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Trabajos indeseables: escribano

Por 11 de diciembre de 2007 Sin comentarios

Xavier Velasco

Como todos los hábitos criminales, el de escribano se contrae creyendo que la primera vez será la última. Mientras el publicista se rasca la panza buscando en las alturas tres o cuatro palabras que le paguen el mes en un plumazo, el escribano suda párrafo tras párrafo, sin bono de opinión ni derecho al capricho. Si acaso se le ocurre una extravagancia, capaz de darle al texto un chispazo de ingenio o alguna vida propia, y él se atreve a meterla en la propuesta -en lugar de ignorar por oficio los consejos de un ego sin ciudadanía-, lo probable será que el cliente no pase de ahí sin arrugar el ceño y hacer la corrección que, piensa, corresponde. Por eso jura uno que no volverá a hacerlo… aunque luego se alegre cuando le llaman para hacer el siguiente, como buen esquirol de sí mismo.

Si un publicista llega a cobrar miles de dólares por palabra, el trabajo del escribano se cotiza en palabras por dólar. Por eso, cuando luego de varias horas de pujar por plantar todas las necedades en su sitio, pone el último punto al guión para el video corporativo, le queda al escribano cuando menos la paz espiritual de haber sudado cada renglón del texto. Se siente fuerte, al fin, como el esclavo que logró derribar una secoya con la ayuda de un hacha mellada, pero de paso entiende que esa fortaleza sólo le servirá para seguir ganándose el grillete.

"Evangelistas", se les llama aquí a los escribanos de misivas y documentos diversos que laboran en la Plaza de Santo Domingo, si bien su verdadera fama proviene de la confección desenfrenada de cartas de amor, que sólo el diablo sabe cuántos mexicanitos han ayudado a traer al mundo. ¡Qué no daría un escribano honesto por vivir de narrar sobresaltos del alma y deshilar entuertos románticos! Pero como los escribanos honestos tienen pésima fama entre caseros, usureros y casaderas, no queda más que dar por válidos todos los argumentos del cliente y embarrarlos de una verosimilitud de plástico por la que nadie sino él apuesta. ¿Cómo dijo que quiere que le ponga?

¿Cree todo lo que escucha el auditorio de un video corporativo? Solamente si piensa que le conviene. Y eso es lo que uno tiene que conseguir con las cursilerías que va concatenando. Hay que hablar del progreso, del México pujante del siglo XXI, de la familia y los seres queridos. Y luego de los planes y estímulos y metas y proyectos y oportunidades, ojalá suficientes para que los espectadores hagan como que creen lo que fingen que escuchan, por esa conveniencia relativa, y en tanto inmencionable, que a la hora del cheque nos apandilla a todos en la misma crujía.

Jamás llegué a ver uno solo de los videos que aquellas parrafadas vergonzantes hicieron posibles. En cualquier caso todos se parecían. Eran tan chatos como podían ser, además de corporativamente correctos y con cierta frecuencia reminiscentes de algún aliento rancio de capataz. Si el cliente se gasta todo ese dineral en transmitir a sus empleados unos cuantos mensajes, es porque no le alcanza un memorándum. Y para eso precisa del escribano, que emparenta de lejos con el sicario y remeda un poquito al suicida, pues nada existe como la gritería vana para darse a perder lentamente el eco de la voz. O cuando menos eso es lo que se teme el escribano cada vez que lo alcanza la culpa de saberse poco más que un colaboracionista con pluma.

Aseguran los puros, ciertamente con más inquina que justicia, que el escribano precisa de bajarse los pantalones para cumplir su amargo cometido, como si cada cual pudiera materializar sus deyecciones con las extremidades inferiores a intachable cubierto. ¿Qué hace un escribano para librarse de los espectros chocarreros que su trabajo triste le va heredando? Lo mismito que cuando termina con uno de esos textos engañosos de escasas propiedades nutritivas: levantarse del trono, o en su caso del potro, jalar la cadena y esperar que allá afuera las rosas sigan vivas. No sin antes jurarse que no volverá a hacerlo.

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Xavier Velasco

Xavier Velasco entiende la novela como un juego inocente llevado por placer hasta sus más atroces consecuencias. Sintomáticamente, dedica las mañanas a meterse en problemas por escrito y las tardes a intentar resolverlos brujuleando entre calles y avenidas de la siempre auspiciosa ciudad de México. Disfruta especialmente de la amistad perruna, el olor de la tinta y el alquiler de scooters en ciudades psicóticas. Obtuvo en 2003 el Premio Alfaguara de Novela por Diablo Guardián y es autor de Cecilia (novela), Luna llena en las rocas (crónicas de antronautas y licántropos, Alfaguara, 2005), El materialismo histérico (fábulas cutrefactas de avidez y revancha, Alfaguara, 2004) y la novela de infancia Este que ves (Alfaguara, 2007). En su blog literario La leonina faena (www.xaviervelasco.com) afirma: "Nadie puede decir que una novela es suya si antes no se le ha dado por entero".

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