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Flor de Lotto / y XXXII

Por 18 de septiembre de 2008 Sin comentarios

Xavier Velasco

XXXII. Epílogo y oasis.

-¿Qué me cuentas, amiguito? -el facilitador viste un saco de terciopelo guinda y un pantalón de pana que lo tienen sudando de la frente a los pies- Ya me dabas por muerto ¿no?

     -¡Mauricio! -Segismundo se queda de una pieza, pero ya se maldice por haber cometido la torpeza de pretender esconderse en Las Vegas.

     -What the hell is this asshole doin’ here? -murmura en sus oídos Wendy West, lo ve palidecer ante la aparición.

     -Calma, chicos, no muerdo -Morazán les sonríe con una rara afabilidad- ¿Me dejan invitarles un whisky, un martini, un Bloody Mary?

     Han pasado ya veintisiete días desde que Segismundo regresó a los Estados Unidos. Luego de una semana encerrados en un hotel de Gatesville, en espera del día de visita en la Unidad Mountain View, él y Wendy salieron de Texas con la avidez de vida suficiente para correr en busca del primer oasis. Se había quedado afuera de la cárcel, la vio salir de ahí llena de una tristeza que lo hizo sentir fuerte. Responsable. Entero. Funcional. ¿Será tal vez por eso que le acepta a Mauricio la invitación y le suplica a Wendy que lo espere a las puertas del MGM?

     -¿El Fidelotto? -se sorprende genuinamente Morazán- ¡Eso quieres saber! No me digas que no te lo explicó tu enfermerita…

     -Nadie me explicó nada, empezando por ti.

     -No irás a reclamarme, después de haber quemado mi coche. Tienes suerte, amiguito. Me lo pagó el seguro, estamos a mano.

     -¿Esperas que te crea que nos vas a dejar en paz?

     -¿Quién es esa gringuita? -a no ser por el tono de sarcasmo, se diría que el facilitador está del todo libre de malos sentimientos- ¿No es de casualidad una de tus mininas cariñosas?

     -¿Qué te importa, mierdita? -masca rabia Andersón- Sigo esperando que me expliques en qué me metiste.

     -¡Qué carácter, muchacho! Yo te hacía contento, en tu papel de Supermario. Ya te dije que estás perdonado. En lo que a mí me toca, no hard feelings.

     -¿No me vas a contar? Me voy, entonces.

     -¿Qué quieres que te cuente? Pura historia antigua. Supongo que ya sabes para quién trabajábamos…

     -No sé nada, te digo. Sé que querían matarme, ayudados por ti.

     -Tú también intentaste quemarme vivo, ¿no? Jurabas que yo estaba en la casa de los Zarur. Por eso digo que estamos a mano. ¿Esperabas que te dijera que trabajábamos para el gobierno cubano? Me habrían escabechado antes que a ti. ¿De qué te quejas, pues? Te cagaste en las instrucciones que te dimos. Te echaste a mi cliente y a su hijita, con todo y piernotas. Y estás vivo, además. ¡Lotería, amiguito!

     -¿Y tú esperas que yo me crea esas paparruchas?

     -Tú te crees cualquier cosa, mi rey. Te tragaste completo el cuento del Fidelotto, ¿no es cierto? Ahora ya no tengo para qué mentirte. Si no me crees, termínate tu bloodybloody y bye-bye.

     -¿Me estás diciendo que el gobierno cubano quería que matáramos a…?

     -A Camilo Peñuelas, claro. Igual que a otros catorce dobles que andaban en diferentes países, dos de ellos en La Habana. ¿Quién más querías que se inventara el cuento del Fidelotto, sino El Interesado? ¿Sabes la cantidad de cubanos de Miami que pusieron sus ahorros en ese negocio? ¿Por qué se lo creyeron? Porque querían creérselo. Wishful thinking, nomás. A estas alturas, ninguno tiene claro qué pasó con el verdadero Fidel Castro. Para que de una vez me entiendas, ni yo sé si está vivo. Luego de tantos dobles muertos por aquí y por allá, nadie tiene muy claro qué fue del legítimo dueño de las barbas. Esa era la tirada, amiguito. Además, claro, de hacer algún dinero. Cash for The Revolution, buddy. Y es más, para que veas que no te guardo rencor, voy a darte de vuelta tu tarjeta. No te voy a decir que hay un millón de dólares en la cuenta, pero dudo que no te sirvan veinte mil… Puedes sacar hasta quinientos diarios, en cualquier ATM.

     -¿Mi tarjeta? -Segismundo abre la boca y extiende la mano: es, en efecto, la tarjeta que usaba en sus primeros días en México -¿Por qué la traes contigo?

     -Ya sabía que estabas en Vegas, mi querido Andersón. Soy un tipo informado, ¿no sabías? Y ocupado también, así que hasta la próxima. La vidita da vueltas, Segismundo. Nunca sabe uno cuándo se le va a ofrecer algo de sus amigos. ¿Amigos, pues?

     Se despiden con un apretón de manos. Antes de regresar a la calle, Segismundo se acerca a un cajero electrónico y comprueba que el saldo de la tarjeta asciende a poco menos de veintiún mil dólares. No acaba de creérselo. Regresa al bar, pide una botella de Moet et Chandon y se la acaba en quince minutos. Sale a la calle, cruza el Strip y sonríe con ganas al advertir que Wendy lo espera entre las garras del gigantesco león del MGM. No va a salir de pobre con veinte mil dólares, pero alcanza para llevársela a otro pueblo. ¿Vancouver, Seattle, Los Angeles, Tijuana? Una vez que la alcanza y se deja abrazar por ella, que todavía tiembla por su ausencia, le pregunta si trae su pasaporte, pero es inútil: hasta donde recuerda, lo olvidó en Mountain View.

     –Your driver’s license, Honey? -insiste Segismundo, que a pesar o quizás a causa de su profundo estado de ebriedad recuerda que según las leyes de Nevada, Wendy no necesita de más documentos para enfrentar a un juez del registro civil en la capilla de cualquier hotel.

     Han pasado unas horas. Son las diez de la noche y la pareja apenas se tiene en pie. Han bebido champaña como náufragos. Son indudablemente inconvenientes el uno para el otro, pero al menos los dos conocen de memoria el estribillo de la canción. La licencia de Wendy, expedida por el estado de Louisiana, certifica que el nombre de la portadora es Sharon Eileen Westinghouse y nació el 27 de febrero de 1982 en la ciudad de Shreveport. Detrás de ellos, un doble de Elvis Presley se descose cantando Love Me Tender.

Ilhabela, Brasil. Verano de 2008.

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Xavier Velasco

Xavier Velasco entiende la novela como un juego inocente llevado por placer hasta sus más atroces consecuencias. Sintomáticamente, dedica las mañanas a meterse en problemas por escrito y las tardes a intentar resolverlos brujuleando entre calles y avenidas de la siempre auspiciosa ciudad de México. Disfruta especialmente de la amistad perruna, el olor de la tinta y el alquiler de scooters en ciudades psicóticas. Obtuvo en 2003 el Premio Alfaguara de Novela por Diablo Guardián y es autor de Cecilia (novela), Luna llena en las rocas (crónicas de antronautas y licántropos, Alfaguara, 2005), El materialismo histérico (fábulas cutrefactas de avidez y revancha, Alfaguara, 2004) y la novela de infancia Este que ves (Alfaguara, 2007). En su blog literario La leonina faena (www.xaviervelasco.com) afirma: "Nadie puede decir que una novela es suya si antes no se le ha dado por entero".

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