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Elegía de Duino

Por 3 de agosto de 2013 Sin comentarios

Eder. Óleo de Irene Gracia

Eduardo Gil Bera

Convertirse en dios al morir, esa creencia poética tan antigua, no quiere decir más que convertirse en envidioso ubicuo, deseo tiernamente humano. Los griegos creían que el mayor peligro de los dioses es que tienen envidia de los hombres. También en la mitología védica y en el Génesis, los dioses aparecen descritos como mirones que tienen celos del hombre.
 
Un sabio alambicado como Proust describe los celos como posesión que arrebata una presencia a los demás, y dice que es sólo un apaciguamiento, o sea, una magnitud negativa, lo real es lo otro, los celos. Un pastor me contaba que un carnero sólo cubre cuando ve competencia, y que no hay oveja tan pelma en su celo que sea tan efectiva y afrodisíaca para un carnero como la presencia de otro carnero. Igualmente me decía que el caballo no quiere cubrir a la misma yegua, quiere otra, porque, si no, es como si supiera que no tiene competencia, y sólo le pone en función la presencia o el barrunto de otro caballo. También es revelador, en los dementes, que la envidia no es afectada por la locura, porque es de esas funciones, hondas y verdaderamente orgánicas, que siguen andando aparte de ideas, educaciones, reflexiones y demás aparatos persuasivos.
 
Es uno de los motivos de que la elocuencia persuasiva sea tan difícil de pintar, de hecho, en literatura no se describen sino sus resultados. En la épica se ve que, por ejemplo, la elocuencia persuasiva de Ulises es un elemento semejante a esos personajes del teatro medieval que salían de azul o rojo, o de la derecha o la izquierda, y con eso eran declarados buenos o malos, o no había más que hablar. En efecto, todos los personajes épicos hablan igual, o muy parecido, la diferencia es que llevan una suerte de signo fatal, un cartel avisador que les cuelga del pecho y dice “palabras sin efecto” o “palabras persuasivas”, no importa qué digan, como tampoco importa el tino y la fuerza de una lanza o flecha que se tira, porque los dioses pueden desviarlas. Esa fatalidad arbitraria es, bien mirada, más real que la literatura que se pretende realista y se figura palabras y flechas atinadas “en sí”. Shakespeare pinta a Ricardo III como pérfidamente persuasivo, pero es porque nos lo asegura el poeta, porque en la escena donde persuade a Ana, solo vemos que Ana debía querer ser persuadida.
 
Se trata de una de las viejas clarividencias poéticas que recalcan aquel axioma de Gödel de que el lenguaje es menos que el pensamiento; y que verdad y pensamiento, aun sumados, siempre son menos que el mundo.
 
Boltzmann decía que no podemos comprender la naturaleza, sino solo modelos de la naturaleza. Lo cual es un axioma poético en su más alto grado. Es la propia médula y la razón de ser de la poesía. Y, como no podía ser menos, un poeta clarividente como Boltzmann sufrió el destino de Ayax, porque sus palabras fueron sin efecto o no persuasivas, sumado al destino de Casandra, porque predijo, con nulo crédito, cómo entenderíamos hoy el átomo, la entropía y la flecha del tiempo. Hasta en su suicidio, como víctima de su  espectacular poética, que casi parecía física atómica, fue más poeta que todos.
 
Hay que pensar que la escasez de adoración ha matado a los dioses y ha provocado los follones bíblicos y las matanzas de héroes programadas por Zeus y Temis (la Justicia). Si la escasez de adoración mata a los dioses, qué no hará sufrir a un poeta, aunque  fuera el mayor físico de su tiempo, y estuviera de vacaciones en Duino, cerca de Trieste.

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Eduardo Gil Bera

Eduardo Gil Bera (Tudela, 1957), es escritor. Ha publicado las novelas Cuando el mundo era mío (Alianza, 2012), Sobre la marcha, Os quiero a todos, Todo pasa, y Torralba. De sus ensayos, destacan El carro de heno, Paisaje con fisuras, Baroja o el miedo, Historia de las malas ideas y La sentencia de las armas. Su ensayo más reciente es Ninguno es mi nombre. Sumario del caso Homero (Pretextos, 2012).

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