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La crédula y el celoso

Por 1 de diciembre de 2012 Sin comentarios

Eder. Óleo de Irene Gracia

Eduardo Gil Bera

En una de las polémicas que salpimentaron la vida literaria del Cinquecento, los sabios Giraldi y Antímaco establecieron un récord ripioso. Todo fue que Giraldi, que en 1537 era joven y prometedor, compuso unos renglones encomiásticos con motivo de la coronación de Ercole II, duque Ferrara. Tuvo la idea de enviar sus hexámetros a un experto, para que los leyera y en su caso corrigiera. Y, en efecto, el profesor Marco Antonio Antímaco, que enseñaba griego en la universidad de Ferrara, procedió a la lectura, nunca lo hubiera hecho, del poemita. Qué disgusto, signore mío. El sabio Calcagnini, descubridor del movimiento terrestre, al mismo tiempo y seguramente en colaboración con Copérnico, era puesto por las nubes en aquel ditirambo rimado, lo cual era ya para poner nervioso a cualquier otro sabio en edad de merecer, pero lo terrible del caso era que el nombre de Antímaco no era recordado, ni poco ni mucho, en el poema. El corregidor planteó una enmienda a la totalidad, y devolvió el poema a su autor acompañado de un epigrama faltón. Giraldi no se dejó impresionar y respondió con otro epigrama tremendo. La guerra duró tres días durante los cuales los sabios enfurecidos se bombardearon con no menos de treinta epigramas incendiarios. Al cabo, los dos quedaron exhaustos y volvieron a sus sabias ocupaciones. Giraldi reunió los artefactos y sus carcasas en un manuscrito que, lo digo por si algún otro sabio quiere fisgar y tomar ejemplo, lleva el número 331 del Fondo Antonielli en la Biblioteca Ariostea de Ferrara.
 
Pero, aparte de esa polémica y de alguna otra, como aquella de 1549 donde riñó con su discípulo “optimo atque carissimo” Pigna, por cuál de los dos se había ocupado de teorizar por primera vez sobre las novelas, o sea, repare el alma dormida en que ya hace medio milenio que se debatía la quisicosa, Giraldi se hizo famoso por su obra en dos volúmenes Gli Ecatommiti (en griego Hekatommithi: “Cien novelas”, aunque de hecho son ciento trece distribuidas en diez jornadas, dicho sea sin ánimo polemizante, no nos vaya a caer algo). Esta obra fue muy leída —la primera versión española de Vozmediano data de 1590— e inspiró a grandes autores como Lope, Cervantes y Shakespeare.
 
Ahí es donde íbamos, porque en la séptima novela de la tercera jornada, a saber, Un capitano moro, se inspiró Shakespare para su Otelo. La novela de Giraldi polemiza, vaya por Dios, con los matrimonios mixtos, mestizos y mezclados, y aconseja a las damas, particularmente venecianas, que no se casen con moros, porque todo acaba muy mal: matan a la señora de horrorosa manera (a golpes de calcetín lleno de arena, una lapidación de andar por casa) y luego le hunden el cráneo con una viga para que parezca accidental. Y Giraldi advierte que se ha basado en un caso real. Ahora llegamos: la dama se llama Desdémona y el nombre ha sido interpretado con wiquipédica unanimidad como “desdichada”. Pero Giraldi sabía griego, con permiso del profesor Antímaco, y parece de toda evidencia que el nombre procede de deisidaimonia, de uso corriente al menos desde el siglo IV a. C., con el significado de “temor de los daimones”, término trasladado al latín usualmente como superstitio, si bien en el contexto moralizante de Un capitano moro probablemente significa “crédula”.

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Eduardo Gil Bera

Eduardo Gil Bera (Tudela, 1957), es escritor. Ha publicado las novelas Cuando el mundo era mío (Alianza, 2012), Sobre la marcha, Os quiero a todos, Todo pasa, y Torralba. De sus ensayos, destacan El carro de heno, Paisaje con fisuras, Baroja o el miedo, Historia de las malas ideas y La sentencia de las armas. Su ensayo más reciente es Ninguno es mi nombre. Sumario del caso Homero (Pretextos, 2012).

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