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Objetos entrañables: el calendario

Por 23 de enero de 2008 Sin comentarios

Xavier Velasco

Cuando niño, vivía pendiente de él. Iba contando los días que faltaban para vacaciones, cumpleaños, Navidad. Mi abuela tenía uno con una hoja para cada día, que yo presto arrancaba nada más enterarme que era ya medianoche. Claro que entonces los días eran largos; por no hablar de semanas y meses, que se extendían como eras en medio de una infancia cuya última orilla aparecía distante como el juicio final del que hablaban los curas.

     Cada enero, recibía los nuevos calendarios como si se tratase de álbumes vacíos. Después, cuando tocaba recorrerlos lerda, y en ocasiones tortuosamente, miraba hacía los días o meses venideros en busca del primer salvavidas a flote. Más que creer -cosa muy complicada durante la zozobra de una larga noche- asumía que los días pasaban de acuerdo a una progresión lógica, segun la cual todo tendría que ser mejor al siguiente.

     El final de la infancia es también el comienzo de una aceleración vital que apenas deja tiempo para voltear a ver el calendario. Se vive enamorado, en muchos casos, pero ya no con la paciencia de la niñez. Ahora se tiene prisa por poseer la luna, y la prisa no mira hacia los calendarios. Pero ellos ahí siguen, señalando los días con el celo de un cancerbero bien pagado. Cree uno que el mero hecho de ir y comprarlo le convierte en el dueño del calendario, cuando es él quien le tiene atenazado.

     Vivir de espaldas al calendario puede llegar a ser tan delicioso como olvidarse totalmente del reloj. Parecería que el tiempo no transcurre y uno puede cruzarlo como una playa interminable, por eso nos molesta y nos aburre cuando alguien trata de ponernos de nuevo bajo la tiranía de las manecillas. Cuadrado, le llamamos, forzando alguna mueca que revuelve lástima con sarcasmo, amén de cierta envidia inconfesable. De cualquier forma, hay un reloj interno. Puede uno vivir sin reloj y saber qué hora es con una respetable aproximación; si bien muy pocos lujos parecen tan costosos como olvidarse del calendario.

     Puedo verlo mirándome desde aquella pared insoslayable, algo menos de un metro arriba a la derecha de mi almohada. Lo veo incluso cuando no lo veo, no sería tan raro que lo observara en sueños. En realidad, me importa poco el día que pueda ser. Martes, jueves, apenas si me entero. Lo que realmente cuenta son los números: cada día, al final de otro trecho de escritura, corro por las planillas de pegotes y con ellas registro el avance de folios en el calendario. 292, 296, 300. Ver cada uno de esos tres dígitos en el espacio de cada día me sumerge en la vieja sensación de aquellos excitantes álbumes de estampas que nunca conseguí llenar, probablemente porque nunca se me ocurrió ayudarme con el calendario.

     ¿Qué hace un niño cuando por fin llena un álbum? Arrumbarlo, supongo. Tal vez entonces no llenara los álbumes porque alguien muy adentro temía que tamaño logro acabaría de tajo con la diversión. Que es también lo que pasa cuando por fin terminas la novela. Queda un hueco en la vida, no sabe uno qué hacer con los días que vienen. Se relee, se corrige, se recuerdan con pasmo restrospectivo los zarpazos y rugidos del león, cuando matarlo parecía quimérico. El drama, sin embargo, está en la tiranía bendita los números: el calendario lleno de pegotes cuenta una historia íntima comparable a la de los marcadores deportivos.

     Más que sencillamente comprar un calendario, lo que hago es contratar a un capataz implacable, al que nunca podré sobornar ni engañar. Si pasa una semana sin pegar nuevos números, la vida se transforma en vil sobrevivencia inmerecida. Come uno y duerme con la sensación íntima de ser un ladronzuelo de sí mismo. Un bueno para nada. Un mequetrefe. Un cínico. A tres días de haberse interrumpido una marcha que ya creía espectacular, me detengo al principio del miércoles y digo que ya basta. Me desafío. Me orillo. Me amenazo. Le repito al espejo que ay de él si mañana no crecen mis números.

Cerca de ahí, un par de ojos acecha. Son los del calendario: nadie como ellos duda que mataré a ese león. Y es gracias a esas dudas que sigue uno peleando, ruja quien ruja.

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Xavier Velasco

Xavier Velasco entiende la novela como un juego inocente llevado por placer hasta sus más atroces consecuencias. Sintomáticamente, dedica las mañanas a meterse en problemas por escrito y las tardes a intentar resolverlos brujuleando entre calles y avenidas de la siempre auspiciosa ciudad de México. Disfruta especialmente de la amistad perruna, el olor de la tinta y el alquiler de scooters en ciudades psicóticas. Obtuvo en 2003 el Premio Alfaguara de Novela por Diablo Guardián y es autor de Cecilia (novela), Luna llena en las rocas (crónicas de antronautas y licántropos, Alfaguara, 2005), El materialismo histérico (fábulas cutrefactas de avidez y revancha, Alfaguara, 2004) y la novela de infancia Este que ves (Alfaguara, 2007). En su blog literario La leonina faena (www.xaviervelasco.com) afirma: "Nadie puede decir que una novela es suya si antes no se le ha dado por entero".

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