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La hora mágica de Chile

Por 30 de junio de 2021 Sin comentarios

Roberto Herrscher

 

La víspera de la convención constituyente alumbra el sueño de un nuevo país

 


El 4 de julio se reunirán los 155 constituyentes para empezar el arduo camino de escribir la nueva carta magna chilena.

Primero, las advertencias. Va a ser un proceso durísimo, angustioso, donde nadie quedará totalmente satisfecho. No habrá ganadores absolutos: será un texto negociado, donde todos cederán algo. Una constitución, como dicen en Chile desde el inicio de la transición desde la dictadura de Pinochet, “en la medida de lo posible”.

Y el proceso mismo, con las ventanas abiertas, será una pesadilla. Como esas peleas internas hechas públicas que tanto conocen los seguidores del periodismo deportivo: cada día entrenadores, jugadores, dirigentes, representantes y hasta sus padres cuentan ante las cámaras qué se dijeron en cada entrenamiento.

Siempre pensé que con esas paredes de cristal sería imposible ensayar una obra de teatro, por ejemplo, con la directora, los actores, el escenógrafo y hasta la dramaturga opinando cada día ante los medios lo que pasó en la jornada. Los que negociaron la paz en Sudáfrica, en Irlanda del Norte, en El Salvador, dicen que con redes sociales tuiteando todo hubiera sido mucho más difícil.

Ni me quiero imaginar la agria discusión de cada palabra y las necesarias componendas y pactos de pasillo entre fuerzas contrarias, como pasa en todo proceso de escritura conjunta de un texto unificado, en la era de Twitter, Instagram, los memes, las fotos y frases virales.

Pero eso todavía no empezó. Estamos como en la semana antes de una boda, cuando el príncipe todavía no se convirtió en un sapo. Todo es sueño, posibilidad, potencia.

Estamos en la etapa de celebración de lo que el famoso periodista televisivo e incisivo columnista Daniel Matamala bautizó como una asamblea constituyente “mucho más parecida al país” que las Cámaras del Congreso.

Nos anunciaron a los actores, y es un elenco de ensueño para este drama que todavía no abrió el telón.

En primer lugar, el milagro de lo decidido el 15 de noviembre de 2019, menos de un mes después del estallido social de octubre de ese año. Con las calles en llamas, el gobierno del neoliberal Sebastián Piñera (en su segundo mandato, el único presidente de derecha desde la vuelta a la democracia en 1990) aceptó lo que sin protesta diaria nunca hubiera accedido: reformar la espuria constitución de 1980 pergeñada por un grupo de intelectuales de la dictadura.

En unas maratónicas sesiones legislativas, se aceptó que las mujeres tuvieran paridad en la asamblea, algo inédito en el mundo, y que todos los pueblos originarios reconocidos en Chile tuvieran 17 escaños reservados: siete para los mapuche, dos de los aimaras y uno cada uno para los changos, rapa nui, atacameños, diaguitas, quechuas, collas, kawashkar y yaganes. Solo no prosperó la moción de un asiento para los afrodescendientes.

La pandemia del Coronavirus postergó el referéndum en que los votantes debían aprobar o rechazar el cambio constitucional. Finalmente, el 24 de octubre de 2020, una semana después del aniversario de la revuelta que propició esta reforma, más del 80 por ciento de los votantes no solo aprobó la reforma, sino que, entre una convención mixta compuesta por legisladores en ejercicio y nuevos elegidos, y una compuesta totalmente por convencionales electos, se decantó abrumadoramente por la segunda opción.

Los partidos de derecha que apoyan a Piñera creían que se reservaban el control del contenido de la nueva constitución al lograr que en el pacto se aceptara que cada artículo debía aprobarse con más de dos tercios de los constituyentes.

Así es como este año (tras otro aplazo por la segunda ola del virus) se eligió a los 155 miembros de la asamblea.

Y vino la gran sorpresa: la derecha no llegaba al tercio que necesitaba para bloquear decisiones que acordara el arco que va de la centroizquierda (la ex Concertación de Patricio Aylwin, Eduardo Frei, Ricardo Lagos y Michelle Bachelet) al Frente Amplio, Partido Comunista y movimientos sociales. De hecho, no fue ni la derecha ni la izquierda institucionales los que ganaron la elección, sino los independientes, fruto genuino del estallido del 2019 sin líderes ni pertenencia partidaria visible.

Inédito e insólito: la mayoría de los que se sentarán a escribir la nueva constitución son independientes en un sentido muy distinto a lo son habitualmente los candidatos exitosos de fuera de los partidos.

A diferencia de un Ross Perot, un Donald Trump o la plétora de millonarios latinoamericanos que se lanzaron a la política sin estructura partidaria, apelando a esa mentira de que hacer la campaña con su propio dinero los hace más independientes y menos proclives a la corrupción, estos gastaron mucho menos en campaña que sus contendientes, y no tuvieron el apoyo ni de los grandes medios ni de las estructuras anquilosadas de los partidos, que con el 2% de aprobación en encuestas, tienen todavía menos apoyo popular en Chile que el devaluado presidente Piñera, los carabineros o la Iglesia.

Fueron las redes sociales, pero sobre todo el trabajo de lucha en las poblaciones, por los derechos humanos, por el ambiente, por las causas feminista, indígena, y el sostenido trabajo intelectual que estos extraños candidatos discutirán la letra y la música de la constitución con los abogados, economistas y ex ministros que presentaron los partidos.

Les doy cinco ejemplos de constituyentes electos, de los que más he seguido desde mucho antes de la campaña.

