Xavier Velasco
III. Justa, pero no apretada.
Somos legión quienes sobrevivimos a la infancia procurando el arribo de esta dama, y es desde entonces que la sobrestimamos. Más todavía cuando la confundimos -cosa común en los afortunados- con algún privilegio caído de ese cielo del que ella rara vez suele venir. Pero tiene sus fans, que aunque no la conozcan invocan su presencia con falsa beatitud. Los perdedores y sus buenos amigos, los envidiosos, suelen llamarla a gritos destemplados: ¡Justicia!, sólo para que en su lugar acuda la revancha. ¿Cómo van a querer simple justicia el revanchista y el privilegiado, si al fin con ella quedarían iguales? Puede uno soportar a un rival vengativo, pero difícilmente aguantará a un igualado.
Espera uno mucho de la justicia cuando le han limitado la libertad. Se asoma un sentimiento de alma subalterna tras la esperanza de recibir justicia, e incluso en el impulso de hacérserla uno mismo. Un ansia cobradora tan difícil de saciar como la comezón de la lujuria. Es fácil sospechar que da uno más justicia de la que recibe, a la amargura le sobran coartadas para tratar de explicarse a sí misma. Nadie se siente injusto, y cuando lo parece siempre puede alegar que está haciendo justicia.
Por más abominables que parezcan, las injusticias son grandes proveedoras de energía. Desconfío de los artistas que jamás han sufrido una injusticia: se parecen a esos amantes aburridos que no conocen ni de lejos al rechazo. "No es justo", refunfuña el niño traicionado, con la cara empapada en lágrimas y juraría que ya la vida le debe algo. Imposible confiar, asimismo, en quienes hacen de esa presunta deuda una profesión. Acreedor del destino, que chamba más penosa.
Dudo que exista edén más temible que el de la justicia. Entre los justos no hay ironía precisa ni arte que valga. Escribo justamente para ser injusto. Sospecho fatalmente que la justicia, siempre tan engañosa, se parece a una bruja con los ojos saltones y el recto contraído; una recta que vive en lo correcto. Horror de los horrores, quién va a querer salir con semejante engendro jacobino. Al menos la injusticia ya sé que es una zorra y va a acabar pidiendo los platillos más caros del menú.
¿Justicia? ¿Como para qué, pues? Más champagne, por favor. En el primer descuido, me le escapo y la dejo con la cuenta.
Mañana: Más fuerte es el bouquet.