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La degeneración de los tiempos

Por 22 de noviembre de 2010 Sin comentarios

Eduardo Gil Bera

 

Goethe tenía la superstición de los momentos históricos. La contrajo yendo de excursión con las tropas tudescas que iban a restablecer el orden monárquico en Francia. La noche del 19 de septiembre de 1792, entre Châlons y Verdun, junto al arroyo de la Tourbe, silbaba un viento asolador y ni la luna ni las estrellas lucían en el cielo. En tan señaladas condiciones, era nuestro héroe el centro de la soldadesca reunión en torno a la hoguera y discurseaba con gran satisfacción de todos sobre el apasionante tema “Venecia y yo”. Fue entonces cuando el marqués de Bombelles, antiguo embajador en Venecia, le estropeó la función al recordar cómo, dos años antes, mientras Goethe andaba hecho un casquivano y se dedicaba a la parranda veneciana, él había previsto el momento histórico que se avecinaba y había meditado hondamente sobre el gran cambio y otras elevadas quisicosas. 

En el instante de recogido silencio que siguió, se hizo patente que el ingrato público otorgaba su favor mudable y tornadizo al marqués clarividente y meditador. Goethe quedó escachado. ¿Qué género era ese del momento histórico? ¿Acaso no los dominaba él todos? 

La noche siguiente, el gran hombre callaba. Completamente solo y entregado a sí mismo, en su pecho ardían nobles ansias de emulación. En la tertulia, como después él mismo anotó “a todos les faltaba reflexión y juicio.” Por fin, alguien interpeló al genio, y fue entonces cuando proclamó: “Aquí y en el día de hoy, comienza una nueva época de la Historia Universal y siempre podréis decir que estuvísteis presentes.” Algunos miraron en derredor por ver si vislumbraban la nueva época, otros no chistaron, y todos comprendieron a quién debían el privilegio de que un momento histórico honrase sus vidas, hasta entonces corrientes. 

Descubierto el primero, todo fue más fácil y, en los años posteriores, fue Goethe testigo de multitud de momentos históricos que  él mismo indicaba didácticamente a la concurrencia. Llegó a ser tan gran fabricante de momentos históricos que los regalaba a la gente vulgar, como hizo con Hölderlin, cuando le llamó “Hölterlein” y le aconsejó que escribiera breves poemas sobre asuntos que tuvieran algún interés para la gente, el 22 de julio de 1797, fecha de fausta memoria en la literatura universal porque Hölderlin empezó a escribir largos poemas sobre asuntos que no interesaban a Goethe.

Una variante de la superstición del momento histórico es la de las cosas interesantes. Consiste en creer en la existencia de entradas de barrera que permiten asistir a las actuaciones de los fabricantes de momentos históricos. Los creyentes enterados se ponen de los nervios solo de pensar en la de cosas interesantes que pueden suceder en su ausencia. Cuando los creyentes son más bien decrépitos y crepusculares, recuentan esas cosas interesantes como quien rebusca calderilla en la entrepierna. Y ante el generoso desembolso de roña y cardenillo, uno se hace cargo de la degeneración de los tiempos. Antes, si se organizaba un momento histórico, digamos el nacimiento de una generación literaria, se quedaba en tal sitio, se hacía la foto y ya estaba. Ahora hay tal bajón en la calidad, que ni a los más avisados les cabe en la barra de favoritos la multitud de momentos históricos llenos de abajo flamantes que tiene cualquier día de labor. Porque, en la hez de la degeneración, los momentos históricos pululan, y los fabrican los periodistas, y los concejales de cultura y festejos. ¡Oh Goethe! ¡Oh marqués de Bombelles!

La persecución de las cosas interesantes recuerda a la persecución del orden, según la descripción de Mirabeau: “Perseguimos el orden, y espero que lo atrapemos”. Mirabeau fue un tremendo revolucionario y lo enterraron en el Panteón, como héroe nacional, hasta que aparecieron los papeles de Luis XVI gracias al cerrajero artista, y se vio que cobraba de Capeto, entonces lo retiraron del Panteón, y ahí le dieron todas.


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Eduardo Gil Bera

Eduardo Gil Bera (Tudela, 1957), es escritor. Ha publicado las novelas Cuando el mundo era mío (Alianza, 2012), Sobre la marcha, Os quiero a todos, Todo pasa, y Torralba. De sus ensayos, destacan El carro de heno, Paisaje con fisuras, Baroja o el miedo, Historia de las malas ideas y La sentencia de las armas. Su ensayo más reciente es Ninguno es mi nombre. Sumario del caso Homero (Pretextos, 2012).

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