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Flor de Lotto / XX

Por 1 de septiembre de 2008 Sin comentarios

Xavier Velasco

XX. Lo matas y te callas.

     -Yo diría que ya está listo el amiguito -el facilitador amaneció optimista. Luego de una semana de pasearlo por estados de ánimo variopintos y más o menos limítrofes, el paciente responde un poco a la terapia.

     -Lo veo todavía muy respondón. Me mira feo, busca pelea cada que abre la boca, cree que le va a ayudar demostrarnos que según él es fuerte. Para mí que le falta un par de correctivos -la Corleonetta da un sorbo a su mezcal y un mordisco a su puro, con la seguridad de quien domina cada pequeño gesto de su personaje.

     -El chiste de la pierna le hizo bien -tercia el doctor Suinaga, que recién ha llegado con la bata en la mano para él también meterse en su papel- pero no es conveniente estimular al paciente en exceso. Algunos desarrollan tolerancia, otros se hacen narcisos y se engallan. No podemos dejarlo que fabrique esa clase de anticuerpos.

     -Mientras no se le ocurra fabricar antipuercas… -cada vez que hace un chiste a sus propias costillas, Apolonia echa el humo mientras habla, como advirtiendo que no es lícito reirse.

     -¿Sientes que no lo estás controlando, Corleonettita? -cuando se dirige a ella, Mauricio Morazán abandona el sarcasmo en favor de un tonillo obsequioso que revuelve el respeto con el miedo, y de repente invita a maltratarlo.

     -Lo que yo sienta no es asunto de los criados. Contrólate a ti mismo, Pelmazán. Usa el botón de pausa, si no quieres que yo te aplique el de stop.

     -Para ya, Corleonetta, que ése lo oprimo yo -Don Alex lleva días quejándose por tanto retraso-, el tiempo vuela y ese mierda boludo de Andersón no está listo para entender el concepto. Si vos no podés, decímelo ya, nena.

     -Puedo, pues, pero sola. Déjenme un par de días con él y yo me encargo de meterlo al quirófano. No ha nacido el idiota que me desobedezca luego de estar dos días a mi lado.

     -Dos días es mucho tiempo, a como están las cosas. Tenés veinticuatro horas para hacerlo entender, Corleonetta. De otro modo, me voy a encargar yo.

     -¿Cuándo llega Fidel, a todo esto? -Suinaga toma apuntes de todo cuanto escucha, se diría que es un hombre disciplinado.

     -Del barbas no sabemos gran cosa. Nuestros socios cubanos están bien calladitos, ¿viste? Pero yo los conozco, cualquier día me llaman y salen con que va a llegar mañana. Ya sabés cómo son, tienen esta obsesión con la seguridad. Seguridad de Estado, claro. Tenemos que estar listos para cuando estén listos. De otro modo, nos vamos a quedar todos sin el pastel y va a haber unas cuantas desgracias por lamentar.

     -¿Ya le dijeron cómo lo va a matar? -Suinaga, hombre de ciencia, desconoce las mieles de la diplomacia.

     -Mi querido doctor, modere su lenguaje -Morazán se adelanta, servicial, a las preocupaciones de Don Alex-, aquí no estamos para matar a nadie. Son negocios, ¿entiende?

     -Muy bien, entonces, ¿ya le dijeron al paciente cómo vamos a echar a andar el negocio?

     -No se caliente tanto, doctorcito -Apolonia sonríe, algo sarcástica-. Ya sabré cuándo y cómo se lo digo. Todavía no logro convencerlo de que acepte el trasplante, y va a ser más difícil cuando sepa quién va a recibir su riñón. Pero lo va a aceptar, yo sé lo que les digo.

     -Vos que sos tan mandona, ¿qué te cuesta ordenarle que lo mate y se calle? Le ponés la navaja en las pelotas y no va a rechistar.

     -Tengo veinticuatro horas, ¿no? Déjenme sola, que yo sé lo que hago.

     -Ándense, pues, señores. Dejemos que la niña haga lo suyo. ¿Lo tenés intrigado, por lo menos?

     -Cagado, yo diría -interviene Suinaga, con talante sabihondo-, ningún hombre resiste toda esta sobredosis de incertidumbre. Además de las inyecciones, que igual tienen lo suyo. Preferirá morirse antes que soportarlo.

     -Se morirá después, cuando lleguen la plata y el momento. Por ahora lo quiero más vivo que Raúl Castro, ¿cierto?

     -Duerme tranquilo, papi -la Corleonetta apaga el puro en el brazo del sillón, como si aderezara sus palabras-. No va a ser el primero que se me escape…

Mañana en FLOR DE LOTTO: XX. Al fin solos.

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Xavier Velasco

Xavier Velasco entiende la novela como un juego inocente llevado por placer hasta sus más atroces consecuencias. Sintomáticamente, dedica las mañanas a meterse en problemas por escrito y las tardes a intentar resolverlos brujuleando entre calles y avenidas de la siempre auspiciosa ciudad de México. Disfruta especialmente de la amistad perruna, el olor de la tinta y el alquiler de scooters en ciudades psicóticas. Obtuvo en 2003 el Premio Alfaguara de Novela por Diablo Guardián y es autor de Cecilia (novela), Luna llena en las rocas (crónicas de antronautas y licántropos, Alfaguara, 2005), El materialismo histérico (fábulas cutrefactas de avidez y revancha, Alfaguara, 2004) y la novela de infancia Este que ves (Alfaguara, 2007). En su blog literario La leonina faena (www.xaviervelasco.com) afirma: "Nadie puede decir que una novela es suya si antes no se le ha dado por entero".

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