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Algo sobre supuración personal

Por 23 de noviembre de 2007 Sin comentarios

Xavier Velasco

"Envidia de la buena", suelen decir que sienten quienes no quieren ser tachados de envidiosos. Pues he aquí que la envidia se asemeja conspicuamente a los tumores, entre los cuales figuran asimismo los malignos, los levemente malignos y los benignos. Así como de pronto un viento del norte nos pega a media espalda para dejarnos chuecos y dolientes por varios días, cualquier momento es bueno para que de la nada nos brote un grano extraño, que además es notorio y provoca un creciente escozor. ¿De la nada, he dicho? Eso es lo que argüiríamos, si alguien nos preguntara por el origen del grano en cuestión, como si se tratara de alguna enfermedad non sancta. Quién va a querer, al fin, confesar que el origen de ese tumor no es otra cosa que el bienestar ajeno. 

Escribió Gore Vidal: "Cada vez que un amigo tiene éxito, muero un poco". El tumor de la envidia es maligno cuando inspira deseos de destruir al envidiado, o a su buena fortuna, y levemente maligno si nada más invoca sentimientos autodestructivos. Ciertamente, clasificar la envidia sólo en buena, medio mala y mala es como dividir al mundo entero entre los hinchas de tres equipos locales. Entrando ya en materia, valdría recordar que los tumores sólo se clasifican a partir de las células que los componen, y la envidia -enfermedad secreta e inadmisible en quien la padece- es un mal recurrente y contagioso que permea de forma distinta en cada cual. En ciertas situaciones se mitiga con unas pocas lágrimas, en otras se alimenta de derrames biliares en cadena. Y todo el mundo sabe que la bilis tiene la facultad de convertir a un simple granito de frustración en un absceso de envidia podrida. 

Una de las razones por las cuales a la gente le enferma que la tachen de envidiosa es que no hay dos envidias iguales. Nunca será lo mismo, además, la envidia de uno -que percibe pequeña, inocentona- a la de los demás -una inquina fascista, trepadora, psicótica-; tendemos a creer que los defectos propios no son notorios, nunca faltan los padres que castigan en sus hijos las mañas que ellos mismos les heredaron. Lacera a la autoestima reconocer en carne propia la presencia del grano de la envidia, pues llega uno a temer que sea privativo de perdedores, limosneros y carne de cañón irrescatable. Envidiar a los otros, y arriesgarse con ello a que lo adviertan y acaso lo disfruten, es humillarse a tiempo para presidir todo un coro de menosprecio en su contra. 

Conmueve que haya todavía quienes piensan que la envidia es patrimonio de los pobres, cuando en los ricos es aún más dañina, y para colmo absurda. A la envidia le gusta ser absurda, pues ello la hace inmune al sentido común y la inteligencia. ¿Quién, sino un heredero ocioso y tarambana, entregado al agotador quehacer de estimular minuto a minuto el desprecio y la envidia de sus semejantes, tiene el tiempo bastante para darse a envidiar todo lo que no puede comprar con su dinero? Por lo demás, la envidia del goloso hace palidecer a la del miserable, ya que mientras aquel identifica a plenitud lo que quiere y no puede conseguir, éste tiene una idea borrosa de la vida del rico, que por lo general es aburridísima, si bien muy confortable y hasta un tanto adictiva. Pero ser envidiado, aun saboreando el mezquino deleite de saberse envidiable, a nadie libra de a su vez envidiar. Cree uno que transpira, y está supurando. 

/upload/fotos/blogs_entradas/paris_hilton_y_br..._med.jpgHace unos días que un video recorre la red: Paris Hilton entrevistada en la tina, llenas las dos de espuma. No hay mucho que admirar, pero serán legiones los envidiosos que la odien por ser tan fastuosamente aburrida. Y yo creo que la pobre mujer debe de padecer secretos brotes de envidia galopante y cancerígena cada vez que ve a un pobre diablo entusiasmado por cualquier fruslería, como sería el caso de dormir con su amiga Britney Spears o acompañarla a ella dentro de la tina, mirarse en el espejo y pensarse envidiable. Esto al fin nos recuerda que en la envidia también existen jerarquías, y que las hay de pronto tan baratas que francamente llaman a la misericordia. Debe de haber docenas de presos y pordioseros a los que envidio más que a Paris Hilton, que desde su reveladora entrevista en la tina me ha despertado cierta compasión de la buena; la pobrecilla es pobre y no se ha dado cuenta. Como no se la dan quienes día con día se empobrecen envidiándola. 

Sale cara la envidia, pero está de moda. Y ni modo, a la gente le gusta darse sus lujos.

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Xavier Velasco

Xavier Velasco entiende la novela como un juego inocente llevado por placer hasta sus más atroces consecuencias. Sintomáticamente, dedica las mañanas a meterse en problemas por escrito y las tardes a intentar resolverlos brujuleando entre calles y avenidas de la siempre auspiciosa ciudad de México. Disfruta especialmente de la amistad perruna, el olor de la tinta y el alquiler de scooters en ciudades psicóticas. Obtuvo en 2003 el Premio Alfaguara de Novela por Diablo Guardián y es autor de Cecilia (novela), Luna llena en las rocas (crónicas de antronautas y licántropos, Alfaguara, 2005), El materialismo histérico (fábulas cutrefactas de avidez y revancha, Alfaguara, 2004) y la novela de infancia Este que ves (Alfaguara, 2007). En su blog literario La leonina faena (www.xaviervelasco.com) afirma: "Nadie puede decir que una novela es suya si antes no se le ha dado por entero".

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