Primero, un ama de casa luchadora y con ideas claras, que creció desde el bullicio y el jolgorio de los disfraces del estallido social hasta ser vista como representante de las frustraciones y los anhelos del pueblo: junto con el Capitán Pare (por usar este signo vial como escudo) y el Sensual Spiderman, una de las imágenes más conocidas de las protestas era la Tía Pikachu, una señora ataviada con un gigantesco disfraz del más inofensivo de los Pokémon.

La Tía Pikachu será constituyente, y en recientes entrevistas en televisión se muestra como mucho más conocedora de lo que pasa en las calles y en las casas de sus vecinos que muchos encopetados académicos. Muchos votantes empatizaron inmediato con su historia de que su hijo usó la tarjeta de crédito familiar para comprar el costoso disfraz por internet y que cuando llegó el paquete le dio la vuelta al gasto innecesario y se vistió de bicho amarillo para reclamar justicia.

Segundo, entre los siete representantes del pueblo Mapuche, la Machi Francisca Linconao, que pasó años presa por un crimen del que fue declarada inocente. Su autoridad de líder religiosa-social y sabiduría en los conocimientos ancestrales de su pueblo hacen que su pueblo se sienta representado. Frente a siglos de robos de tierras y persecución policial y judicial, los mapuche decidieron creer en esta instancia, y le extienden la mano al estado chileno que tantas veces los engañó.

Y tres periodistas y escritores. Uno es el mediático historiador y divulgador de “La historia secreta de Chile” Jorge Baradit, un personaje similar a lo que en Argentina sería un Felipe Pigna, un best-seller de la historia no contada en los libros del colegio, desde la independencia hasta la dictadura.
Otro, Patricio Fernández, el célebre fundador y director por años de la revista The Clinic, que combina humor, escritura creativa e investigación en temas poco tocados por los medios tradicionales, como la lucha de las disidencias sexuales y los abusos contra el pueblo mapuche.

Y en tercer lugar, la periodista de investigación Patricia Politzer, autora entre otros libros de denuncia, de Batuta rebelde, una preciosa y escalofriante biografía del músico y víctima de la Caravana de la Muerte Jorge Peña Hen. Politzer, con una amplia y muy respetada carrera en prensa, radio y televisión, es uno de los nombres que circulan antes de la primera sesión como posible presidenta del órgano constituyente (hay consenso en que sea una mujer). Las otras son la académica mapuche Elisa Lancón y la científica Cristina Dorador. El domingo saldremos de dudas.

Ninguno de estos, como de más de la mitad de los constituyentes, habían participado en política: hay también más científicos, artistas, médicos y enfermeros, maestros y profesores, agricultores y comerciantes. Los apellidos son representativos del Chile real, no de las familias de la élite.

El perspicaz periodista Mirko Macari apuntó en uno de los muchísimos programas dedicados a hablar de este grupo esperanzador y variopinto que, como hecho inédito, los que se sienten en la mesa larga del Palacio Pereira (un palacete del siglo XIX que dará magnificencia al debate solemne) “no tienen jefe”. No responden órdenes. Eso es bueno y también peligroso.

Deberán hacer alianzas, ponerse de acuerdo en principios básicos, intentar honrar el sueño de un pueblo que se siente traicionado por las promesas incumplidas desde la vuelta a la democracia en 1990. Pero al mismo tiempo, lograr consensos que unan, que eviten confrontaciones estériles. Dar espacio a lo público para salir de la privatización de todo que instauró y permitió la constitución actual: volver a que el agua, la salud, la educación, la vivienda, el trabajo, las costas y los recursos naturales sean de todos. Que haya igualdad de derechos y oportunidades. Discutir, saber proponer consensos, pero también imponerse, entendiendo qué batallas son las esenciales.

Todo esto para lograr, como reza el lema más perdurable del estallido social, “que la dignidad se haga costumbre”.
Nos queda poco tiempo hasta que se prendan las luces y apunten las cámaras. Hoy es todo esperanza. Pero no es fácil poner en palabras y en normas los sueños. Se vienen días agitados. Se vienen tiempos fascinantes en Chile.

Este texto se publicó en el Número 100 de Revista Lento de Uruguay

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Roberto Herrscher

Roberto Herrscher es periodista, escritor, profesor de periodismo. Académico de planta de la Universidad Alberto Hurtado de Chile donde dirige el Diplomado de Escritura Narrativa de No Ficción. Es el director de la colección Periodismo Activo de la Editorial Universidad de Barcelona, en la que se publica Viajar sola, director del Premio Periodismo de Excelencia y editor de El Mejor Periodismo Chileno en la Universidad Alberto Hurtado y maestro de la Fundación Gabo. Herrscher es licenciado en Sociología por la Universidad de Buenos Aires y Máster en Periodismo por Columbia University, Nueva York. Es autor de Los viajes del Penélope (Tusquets, 2007), publicado en inglés por Ed. Südpol en 2010 con el nombre de The Voyages of the Penelope; Periodismo narrativo, publicado en Argentina, España, Chile, Colombia y Costa Rica; y de El arte de escuchar (Editorial de la Universidad de Barcelona, 2015). En septiembre de 2021 publicó Crónicas bananeras (Tusquets) y su primer libro colectivo, Contar desde las cosas (Ed. Carena, España). Sus reportajes, crónicas, perfiles y ensayos han sido publicados The New York Times, The Harvard Review of Latin America, La Vanguardia, Clarín, El Periódico de Catalunya, Ajo Blanco, El Ciervo, Lateral, Gatopardo, Travesías, Etiqueta Negra, Página 12, Perfil, y Puentes, entre otros medios.

 

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