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Hojaldre

Por 11 de noviembre de 2013 Sin comentarios

Eder. Óleo de Irene Gracia

Eduardo Gil Bera

Hubo un tiempo en que la ciencia se transmitía en hexámetros dactílicos. Así expresaban sus pensamientos los presocráticos, los estoicos y hasta los cínicos. Era la manera de asegurar la portabilidad de su mensaje. El poeta Arato fue un estoico de primera generación, uno de aquellos chipriotas geniales que conquistaron Atenas y el mundo desde su escenario del pórtico pintado. Zenón lo envió a conquistar Macedonia armado con sus hexámetros dactílicos hacia el 280 a. C. En su primera incursión, compuso un himno a Pan con ocasión de las bodas entre el rey Antígono Gónatas, señalado estoico, y la reina Fila. Una vez conseguido el puesto de poeta de corte en Macedonia, Arato emprendió su gran obra, Phaenomena, “las cosas que se ven”, un poema de 1154 versos, que trata de todas las cosas visibles en el cielo. Es un tratado de astronomía para campesinos y navegantes, una lección de filosofía para estoicos, un manual para no perderse en el cielo estrellado, y la última hora de la ciencia sideral, pero sus apariencias no se agotan tan fácil y un ojo avezado enseguida empieza a percibir homenajes y reminiscencias homéricas y hesiódicas, y sutiles palabras entrecruzadas, anagramas y acrósticos de triple fondo, y una firma secreta y patente, el colmo del virtuosismo versificador, donde Arato se llama a sí mismo “inmencionado” y homenajea el pasaje de Ulises que se innombra ante el cíclope. El texto hojaldrado hasta lo incontable hace que podamos admirar el calendario zaragozano y la noche de Hölderlin en el mismo poema. ¡Y el censo de acrósticos, anagramas y reverberos sigue abierto!
Arato editó la Odisea y compuso otros poemas, pero nada le hizo tan famoso como sus Phaenomena, objeto de veneración para todos los autores romanos de la edad de oro. El profesor Gallego Real se doctoró en 2003 con una tesis excelente sobre el hipotexto hesiódico en los Phaenomena de Arato. Lástima que no se dedique a la investigación, estoy seguro de que aliviaría la sequía que, de Fernández-Galiano a esta parte, aflige al ramo. Sólo se me ocurre apuntarle un detalle: el carácter pseudooral que Arato imprime a Phaenomena es característico de toda la épica griega antigua: el sistema formular épico hace como si fuera oral. La épica griega pudo ser oral, es incluso probable que lo fuera in illo tempore; pero nada de cuanto conocemos de ella lo es.

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Eduardo Gil Bera

Eduardo Gil Bera (Tudela, 1957), es escritor. Ha publicado las novelas Cuando el mundo era mío (Alianza, 2012), Sobre la marcha, Os quiero a todos, Todo pasa, y Torralba. De sus ensayos, destacan El carro de heno, Paisaje con fisuras, Baroja o el miedo, Historia de las malas ideas y La sentencia de las armas. Su ensayo más reciente es Ninguno es mi nombre. Sumario del caso Homero (Pretextos, 2012).

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