesco hacía feo y han preferido corregir y hermosear a Voltaire. 
 
Para construir el mayor oxímoron posible con ‘católica’ (o sea, universal) Voltaire pone ‘vasca’. Debía de estar pensando en la anécdota jesuítica que narra una conversación del cardenal Richelieu con el abate Prièves sobre Duvergier de Hauranne, el promotor del jansenismo. El abate daba como explicación del carácter retrógrado, oscurantista y visionario del jansenista “Es que es vasco…” lo cual  merecía la aprobación de Richelieu, si bien pretendía que con eso no se llegaba al fondo del asunto y añadía: “Os diré lo que pienso: es vasco, así que tiene las entrañas calientes por temperamento; ese calor excesivo hace que se le suban a la cabeza vapores que forman imaginaciones melancólicas, que él toma por reflexiones especulativas e inspiraciones del Espíritu Santo.” 
 
Así lo cuenta el jesuita Rapin en su Historia del jansenismo, que Voltaire había leído. Y bien cabría que la explicación no fuera original de Richelieu, sino del propio Rapin que así, en genuino rasgo jesuítico, se metería de paso con Loyola, lo que también entraría en la intención de Voltaire.
 
En todo caso, esto es perfectamente inactual, porque la religión vasca no está perdida si la gente se pone a pensar: no hay ni traza de que alguno vaya a pensar. Los vascos son muy religiosos y sentimentales, sobre todo en cuadrilla. Lo suyo es aovillarse a verlas venir (son varios los aficionados que me preguntan qué quiere decir bildu, pues eso: aovillar, hacer un ovillo, bonito ¿no?). Tampoco tiene nada que ver con el mandamiento loyoliano de obedecer perinde ac cadaver. Obediencia o muerte, qué alternativa más fea, eso no cabe en la cabeza de un aovillado vasco, que jamás mataría por la religión vasca, ni por moda, ni para que la cuadrilla le aplauda, porque nada más lejos de su idea que devanar un solo ovillo vasco obediente y perfumado de cadaverina.
 
Lo que hay que saber de los vascos es interpretar sus sentimientos, como le replicó el exfutbolista Aguirre al falangista Primo de Rivera en el parlamento, cuando este le insinuó que es más difícil usar la cabeza para entender a Unamuno que para rematar un córner. “Los vascos de peores cabezas somos precisamente los que tenemos la adhesión del pueblo. Esos señores, como Maeztu y Unamuno, van a nuestro país y nuestro pueblo les repele. ¿Por qué? Porque no han sabido interpretar sus sentimientos.” No hay pues que temer por la religión vasca, doctores tiene el ovillo.

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Eduardo Gil Bera

Eduardo Gil Bera (Tudela, 1957), es escritor. Ha publicado las novelas Cuando el mundo era mío (Alianza, 2012), Sobre la marcha, Os quiero a todos, Todo pasa, y Torralba. De sus ensayos, destacan El carro de heno, Paisaje con fisuras, Baroja o el miedo, Historia de las malas ideas y La sentencia de las armas. Su ensayo más reciente es Ninguno es mi nombre. Sumario del caso Homero (Pretextos, 2012).

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