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Escape de Nahualópolis / III

Por 17 de junio de 2008 Sin comentarios

Xavier Velasco

III. Apuntes de alpinismo emocional. 

Hasta donde se ve, las rutinas sirven menos para alcanzar las alturas que para abandonar los agujeros. No es extraño, por tanto, que a la larga echen mano de las maternalistas artes del chantaje. Es costumbre, entre sus obedientes devotos, rendirse a su capricho redentor con tan avasallada sumisión que ya la mera idea de incubar por ahí un caprichillo propio que contradiga sus precisos dicterios parece poco menos que una traición de sangre. O poco más, quién sabe.

     Para mejor mandar en nuestros actos, la rutina crea la percepción de un precipicio negro que se abre más allá de sus fronteras. Se supone que basta con saltarse esas trancas una vez para correr el riesgo de nunca regresar, pero no están las cosas para supersticiones. Si he venido tras ella, poseído por este arrojo abochornado, no es pensando en subir piedras a la montaña, empeño meritorio, loable y decorativo, sino apenas sacarlas del agujero, quehacer a todas luces más sufrido y menos fotogénico. Según recuerdo, una de las promesas de campaña del demonio del caos rezaba: No se admiten rutinas.

     -El caos -exclamó Lady Ruth, con la vista en los cielos, como si se apiadase de mi candor- es también una rutina. La rutina del limbo, cuando las horas pasan como autobuses y sabes que a ninguno vas a subirte y las semanas se confunden con los meses y los años parecen estaciones. La rutina de los días idénticos que se sientan contigo a esperar el colapso, igual que otros esperan por sus trenes. La rutina de no enterarte qué pasa y esperar que por eso no pase nada. Aunque de menos te queda el orgullo de comer cada vez a una hora distinta, y si te da la gana quedarte sin comer. Eso es lo que proteges de mí, ¿no es cierto? Tu sagrado derecho a malograrte.

     -Perdona -interrumpí, ligeramente demasiado tarde-, pero tienes mala fama. Son demasiados los que se quejan de ti. Como si algo muy dentro se quebrara en el instante que uno recurre a tus auspicios. Lo que llaman venderle el alma al diablo.

     -Déjame adivinar. Tienes miedo de que te lleve a un lugar confortable del que podrías nunca querer salir.

     -Adivinaste. Menos miedo me da la zona roja que la de confort.

     -¿Y dónde estás ahora, zopenco? Hay quienes piensan que el gobierno despótico del caos otorga las mayores libertades. Puede que sea verdad, en un principio. Luego, cuando más cómodos están, se enseñan a creer que lo más natural es jamás tener tiempo ni espacio para nada, como no sea para crear más caos, y todavía osan preguntarle a una si trae prisa, que es lo que menos tiene quien trabaja conmigo. ¿No te da algo de pena describirme con el semblante de un himen y además los esfínteres apretados? ¿Pedir mi ayuda y caracterizarme con la caricatura de una guarra encuerada, peluda y adiposa?

     -Las hadas nunca son como son -me defendí, sin gran convencimiento- sino como las vemos. No cuenta lo que creen, como lo que uno cree.

     -La última vez que te propuse un trato -el desdén rencoroso de sus ojos me insinuaba el despecho mudo y, ay, rutinario que persigue a los labios malbesados- me dijiste que podías arreglártelas sin mi humilde respaldo.

     –Mea culpa -me di un golpe en el pecho, teatralmente-, creía que el infierno estaba hecho de rutinas, y aun ahora siento que necesito realizar un esfuerzo constante para no rechazarte con la primera excusa que se me atraviesa. Me preocupa, además, que puedan vernos juntos. Podrían pensar cosas, tú me entiendes. ¿Te importa si te niego, cuando se ofrezca?

     -Solamente si lo haces por triplicado y antes de que ponga el gallo -me desafió, con esa megalomanía evangélica de la que tanto abusan a los aparecidos. Reparé sólo entonces en que ya era de noche. Me era imposible verla, pero podía sentir el latir burocrático de sus ventrículos, y acto seguido relamerme los bigotes calculando hasta dónde la rutinaria dama esperaría de mí respeto absoluto, o tal vez lo contrario, por ventura.

     -Una cosa es negarte, y otra sería negarme -me rendí, ya en sus brazos pegajosos. ¿Quién sabría si no trepando por aquellas laderas escarpadas encontraba la piedra y la montaña?

 

     ¿Entiende Lady Ruth la sutil diferencia entre alcoba y mortaja, clímax y catalepsia, santos óleos y sacras secreciones?

     ¿Es un hada tan rígida como se cuenta, o tan flexible como será preciso?

     ¿Hay vida humana en el seno de la rutina?

     Próximamente: IV. En el fondo están las formas.

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Xavier Velasco

Xavier Velasco entiende la novela como un juego inocente llevado por placer hasta sus más atroces consecuencias. Sintomáticamente, dedica las mañanas a meterse en problemas por escrito y las tardes a intentar resolverlos brujuleando entre calles y avenidas de la siempre auspiciosa ciudad de México. Disfruta especialmente de la amistad perruna, el olor de la tinta y el alquiler de scooters en ciudades psicóticas. Obtuvo en 2003 el Premio Alfaguara de Novela por Diablo Guardián y es autor de Cecilia (novela), Luna llena en las rocas (crónicas de antronautas y licántropos, Alfaguara, 2005), El materialismo histérico (fábulas cutrefactas de avidez y revancha, Alfaguara, 2004) y la novela de infancia Este que ves (Alfaguara, 2007). En su blog literario La leonina faena (www.xaviervelasco.com) afirma: "Nadie puede decir que una novela es suya si antes no se le ha dado por entero".

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