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Elocuencia del olor

Por 3 de enero de 2014 Sin comentarios

Eder. Óleo de Irene Gracia

Eduardo Gil Bera

Muchos lectores sólo saben de Proust lo de la magdalena, y es probable que no lo lean jamás. Pero también ellos debieran saber que en ese pasaje de la más aparente trivialidad, Proust analiza por primera vez un universal: un olor trae un mundo. Se trata de un rasgo esencial de los mecanismos de la memoria humana, que opera con más rapidez y precisión que cualquier deducción lógica. 
En la Oratoria de Quintiliano hay una frase famosa donde contrapone el hablar rústico y el urbano: verba omnia et vox huius alumnus urbis oleant "que todas las palabras y su acento recuerden al hijo de la ciudad". O sea, que suenen, anuncien, traigan a la memoria la forma de hablar urbana. Pero notemos que Quintiliano dice que las palabras y el acento “huelan”. Las acepciones de oleo (“oler”) con sentido intelectual, o sea proustiano avant lui son muy reveladoras: adivinar, indagar, desenterrar un tesoro, recordar. El vasco tomó del latín ese sentido figurado de recordar vinculado al olfato (olui, olitu > oroitu). La ecuación entre olor e indagación también es patente en checo antiguo, donde jadati (literalmente “oler”) significa “buscar”.
Una semántica histórica demostraría que esa ecuación no sólo existió en indoeuropeo, sino que también se renueva sin cesar. Por ejemplo, el griego osmé (olor) que pasó del bizantino al latín tardío, y cuya acepción indagatoria está presente en todos los romances: husmear, osma, humer, ormare, osmer, usmar, urmà… y también en vasco usnatu, somatu, susmatu… Lo que Proust llama à la recherche, se decía a la osma (al acecho, en busca, venteando el rastro) en romance navarro. 
 
Cuando decimos “evocar una atmósfera”, apelamos al mismo mecanismo intelectual que (de)construye olores. A la hora de descifrar y asociar olores, nuestro cerebro opera de manera mucho más rápida, precisa y honda en nuestro ánimo que el entendimiento hablante. Por eso hay un mérito específico en Proust, cuando muestra la complejidad de lo nimio y aplica la morosidad literaria a un fenómeno instantáneo y crucial de la memoria que, en sí, se sustrae a la fijación verbal, porque es anterior y más “natural” que el habla.

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Eduardo Gil Bera

Eduardo Gil Bera (Tudela, 1957), es escritor. Ha publicado las novelas Cuando el mundo era mío (Alianza, 2012), Sobre la marcha, Os quiero a todos, Todo pasa, y Torralba. De sus ensayos, destacan El carro de heno, Paisaje con fisuras, Baroja o el miedo, Historia de las malas ideas y La sentencia de las armas. Su ensayo más reciente es Ninguno es mi nombre. Sumario del caso Homero (Pretextos, 2012).

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