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Flor de Lotto / XXV

Por 8 de septiembre de 2008 Sin comentarios

Xavier Velasco

XXV. ¿Papá…?

Cuando Gabriel García Márquez le preguntó a Fidel Castro Ruz por un deseo que se hallara más allá de sus posibilidades, éste le respondió con cuatro palabras contundentes: "Pararme en una esquina." ¿O es que alguien esperaría encontrarse al dictador más experimentado del mundo parado simplemente en la próxima esquina? Tampoco espera uno dar con él arrodillado al lado de la puerta que comunica a dos cuartos de hospital. Vamos, que hasta esa puerta parece inconcebible. Pero todo eso no se lo pregunta Segismundo Andersón, cuya capacidad de acreditar lo inacreditable ha crecido en tan amplias proporciones que ahora lo tiene atónito, en cuclillas ante la puerta entreabierta.

     No alcanza a ver gran cosa, pero le basta con las barbas irregulares y esos pants rojo y blanco marca Adidas que tantas veces han aparecido en los periódicos. Hay algo, sin embargo, que lo paraliza. Creyó siempre que en un momento como éste -una oportunidad tantas veces soñada, jamás sensatamente esperada- le saltaría al cuello en el nombre de todos esos años junto a su madre sola, desamparados ambos, e inclusive le pediría cuentas, antes de terminar de estrangularlo. Pero al cabo está tieso y tembloroso, diríase que de pensamiento, palabra y obra. Asoma apenas una chispa de odio en su mirada, un sentimiento en tal modo profundo que al otro de inmediato lo intimida.

     -Un momento, mi hermano. Calma, que yo no soy quien usted piensa.

     -Yo no pienso, yo actúo -escupe finalmente Segismundo, con los ojos ardientes, cual si en este momento se tornara de vuelta en el hombre rudo que aporreaba borrachos en el Cheetah y levantaba en vilo a los tramposos del Treasure Island. Todavía no consigue mandar sobre sus brazos, pero su voz ya lo obedece cabalmente.

     -Míreme bien, mi hermano, no vaya usted a ponerse verraco, que estos hijos de puta van a oírnos.

     -¿Verraco, yo? -ahora la voz le tiembla, no tanto por el miedo como por la duda. Conoce esa palabra y no le cuadra. No en labios de quien cree tener enfrente. O mejor, de quien ya no sabe si cree que es quien creía. El acento, la voz, la situación: nada coincide. Ha vivido en Florida por demasiados años para no darse cuenta de ciertos detalles.

     Camilo Alfonso Peñuelas Macías. Bogotano, nacido en Medellín por un mero accidente, al principio del último día de 1939. Siguiendo convicciones por entonces muy sólidas, se instaló en La Habana hacia el final de los años sesenta. Ingeniero de profesión, contrajo matrimonio con la hija de un miembro del Comité Central del PCC, fallecida en extrañas circunstancias durante la primavera de 1974. Aprovechando un viaje de trabajo a Barcelona, encontró la manera de escabullirse y volver a Colombia en el ‘77. Se instaló entonces en Medellín, donde echó a andar una pequeña empresa consultora. De paso por Caracas, en 2002, desapareció de su cuarto de hotel y nadie más volvió a saber su paradero. Aún hoy se le cree secuestrado por las FARC, sin una sola prueba que así lo acredite. María Isabel Peñuelas, hija única de su segundo matrimonio, todavía se esfuerza en dar con él.

     -O sea que usted…

     -Me parezco, eso sí, pero no porque sea. Ni porque quiera, pues. Soy un doble forzado, mi hermano. Y ya deje de echarme esos ojos, que no le voy a poner gotas… -ahora el extraño le tiende la mano- ¿Tiene usted una vaina allí en su cuarto para ayudarme a quitarme estas barbas? Soy Camilo Peñuelas, un placer conocerle.

     -Segismundo Andersón -se presenta a su vez, como un autómata, y aprovecha para asomarse a la habitación: más grande, aunque también vacía de testigos. Lo contempla por fin, con cierta calma. El hombre no es Fidel y se muere de miedo. Igual que él, al final. Desde que llegó a México, es la primera vez que Segismundo no se siente solo. De repente, la idea de morir acompañado le parece un consuelo. Y, por qué no, un estímulo.

Miércoles en FLOR DE LOTTO: XXVI. Dos ya son multitud.

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Xavier Velasco

Xavier Velasco entiende la novela como un juego inocente llevado por placer hasta sus más atroces consecuencias. Sintomáticamente, dedica las mañanas a meterse en problemas por escrito y las tardes a intentar resolverlos brujuleando entre calles y avenidas de la siempre auspiciosa ciudad de México. Disfruta especialmente de la amistad perruna, el olor de la tinta y el alquiler de scooters en ciudades psicóticas. Obtuvo en 2003 el Premio Alfaguara de Novela por Diablo Guardián y es autor de Cecilia (novela), Luna llena en las rocas (crónicas de antronautas y licántropos, Alfaguara, 2005), El materialismo histérico (fábulas cutrefactas de avidez y revancha, Alfaguara, 2004) y la novela de infancia Este que ves (Alfaguara, 2007). En su blog literario La leonina faena (www.xaviervelasco.com) afirma: "Nadie puede decir que una novela es suya si antes no se le ha dado por entero".

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